El amor y la empatía son revolucionarios.
La empatía es una de las mayores fortalezas de la clase trabajadora y de quienes creemos en la justicia social.
Cuando dejamos de sentir como propio el sufrimiento ajeno, cuando aceptamos que haya pueblos condenados a la guerra, al hambre o a la ocupación porque están lejos de nuestras fronteras, estamos permitiendo que la deshumanización avance.
La solidaridad internacionalista siempre ha sido una seña de identidad de los movimientos obreros y populares. No porque todos los conflictos sean idénticos, sino porque existe un principio básico: ningún pueblo merece vivir bajo la guerra, la ocupación, la explotación o la opresión.
La historia demuestra que quienes hoy miran hacia otro lado ante la injusticia suelen ser los mismos que mañana se sorprenden cuando esa injusticia llama a su propia puerta. Por eso es tan importante mantener viva la conciencia crítica, denunciar los abusos vengan de donde vengan y no permitir que el sufrimiento humano se convierta en una simple cifra o en una noticia pasajera.
Defender la dignidad de los pueblos que sufren no significa olvidar los problemas propios; significa entender que la lucha por los derechos humanos, la paz y la justicia social no tiene fronteras.
Como decía el revolucionario argentino-cubano Ernesto Che Guevara: «La solidaridad es la ternura de los pueblos».
André Abeledo Fernández

