La URSS: la patria traicionada de los trabajadores
Hay acontecimientos históricos que marcan generaciones enteras. La desaparición de la Unión Soviética fue uno de ellos. Treinta y cinco años después de su desmembramiento, resulta cada vez más evidente que la historia oficial que nos contaron sobre el final de la URSS tenía más de propaganda que de verdad.
Conviene recordar una cuestión fundamental: la historia la escriben los vencedores. Y cuando los vencedores son las grandes potencias capitalistas, los grandes grupos económicos y los medios de comunicación a su servicio, esa historia termina siendo amplificada, adornada y muchas veces directamente prostituida por Hollywood, internet y la industria cultural occidental.
Durante décadas nos dijeron que los pueblos soviéticos ansiaban la desaparición de la URSS. Nos presentaron el derrumbe de la Unión Soviética como una especie de liberación colectiva. Sin embargo, los hechos cuentan una historia muy distinta.
En marzo de 1991 se celebró un referéndum sobre la continuidad de la Unión Soviética. No fue una encuesta ni una estimación. Fue una consulta democrática en la que participaron decenas de millones de ciudadanos soviéticos. El resultado fue contundente: más del 76% votó a favor de mantener la URSS como una unión renovada de repúblicas socialistas.
Es decir, cuando se preguntó directamente al pueblo soviético, este respondió de forma clara que quería preservar su país.
¿Y qué ocurrió después?
Ocurrió una traición.
Un grupo de dirigentes encabezados por Boris Yeltsin, junto con otros responsables políticos que posteriormente se convertirían en los grandes oligarcas del espacio postsoviético, decidió ignorar la voluntad popular. La decisión de millones de trabajadores, campesinos, técnicos, científicos y pensionistas fue arrojada a la basura para facilitar el reparto de la riqueza colectiva acumulada durante décadas de construcción socialista.
Aquella operación fue presentada como una transición hacia la libertad y la prosperidad. La realidad fue muy diferente.
La década de los noventa significó para Rusia y para gran parte de las antiguas repúblicas soviéticas una auténtica catástrofe social. Millones de personas cayeron en la pobreza, se desplomó la esperanza de vida, aumentaron el desempleo, la exclusión social y la desigualdad. Sectores enteros de la economía pública fueron privatizados y entregados a una minoría de nuevos millonarios que amasaron fortunas inmensas gracias al saqueo de los bienes que habían pertenecido al conjunto de la sociedad.
Por eso no debería sorprender que la nostalgia por la Unión Soviética continúe siendo un fenómeno ampliamente extendido en buena parte del espacio postsoviético. No se trata únicamente de nostalgia sentimental. Es también la comparación entre dos modelos de sociedad.
Millones de personas recuerdan una época en la que existían empleos garantizados, vivienda asequible, educación pública universal, sanidad pública, seguridad social y una expectativa razonable de progreso para las futuras generaciones.
La añoranza del socialismo tampoco se limita a las antiguas repúblicas soviéticas. En países como Rumanía, numerosos estudios y encuestas han mostrado durante años que una parte significativa de la población considera que vivía mejor durante la etapa socialista que en la actualidad. A pesar de la integración en la Unión Europea y de las promesas de prosperidad ilimitada, muchos trabajadores continúan sufriendo salarios bajos, emigración forzosa y precariedad.
Quizás por eso sigue circulando en Rusia un viejo chiste que encierra una gran verdad histórica:
«El problema no es que el Partido Comunista nos mintiese sobre lo que era el comunismo; el problema es que nos decían la verdad sobre lo que era el capitalismo y no les creímos».
La frase resulta incómoda para quienes siguen presentando el capitalismo como el final de la historia. Porque después de décadas de experiencia, millones de personas han podido comparar las promesas con los resultados.
Incluso Vladímir Putin, que representa un proyecto político nacionalista y conservador muy alejado de los ideales comunistas, llegó a reconocer una realidad evidente cuando afirmó que «quien no añora la Unión Soviética no tiene corazón, y quien pretende restaurarla no tiene cabeza».
La frase suele citarse con frecuencia porque refleja la magnitud de lo que significó la desaparición de la URSS para millones de ciudadanos. Sin embargo, como comunistas no podemos compartir la segunda parte de esa reflexión.
Precisamente porque tenemos cabeza, memoria histórica y conciencia de clase, sabemos que el mundo no es mejor sin la Unión Soviética.
La desaparición del primer Estado socialista de la historia debilitó enormemente a la clase trabajadora internacional. Desapareció un contrapeso frente al imperialismo, se aceleraron las privatizaciones, se atacaron derechos laborales conquistados durante décadas y se reforzó la hegemonía de un capitalismo que ya no tenía un rival sistémico al que temer.
Por eso, frente a la resignación que nos quieren imponer, conviene recordar que la historia nunca está terminada. Los pueblos pueden ser derrotados temporalmente. Pueden ser engañados. Incluso pueden ser traicionados por sus propias élites. Pero las causas justas no desaparecen.
La URSS fue destruida desde dentro contra la voluntad expresada por la mayoría de sus ciudadanos. Esa es una realidad histórica que muchos intentan ocultar. Y también es una realidad que millones de personas siguen recordando.
Porque para quienes viven de su trabajo y no de explotar el trabajo ajeno, el regreso de una alternativa socialista fuerte no sería una tragedia. Sería una esperanza.
Y la esperanza, por mucho que algunos la declaren derrotada, siempre encuentra el camino para regresar.
André Abeledo Fernández

