Donald Trump: el bufón del Imperio al servicio de la oligarquía.

Publicado:

Noticias populares

Donald Trump: el bufón del Imperio al servicio de la oligarquía.

André Abeledo Fernández

Voy a ser directo, como siempre, porque las cosas hay que llamarlas por su nombre: Donald Trump es mala persona.

No es un político con el que se discrepe en las formas. No es un adversario ideológico al que haya que respetar. Es un ser despreciable, un megalómano patético que se cree el emperador del mundo y que no llega, ni de lejos, a la altura de Nerón o Calígula. Al menos aquellos sabían dónde quedaban los países que ordenaban invadir. Trump necesita que alguien le señale en el mapa los que ordena bombardear.

Pero ojo. Quedarse en el retrato personal sería cómodo y sería insuficiente. Porque Trump no es solo un problema de carácter. Trump es un síntoma. Y si solo matamos al mensajero sin entender el mensaje, volveremos a equivocarnos.

El Berlusconi americano: empresario, farsante, ídolo de masas.

La comparación más honesta que puedo hacer de Trump no es con Hitler, aunque la derecha mediática adore ese paralelismo para descontextualizarlo y despolitizarlo todo. La comparación que más se ajusta a la realidad es con Silvio Berlusconi: dos empresarios multimillonarios que se meten a políticos con un discurso «populista» cargado de mentiras, dos personajes impresentables, machistas y abusadores que llegan al gobierno con un amplio apoyo popular, dos hombres que hablan en nombre de los trabajadores mientras les meten la mano en el bolsillo hasta el codo.

Berlusconi vendía el sueño italiano. Trump vende el sueño americano. Y los dos saben perfectamente que ese sueño es una mentira fabricada para que los de abajo no miren hacia arriba y vean quién les está robando.

Porque mientras Trump prometía devolver el empleo a los obreros del cinturón industrial americano, su gobierno de multimillonarios actuaba exactamente al contrario. El Proyecto 2025, la hoja de ruta de su administración, incluía permitir a los estados prohibir los sindicatos en el sector privado, facilitar el despido de trabajadores que participen en acciones sindicales, eliminar las protecciones de horas extras e ignorar el salario mínimo federal. Eso no es defender a la clase obrera. Eso es degollarla mientras le cantas el himno nacional.

El hombre de los aranceles: guerra comercial pagada por los de abajo

Trump ha presentado su guerra arancelaria como la gran defensa del trabajador americano frente a China y al resto del mundo. Suena bien en un mitin. La realidad es bastante más prosaica. Las guerras comerciales no se ganan, se financian con menores salarios reales y con inflación importada. El mayor perdedor de una guerra comercial es quien la inicia. 

Y quien paga la factura, como siempre, no es el millonario. Es el trabajador que ve cómo se encarece la cesta de la compra mientras su salario se congela.

Las empresas y los consumidores estadounidenses soportaron la gran mayoría de los costos generados por los aranceles. Si bien beneficiaron a algunos trabajadores de industrias concretas, perjudicaron a los de sectores que dependen de insumos extranjeros y a los del sector exportador que debió enfrentar las represalias de los socios comerciales.

En otras palabras: para unos pocos, algo. Para la mayoría, el palo.

Los derechos laborales bajo el rodillo trumpista.

Trump arrancó los derechos de negociación colectiva de un millón de empleados federales desde su regreso a la Casa Blanca. Un millón de personas que se levantaban cada mañana creyendo que sus derechos laborales estaban garantizados, y que se encontraron de bruces con la realidad: que los derechos no te los regala nadie, y que en cuanto bajas la guardia, te los quitan.

En su primer día en el cargo, Trump nombró nuevo presidente de la Junta Nacional de Relaciones Laborales y despidió a la asesora general que había llevado la jurisprudencia en una dirección más favorable a los trabajadores, apoyando constantemente las ganancias para los jefes por encima de los derechos laborales. 

Primera jornada. Primer mensaje clarísimo: sé de qué lado estoy, y no es el vuestro.

El antisistema que es el sistema

Aquí está la paradoja más cruel de Trump, y la más instructiva para la izquierda: millones de trabajadores y trabajadoras norteamericanas lo votaron precisamente porque estaban hartos del sistema. Porque el sistema los había abandonado, los había precarizado, los había dejado sin sanidad, sin pensión digna, sin futuro. Y en ese vacío, en esa frustración legítima y comprensible, Trump apareció como el antisistema. El que hablaba claro. El que señalaba culpables.

El problema es que los culpables que señalaba Trump eran siempre los de abajo: los inmigrantes, los sindicatos, China. Nunca los de arriba: los fondos de inversión, las farmacéuticas, los propietarios de las fábricas que se marcharon a producir más barato al extranjero. Ese es el truco del fascismo de siempre: tomar la rabia justa de los explotados y redirigirla hacia los más vulnerables, para que los explotadores puedan seguir explotando tranquilamente.

Como señaló Noam Chomsky con acierto, Trump es el resultado del miedo y de una sociedad quebrada por el neoliberalismo. No surgió de la nada. Lo fabricaron décadas de desmantelamiento del Estado del bienestar, de precariedad creciente, de una izquierda que fue abandonando el lenguaje de la lucha de clases para hablar de otra cosa.

La lección que la izquierda no puede ignorar.

En los barrios obreros de Francia donde antes ganaba el Partido Comunista, hoy gana la ultraderecha. En el cinturón industrial de Estados Unidos donde antes votaban demócrata los sindicatos del acero, hoy vota Trump. Eso no es casualidad. Eso es el resultado de décadas en las que la izquierda institucional abandonó a la clase trabajadora para buscar el voto de las clases medias urbanas y progresistas.

Cuando la izquierda deja de hablar de salarios, de convenios, de despidos, de pensiones, de vivienda, de lucha de clases, ese espacio no se queda vacío. Lo ocupa el fascismo con banderas, con chivos expiatorios y con mentiras bien empaquetadas.

Trump es peligroso. Pero más peligrosos son los que lo han hecho posible: la Asociación Nacional del Rifle, las milicias de extrema derecha, los grupos del Ku Klux Klan que salieron de sus madrigueras a apoyarlo. La América profunda, la que lleva décadas armada y resentida, es la que realmente debería preocuparnos. Trump es la cabeza visible. El monstruo real tiene muchas más cabezas.

El tiempo de elegir.

Vivimos, como dice la maldición china, tiempos interesantes. Tiempos peligrosos. Una crisis sistémica del capitalismo que, como todas las anteriores, abre las puertas al fascismo cuando la izquierda no está a la altura. Lo vimos en los años treinta en Alemania.

Lo estamos viendo ahora en Europa y en Norteamérica.

La respuesta no puede ser seguir gestionando el sistema con más moderación y más buenas palabras. La respuesta tiene que ser recuperar la esencia: hablar claro de lucha de clases, poner en el centro a la clase obrera, construir una alternativa real que dé respuesta a la rabia legítima de los que no tienen nada.

Porque si la izquierda no lo hace, lo seguirá haciendo el fascismo. Y el fascismo lo hace muy bien.

¡Organízate o te organizarán ellos!

 

André Abeledo Fernández

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

La encrucijada de la automatización: un problema insalvable para el capitalismo

El desarrollo de la tecnología, que desemboca hoy en la IA y la robótica, va haciendo tender el valor (tiempo socialmente necesario de producción de las mercancías) al mínimo. También va expulsando constantemente de los procesos productivos a la fuente de plusvalor, esto es, a los seres humanos, sin que esa expulsión sea compensada proporcionalmente por nuevos nichos de empleo.

Le puede interesar: