Sin la URSS, la jornada de ocho horas sería todavía un sueño del que el capital nos habría despertado a golpes.

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Sin la URSS, la jornada de ocho horas sería todavía un sueño del que el capital nos habría despertado a golpes.

Llevan décadas intentando convencernos de que la Unión Soviética fue solo un error histórico. Mienten. Fue el mayor susto que el capitalismo ha recibido en toda su historia. Y lo saben.

Hay una mentira que se repite tanto, en tantos medios, en tantas aulas, en tantos documentales de producción impecable, que a fuerza de repetirla acaba pareciendo verdad. La mentira es esta: que la Unión Soviética fue un paréntesis oscuro de la historia humana, un experimento fallido del que el mundo debería alegrarse de haberse librado. Que su caída, en 1991, fue la victoria de la libertad sobre la tiranía.

Esa narrativa la construyeron los mismos que antes de 1917 negaban el derecho al voto a la clase trabajadora. Los mismos que mandaban a la policía a disolver huelgas a porrazos. Los mismos que hoy externalizan su producción a talleres donde niños de diez años cosen las zapatillas que luego venden a doscientos euros. No son historiadores. Son la clase dominante protegiéndose a sí misma con el único escudo que siempre ha tenido: el control del relato.

«Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época.» — Karl Marx

Así que dejemos de lado por un momento la propaganda y hagamos algo radical: miremos los hechos. Miremos qué tenía la clase trabajadora europea antes de que existiera la URSS y qué conquistó después de que existiera. Porque esa comparación, que los libros de texto de este sistema evitan con esmero, lo dice todo.

«El capitalismo no regaló nunca nada. Cada derecho que tienes fue arrancado por alguien que pagó un precio por ello.»

Antes de la revolución bolchevique de octubre de 1917, la clase trabajadora en Europa y en América trabajaba doce, catorce, hasta dieciséis horas diarias. Sin vacaciones. Sin pensiones. Sin derecho a sindicarse sin arriesgar el despido o la cárcel. Sin seguridad social. Sin protección por accidente laboral. Los niños trabajaban en las minas y en las fábricas desde que tenían edad suficiente para no meterse entre los engranajes. Eso no es historia antigua. Eso era la normalidad del capitalismo sin contrapeso.

Después de 1917, algo cambió. No de golpe, no por generosidad espontánea de los patronos, sino porque la burguesía europea se miró al espejo y vio su propio futuro si no cedía algo. La revolución rusa demostró que era posible. Que los trabajadores podían tomar el poder. Y ese miedo, ese miedo genuino de las clases propietarias, fue el motor real de las reformas sociales del siglo XX en Occidente.

Lo que el miedo a la URSS le arrancó al capital.

La jornada laboral de ocho horas, conquistada en Europa occidental entre 1918 y 1920, justo cuando el ejemplo soviético estaba más vivo.

Los sistemas de seguridad social y pensiones públicas, generalizados en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la URSS era una potencia que había derrotado al fascismo.

El derecho a la huelga reconocido legalmente en la mayoría de democracias occidentales durante la Guerra Fría, como válvula de escape ante el avance del comunismo.

La descolonización de Asia y África, impulsada en gran medida por el apoyo soviético a los movimientos de liberación nacional que el imperialismo occidental había aplastado durante siglos.

El sufragio universal real, extendido a las mujeres y a las clases trabajadoras en contextos donde la presión soviética era un argumento político de primer orden.

Que conste: no estoy diciendo que la URSS fuera un paraíso. Nadie honesto puede sostener eso. Hubo errores graves, represiones injustificables, momentos en que la burocracia traicionó los principios que habían alumbrado la revolución. La crítica marxista a esas desviaciones existe, es legítima, y es necesaria. Pero esa crítica la hacemos desde dentro, no para darle munición al enemigo de clase, sino para aprender y no repetir.

Lo que no estoy dispuesto a aceptar es la operación ideológica que convierte los errores de la URSS en el argumento definitivo contra el socialismo mientras calla los crímenes infinitamente mayores del colonialismo, del esclavismo, de las dos guerras mundiales gestadas en el seno del capitalismo europeo, de los millones de muertos por hambre en un mundo con recursos suficientes para alimentar a toda la humanidad. Ese doble rasero no es análisis. Es propaganda de clase.

Hablemos del colonialismo, porque es donde la URSS jugó un papel que la historia oficial silencia con especial cuidado. Mientras Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Portugal y los Estados Unidos esquilmaban continentes enteros, convirtiendo a sus habitantes en mano de obra forzada o en consumidores cautivos de sus mercancías, la Unión Soviética apoyó los movimientos de liberación nacional con armas, con formación, con reconocimiento diplomático, y con algo que en aquella época valía más que el oro: la legitimidad de llamar a las cosas por su nombre.

Angola, Mozambique, Vietnam, Argelia, Cuba, Nicaragua, el Congo. En todos esos países, y en muchos más, hubo una mano soviética tendida cuando el imperialismo occidental ponía todo su aparato militar y económico para mantener el orden colonial. No fue un apoyo desinteresado, claro. La geopolítica nunca lo es. Pero tampoco fue el apoyo interesado de quien quiere extraer petróleo o cacao. Fue el apoyo de quien veía en esas luchas un reflejo de la propia lucha de la clase trabajadora contra el poder del capital.

«Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre. La liberación de los pueblos colonizados es inseparable de la liberación de la clase obrera mundial.» — V. I. Lenin

Ho Chi Minh estudió en Moscú. Patrice Lumumba, asesinado por la CIA y el imperialismo belga, recibió apoyo soviético. El ANC de Nelson Mandela, cuando Occidente miraba para otro lado o directamente colaboraba con el apartheid sudafricano, encontró en la URSS un aliado. Eso no se borra con el relato del Gulag, por real que sea ese relato. La historia no funciona con ecuaciones simples donde los crímenes de un lado anulan los méritos del otro.

Desde Galicia, una nación que conoce bien lo que es ser oprimida, lo que es tener tu lengua prohibida y tu cultura despreciada, lo que es que te digan que tu identidad es folklore de segunda categoría, deberíamos entender mejor que nadie por qué el derecho a la autodeterminación de los pueblos no es una concesión del poder. Es una conquista. Y la URSS, con todas sus contradicciones internas, fue el primer Estado en la historia que la reconoció formalmente como principio.

«Cuando cayó el Muro de Berlín, los trabajadores europeos perdieron su mejor argumento en la mesa de negociación. El capital lo sabía. Por eso celebró.»

Y aquí llegamos al presente, porque la historia no es un ejercicio académico para quien tiene que fichar a las siete de la mañana. Desde 1991, desde la desaparición de la URSS, ¿qué ha pasado con los derechos de la clase trabajadora en Europa? Han retrocedido. Las pensiones se recortan. Los convenios colectivos se debilitan. La precariedad se normaliza. Los contratos basura se disfrazan de «flexibilidad». Los servicios públicos se privatizan. Y los salarios reales llevan décadas perdiendo poder adquisitivo mientras la riqueza se concentra en cada vez menos manos.

¿Casualidad? No. Causalidad. Sin el contrapeso de un bloque que demostrara que otra forma de organizar la economía era posible, el capital ha recuperado terreno sin freno. Los partidos socialdemócratas, que durante décadas mantuvieron el Estado del Bienestar precisamente porque el miedo al comunismo les obligaba a hacer concesiones, han abrazado el neoliberalismo con entusiasmo de converso. Porque ya no tienen miedo. La amenaza existencial desapareció.

La lección es dura pero necesaria: los derechos no se conservan solos. Los derechos se defienden, se pelean, se reconquistan cuando los arrrebatan. Y para pelear necesitas organización, necesitas conciencia de clase, necesitas saber de dónde vienes para saber a dónde vas. Por eso nos roban la historia. Por eso reducen la URSS a los campos de trabajo y silencian todo lo demás. Para que no sepamos lo que es posible cuando la clase trabajadora se organiza de verdad.

Camaradas: no dejemos que nos roben esa memoria. No porque la URSS fuera perfecta, que no lo fue. Sino porque lo que representó, la idea de que los trabajadores pueden tomar las riendas de su propio destino, sigue siendo la única amenaza real que el capitalismo ha conocido en su historia. Y mientras esa idea siga viva, la lucha sigue teniendo sentido.

¡Que vivan los pueblos que luchan por su libertad! ¡Hasta la victoria siempre!.

 

André Abeledo Fernández

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