Un Mundial manchado por la hipocresía: Estados Unidos y el acoso a la selección de Irán

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Un Mundial manchado por la hipocresía: Estados Unidos y el acoso a la selección de Irán

El deporte debería servir para unir a los pueblos, para tender puentes entre sociedades diferentes y para demostrar que la convivencia y el respeto son posibles incluso en un mundo lleno de conflictos y tensiones. Pero una vez más, el imperialismo estadounidense convierte el fútbol en un instrumento político al servicio de sus intereses y de su arrogancia internacional.

Lo que está ocurriendo con la selección de Irán es una auténtica vergüenza para el deporte mundial. Estados Unidos, uno de los países organizadores del Mundial, está poniendo trabas y obstáculos a integrantes de la expedición iraní, negando visados y obligando al equipo a desplazarse continuamente fuera de territorio estadounidense para regresar a México después de sus partidos. Una situación completamente injusta que rompe cualquier principio de igualdad competitiva y de fair play.

Mientras otras selecciones pueden descansar, entrenar y preparar sus encuentros con normalidad, Irán se ve sometida a un desgaste físico y psicológico añadido por razones puramente políticas. No hablamos solo de fútbol. Hablamos de discriminación, de utilización del deporte como herramienta de presión y de un trato hostil hacia un país que no se somete a los intereses de Washington.

Porque Estados Unidos no entiende el deporte como un espacio neutral. Lo entiende como una prolongación de su política exterior. Y eso queda demostrado no solo con Irán, sino también con las enormes dificultades que están sufriendo aficionados, periodistas e incluso árbitros de distintos países para entrar en territorio estadounidense con motivo del Mundial.

Resulta profundamente preocupante que un país conocido por perseguir inmigrantes, levantar muros, realizar deportaciones masivas y criminalizar a personas por su origen sea presentado ahora como ejemplo de convivencia internacional y organizador de una gran fiesta del deporte. La contradicción es enorme y obscena.

El fútbol mundial no puede mirar hacia otro lado. La FIFA vuelve a demostrar que para ella el dinero está por encima de los valores deportivos. Lo importante no es garantizar igualdad, respeto y condiciones dignas para todos los participantes, sino asegurar contratos millonarios, patrocinadores y negocios.

¿De verdad este es el espíritu del Mundial? ¿De verdad puede hablarse de competición limpia cuando un país organizador utiliza su poder político para dificultar la participación normal de determinadas selecciones?

Lo que le hacen hoy a Irán mañana se lo podrán hacer a cualquier otro país que no agrade a las élites occidentales. Y por eso este asunto no debería preocupar únicamente a los iraníes, sino a cualquier persona que crea en un deporte libre de discriminación, presiones políticas y dobles raseros.

Porque el fútbol pertenece a los pueblos, no a los gobiernos imperialistas ni a las grandes corporaciones.

Y porque ningún Mundial debería celebrarse en un país incapaz de respetar algo tan básico como la igualdad entre participantes.

Como si todo esto no fuese ya suficientemente indignante, la FIFA todavía decidió arrastrarse aún más ante el poder político estadounidense inventándose una supuesta “medalla de la paz” para entregársela a Donald Trump. Un premio que prácticamente nadie conocía y que parece creado únicamente para rendir pleitesía al dirigente norteamericano y garantizar buena relación con quien representa el poder del país organizador.

La escena resulta obscena. Hablar de “paz” mientras se homenajea a un político que ha basado buena parte de su discurso en la amenaza permanente, el militarismo, las sanciones contra otros pueblos y la agresividad internacional demuestra hasta qué punto el fútbol institucional ha perdido cualquier credibilidad ética.

Es difícil no sentir vergüenza viendo a la FIFA convertir el deporte en propaganda política de las grandes potencias. Premiar con una supuesta medalla de la paz a quien ha alentado conflictos, tensiones internacionales y políticas profundamente reaccionarias contra inmigrantes y pueblos enteros es una burla para millones de personas en todo el mundo.

Mientras a Irán se le ponen obstáculos, se le dificulta competir en igualdad de condiciones y se castiga a sus jugadores y aficionados, a Donald Trump se le rinde homenaje entre sonrisas, cámaras y aplausos institucionales. Ese doble rasero retrata perfectamente el modelo de fútbol que defienden las élites económicas y políticas que controlan hoy la FIFA.

No les importa la paz. No les importa el deporte. No les importan los pueblos.

Les importa el poder.

 

André Abeledo Fernández

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