Más allá de la liturgia: como los manuales de secundaria desarman políticamente a la juventud

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Guillem Rullo (Unidad y Lucha).— Los manuales de la E.S.O. suelen reducir el fenómeno del fascismo a una cuestión estética, litúrgica o incluso patológica. Los estudiantes aprenden que el fascismo se identifica por los uniformes paramilitares, los rituales de masas y la locura de un líder carismático. El problema de esta caricatura es que oculta que el fascismo fue (y es) un fenómeno con una función política y económica concreta dentro del capitalismo, lo que acaba desarmando políticamente al estudiantado. Por lo tanto, es necesario devolver al análisis su dimensión histórica y rechazar análisis pseudo-psicológicos o estéticos. Esta situación, no obstante, no debe atribuirse al cuerpo docente, quienes, en su mayoría, trabajan en condiciones muy difíciles y con poco o nulo apoyo de las instituciones. Más bien debemos apuntar al legado cultural e ideológico imperante en occidente después de 1945.

 

En primer lugar, cabe señalar que el fascismo no emerge exclusivamente en momentos de crisis estructural, pero es en esas coyunturas cuando logra desplegar toda su potencialidad destructiva. Durante los periodos de estabilidad del capital, los mecanismos habituales de la democracia liberal aún garantizan la acumulación y la reproducción ampliada del modo de producción vigente. Sin embargo, ante el ascenso de la lucha de clases y la creciente organización del proletariado, la burguesía se ve obligada a buscar una solución extraparlamentaria. En ese sentido, la función histórica del fascismo consiste en modificar por la fuerza las condiciones de producción para favorecer al gran capital, destruyendo sistemáticamente cualquier forma de resistencia organizada de la clase obrera. Para ser más precisos, no se trata de un simple bonapartismo ni de un gobierno autoritario transitorio. El fascismo se distingue porque busca la atomización total del proletariado mediante la aniquilación (o cooptación) de sus sindicatos, sus partidos y sus espacios de sociabilidad.

En el plano ideológico, el fascismo se define por un doble rechazo. Por un lado, se presenta como la única herramienta capaz de aniquilar lo que el mismo Mussolini llamaba “peste del marxismo” y suprimir la lucha de clases que, según su retórica, “devora el alma de la nación.” Por otro lado, ataca con igual virulencia a la democracia liberal, pues considera que el liberalismo era un “precursor del marxismo” por debilitar al Estado frente a los intereses individuales. Frente al individuo liberal, el fascismo propone un Estado totalitario que concentra toda la vida social bajo la fórmula de “todo en el Estado, nada fuera del Estado.”

No obstante, este antiliberalismo radical nunca se traduce en una oposición real al capitalismo como modo de producción. La retórica inicial del fascismo incluye una demagogia anticapitalista destinada a atraer a la pequeña burguesía desesperada, atacando al capital especulativo o a los grandes bancos. Una vez en el poder, sin embargo, el fascismo protege violentamente la propiedad privada y los beneficios de las grandes empresas. Dicho fenómeno es palpable en los vestigios de aquellos primeros estados fascistas: durante el nacionalsocialismo, los beneficios industriales crecieron drásticamente mientras los salarios se congelaban en los niveles mínimos alcanzados durante el crac de 1929. De hecho, empresas como Krupp o I.G. Farben se convirtieron en pilares fundamentales del Estado Alemán entre 1933 y 1945. Por lo tanto, el fascismo es una ideología antimarxista y antiliberal, pero no anticapitalista.

Las causas materiales del fascismo remiten a su base social concreta. Las clases medias arruinadas por la hiperinflación y el paro masivo son el caldo de cultivo perfecto, pues temen su proletarización y buscan un chivo expiatorio. Pero esta base social popular no habría bastado sin la alianza con el gran capital. El fascismo requiere el financiamiento y el apoyo político del gran capital para consolidarse en el poder, aunque no siempre es condición suficiente ni exclusiva. Históricamente, la alianza con los grandes industriales resultó decisiva una vez que el movimiento fascista ya había demostrado su capacidad para disciplinar a las masas y golpear a la clase obrera.

Dicho esto, el fascismo actual no es una copia vulgar de aquellas experiencias del siglo XX. Los partidos reaccionarios contemporáneos operan mayoritariamente dentro del marco de la democracia liberal y sus propuestas no se escapan necesariamente de las tesis liberales. En este marco, para aplicar políticas xenófobas o racistas no hace falta un Estado autoritario clásico, puesto que las democracias burguesas disponen de sus propios mecanismos coercitivos. Sin embargo, sus discursos transforman el paisaje político al normalizar la hostilidad hacia las minorías y la clase obrera migrante. De este modo allanan el camino hacia escenarios más violentos. Por tanto, el auge reaccionario debe combatirse con la misma firmeza que el fascismo histórico, porque contribuye a legitimar la represión y a fragmentar la solidaridad obrera.

Justamente aquí reside el peligro principal. Si se sigue definiendo el fascismo solamente por los uniformes, los rituales de secta o la locura de un gran hombre, la juventud no podrá reconocer las nuevas formas de reacción que sirven a los mismos intereses económicos. Por ello resulta imprescindible desarrollar una teoría histórica del fascismo que permita a la clase trabajadora comprender a su enemigo real, evitando así que sea derrotada nuevamente por un fenómeno que responde con toda racionalidad a las necesidades del capital en crisis.

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