Venezuela: solidaridad, hipocresía y la vieja lucha por la dignidad de los pueblos
Dos terremotos de magnitud superior a siete puntos han sacudido Venezuela en un corto espacio de tiempo. Dos golpes consecutivos que, en cualquier país del mundo, serían una prueba extrema para su capacidad de respuesta. No hay duda de que estamos ante una catástrofe de enorme dimensión, una de esas situaciones en las que la naturaleza golpea sin piedad y pone a prueba no solo las infraestructuras, sino también la solidaridad real entre los pueblos.
Hay un país en el mundo que, por su historia y su planificación, está mejor preparado para afrontar este tipo de fenómenos: Japón. Y no es casualidad. Es el resultado de siglos conviviendo con una realidad geológica extrema y de una capacidad económica y organizativa que permite reducir el impacto de estos desastres. El resto de los países, especialmente aquellos golpeados por la desigualdad global, no parten de esa misma posición.
Venezuela se enfrenta a estos dos terremotos en un contexto ya profundamente marcado por años de tensión política, económica y social. Un contexto en el que existen interpretaciones muy enfrentadas sobre el papel de las sanciones internacionales, del bloqueo económico y de las políticas exteriores de potencias como Estados Unidos. Para muchos analistas críticos, esas medidas han contribuido a debilitar las capacidades del país, afectando directamente a su población.
Ahora, tras el desastre, llegan los anuncios de ayuda internacional. Cantidades como 150 millones de dólares o el despliegue de personal técnico se presentan como apoyo humanitario. Pero conviene poner las cifras en contexto: para una potencia mundial, esas cantidades son mínimas frente al impacto de un país entero devastado por una emergencia de esta magnitud. La cuestión de fondo no es solo la ayuda puntual, sino la relación estructural de desigualdad entre quienes deciden y quienes sufren.
En este escenario también aparecen las disputas políticas internas y externas. Hay figuras de la oposición venezolana que, según su visión política, apoyan medidas internacionales de presión contra el país, mientras ahora expresan preocupación por la situación humanitaria. Esta contradicción es señalada por sectores críticos como parte de una dinámica más amplia de instrumentalización política del sufrimiento de un pueblo.
Más allá de las luchas discursivas, lo esencial debería ser otro: la vida de la gente. El dolor de las víctimas. La reconstrucción de las viviendas, de los hospitales, de las escuelas. La capacidad de respuesta inmediata. Y sobre todo, el derecho de un pueblo a decidir su destino sin injerencias externas que condicionen su supervivencia.
Porque si algo deja claro esta tragedia es que la solidaridad internacional no puede ser selectiva ni subordinada a intereses geopolíticos. No puede aparecer solo cuando conviene, ni desaparecer cuando los pueblos necesitan apoyo real para reconstruir sus vidas.
En el fondo, lo que está en juego es una vieja realidad que atraviesa la historia contemporánea: la desigualdad entre naciones, el uso político de la ayuda y la deuda moral de un sistema internacional que demasiadas veces antepone intereses económicos y estratégicos a la dignidad humana.
Venezuela necesita ahora ayuda real, inmediata y efectiva. Pero también necesita algo más profundo: que se respete su soberanía, que se ponga fin a las dinámicas de presión y que la solidaridad deje de ser un instrumento y pase a ser un principio.
Porque sin justicia, la ayuda es siempre insuficiente. Y sin memoria histórica, la solidaridad se convierte en simple propaganda.
André Abeledo Fernández

