TRUMP: EL ROSTRO NEOFASCISTA DEL IMPERIO EN DESCOMPOSICIÓN.
Por André Abeledo Fernández
Hay quienes todavía se preguntan cómo es posible. Hay quienes fingen no entender qué está pasando. Y hay quienes llevamos años avisando de que el capitalismo en crisis siempre acaba pariendo monstruos. Donald Trump no es una anomalía del sistema. Trump es el sistema. Es su expresión más honesta, más descarnada, más obscena.
El país militarmente más poderoso del planeta, el autoproclamado gendarme del mundo libre, gobierna hoy bajo las órdenes de un megalómano narcisista, mentiroso compulsivo y sin una sola gota de empatía hacia el ser humano. Un hombre que ha convertido la crueldad en política de Estado y la mentira en instrumento de gobierno. No es una novedad histórica: los poderes económicos siempre han recurrido a este tipo de personajes cuando el sistema se tambalea. Lo hicieron con Mussolini. Lo hicieron con Hitler. Lo hacen ahora con Trump.
La guerra arancelaria: el capitalismo desnudo.
Trump ha desatado una guerra arancelaria contra el mundo entero que no responde a ninguna lógica de justicia ni de soberanía nacional. Responde a una sola lógica: la del capital monopolista norteamericano en declive, que intenta recuperar por la fuerza lo que ya no puede sostener por la competencia. La clase trabajadora del mundo entero pagará esta guerra. La pagará con inflación, con desempleo, con precariedad. Los grandes capitales, como siempre, saldrán indemnes o incluso reforzados.
La guerra arancelaria no es proteccionismo obrero. Es imperialismo de manual.
Racismo, misoginia y homofobia: el odio como herramienta política
Trump ha devuelto al discurso público el racismo más rancio, la misoginia más primitiva y la homofobia más reaccionaria. No por ignorancia, sino por estrategia. El odio al diferente, al migrante, a la mujer que se rebela, a la persona LGTBI que existe con orgullo, es el combustible con el que el fascismo siempre ha movilizado a las masas más golpeadas por el sistema, desviando su rabia legítima hacia los de abajo en lugar de hacia los de arriba.
La persecución de migrantes y minorías que lleva a cabo su administración no es política migratoria. Es terror de Estado.
Es la vieja táctica del chivo expiatorio elevada a política oficial de la primera potencia mundial. Campos de detención, deportaciones masivas, familias separadas, seres humanos tratados como mercancía indeseable. La historia ya vivió esto. Y tiene nombre.
Cómplice del genocidio en Palestina
Pero si hay un crimen que define moralmente a Trump ante la historia, es su complicidad activa y entusiasta en el genocidio del pueblo palestino. Benjamín Netanyahu, el carnicero de Gaza, no habría podido sostener su campaña de exterminio sin el blindaje diplomático, militar y económico de Washington.
Trump no solo ha mirado para otro lado: ha aplaudido, ha armado, ha legitimado.
Lo que está ocurriendo en Palestina es un genocidio. No hay otra palabra. Y Trump es cómplice. Tan cómplice como quienes callan, tan cómplice como los gobiernos europeos que se llenan la boca de derechos humanos mientras firman contratos de armamento con Tel Aviv.
La guerra ilegal contra Irán, alentada y respaldada desde Washington en connivencia con el sionismo israelí, ha llevado al mundo al borde de una conflagración de consecuencias impredecibles. Estamos ante el mayor riesgo de escalada bélica global desde la Segunda Guerra Mundial, y en el centro de esa hoguera está la mano de Trump.
El bloqueo genocida contra Cuba y el secuestro de Venezuela.
El bloqueo criminal contra Cuba lleva más de seis décadas ahogando a un pueblo que tuvo la osadía de ser libre. Trump no solo lo ha mantenido: lo ha reforzado con saña, con odio de clase, con la rabia del Imperio que no perdona que una isla pequeña y pobre le haya demostrado al mundo que otro modelo es posible. Ese bloqueo mata. Es genocidio lento, silencioso y premeditado.
Y Venezuela. La persecución contra el presidente legítimo Nicolás Maduro y contra la Revolución Bolivariana no responde a ninguna preocupación genuina por la democracia ni por el pueblo venezolano. Responde al petróleo.
Responde al litio. Responde a la vieja doctrina Monroe que considera América Latina el patio trasero del Imperio. El intento de secuestrar a un presidente elegido democráticamente es un acto de piratería política que debería ser juzgado ante los tribunales internacionales. Pero los tribunales internacionales, como todos sabemos, tienen una justicia de dos velocidades: una para los poderosos y otra para los pueblos que se atreven a resistir.
Al borde del precipicio.
Trump nos ha llevado al borde del precipicio. La crisis energética que sus políticas alimentan, la crisis alimentaria que sus guerras comerciales profundizan, la amenaza de una Tercera Guerra Mundial que sus aventuras militares hacen cada día más real: todo ello es el resultado de un sistema que agoniza y que, en su agonía, es capaz de arrastrar a la humanidad entera al abismo.
La socialdemocracia, una vez más, mira para otro lado. Gestiona. Administra. Se acomoda. Y mientras tanto, el fascismo avanza.
Pero el fascismo no es invencible. Nunca lo fue. Lo derrotó la clase trabajadora organizada. Lo derrotó el Ejército Rojo. Lo derrotaron los pueblos en lucha. Y lo derrotará de nuevo.
Porque mientras haya un solo puño en alto, mientras haya un solo corazón que lata por la justicia, mientras haya una sola voz que se niegue a callar, el Imperio y sus monstruos no habrán ganado.
La lucha continúa. Siempre. Con él fascismo no se negocia, los argumentos no son para las bestias.
André Abeledo Fernández

