Javier Martorell (Unidad y Lucha).— A medida que se agudiza la crisis estructural del capitalismo y crece el malestar social, la burguesía refuerza sus mecanismos para contener, dividir y desviar el potencial revolucionario de la clase trabajadora. No siempre lo hace mediante la represión directa o la infiltración; dispone de múltiples recursos para fomentar dinámicas que fragmenten y desorienten ideológicamente a los sectores más combativos. La cobertura mediática favorable, la cesión de determinados espacios y la tolerancia hacia ciertas estructuras de apariencia radical forman parte de las estrategias con las que el sistema impulsa expresiones políticas que, más allá de su estética o discurso, son incapaces en la práctica de cuestionar el poder del capital.
La historia del movimiento obrero ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno. Aunque las formas cambian según el contexto histórico, el objetivo se mantiene: diluir la conciencia de clase e impedir que trabajadoras, trabajadores y sectores populares se organicen en torno a la herramienta revolucionaria imprescindible: el Partido Comunista.
En este contexto, puede situarse el surgimiento de organizaciones agrupadas bajo el denominado Movimiento Socialista, con expresiones como la Organització Juvenil Socialista (OJS), la Coordinadora Juvenil Socialista (CJS) o la Gazte Koordinadora Sozialista (GKS). Estas estructuras han conseguido atraer numerosos jóvenes golpeados por la precariedad, el desempleo, la crisis de vivienda y la falta de perspectivas bajo el capitalismo. Esta circunstancia refleja una realidad evidente: existe una juventud con inquietudes revolucionarias y voluntad de lucha.
Sin embargo, el problema surge cuando ese potencial termina canalizado hacia estos proyectos, carentes de una orientación política verdaderamente revolucionaria. Una de las principales desviaciones del llamado Movimiento Socialista consiste en asumir, en la práctica, que una organización militante puede sustituir el papel histórico de la clase obrera organizada. No, el sujeto revolucionario no es una suma de activistas ni una estructura centrada en sí misma. El sujeto revolucionario es la clase trabajadora organizada políticamente y dotada de un Partido Comunista de vanguardia capaz de orientar y dirigir la lucha de clases. Cuando este principio se rompe, la militancia queda reducida a dinámicas de autoafirmación incapaces de construir Partido y de formar cuadros comunistas con capacidad real de intervención entre las masas.
Buena parte de la actividad de estas organizaciones se desarrolla al margen de los centros de trabajo, de los conflictos obreros reales y de las estructuras de masas de la clase trabajadora. La política acaba reducida a la estética militante, la propaganda y las dinámicas internas, convirtiendo a la propia organización en el centro de toda actividad.
Un ejemplo de esta deriva pudo verse durante el último Primero de Mayo en ciudades como Madrid o Barcelona, donde organizaciones del Movimiento Socialista impulsaron convocatorias separadas de las movilizaciones obreras. No se trata de un hecho aislado, sino de una lógica política concreta: la construcción de estructuras paralelas que terminan aislando a sus militantes del resto de organizaciones y espacios históricos de la clase trabajadora.
En lugar de intervenir en el sindicalismo de clase, en conflictos laborales o en espacios de masas para desarrollar trabajo político y organizar, se opta por el repliegue en un entorno ideológico cerrado. La reafirmación constante de la propia organización sustituye, así, al trabajo real entre las masas.
Esta práctica refleja el problema de fondo: el objetivo revolucionario deja de entenderse como un proceso de acumulación de fuerzas en el seno de la clase trabajadora y pasa a concebirse como la acción de un grupo militante que se considera depositario exclusivo de la conciencia revolucionaria.
No es casualidad que muchas de estas organizaciones hayan desarrollado una notable capacidad propagandística y de movilización juvenil, mientras que su presencia en conflictos laborales estratégicos sigue siendo limitada o prácticamente inexistente. Para la burguesía resulta mucho menos peligrosa una militancia encerrada en dinámicas autorreferenciales que una organización comunista arraigada en fábricas, barrios obreros y sectores estratégicos de la producción.
Es evidente que estas dinámicas de fragmentación y aislamiento favorecen a los intereses del capital. Toda corriente que sustituya la construcción del Partido por un activismo segmentado y alejado de las masas debilita las posibilidades reales de reorganización revolucionaria de la clase trabajadora. La burguesía lo sabe perfectamente y, sin necesidad de recurrir a interpretaciones conspirativas, tenderá siempre a tolerar e, incluso, favorecer aquellas expresiones políticas incapaces de cuestionar de forma efectiva su poder.
Otra consecuencia a tener en cuenta es el desgaste político y humano de muchos jóvenes que se integran en estas estructuras. Llegan buscando una herramienta de lucha y, tras años de activismo intenso, pero desligado de las masas trabajadoras, acaban frustrados y alejados definitivamente de la militancia. El capital logra, así, un doble objetivo: neutralizar el potencial revolucionario de la juventud más concienciada y dificultar la formación de cuadros comunistas duraderos.
Lenin ya señaló en El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo que apartarse de las masas en nombre de una supuesta pureza revolucionaria conduce inevitablemente al aislamiento político. La construcción de una alternativa comunista exige intervenir en los centros de trabajo, en los barrios obreros y en todos los espacios donde se desarrolla la lucha de clases. Sin organización de masas y sin Partido Comunista, la lucha queda reducida a una mera consigna.


