La URSS: la historia que los vencedores prefieren que olvidemos

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La URSS: la historia que los vencedores prefieren que olvidemos

Cada vez que se habla de la Unión Soviética parece existir una obligación no escrita: comenzar pidiendo perdón por hablar de ella. Como si cualquier análisis que no sea una condena absoluta fuese un acto de herejía política.

No ocurre lo mismo cuando se habla del capitalismo. Nadie exige empezar recordando el colonialismo, la esclavitud, las guerras por el petróleo, las dictaduras financiadas por Occidente o los millones de muertos provocados por el hambre en un planeta que produce alimentos suficientes para todos. Esa asimetría ya dice mucho sobre quién ha ganado la batalla del relato.

La historia la escriben los vencedores. Y los vencedores de la Guerra Fría fueron las grandes potencias capitalistas, los grandes grupos económicos y un aparato cultural inmenso capaz de convertir su versión de los hechos en la única aparentemente aceptable. Hollywood, los grandes medios de comunicación e incluso buena parte de la academia han contribuido durante décadas a construir una imagen simplificada de la URSS en la que solo caben el gulag, la represión y el fracaso.

No se trata de negar los errores ni los episodios más oscuros de la experiencia soviética. Sería un ejercicio tan deshonesto como ocultar los crímenes del capitalismo. Pero sí de exigir algo mucho más sencillo: rigor histórico y contexto.

Porque los procesos históricos no pueden juzgarse como si hubieran ocurrido en un laboratorio aislado del mundo. La Unión Soviética nació tras una guerra mundial, sobrevivió a una guerra civil alimentada por catorce potencias extranjeras, sufrió bloqueos, sabotajes, aislamiento económico y terminó soportando el mayor peso de la guerra contra el nazismo. Pretender analizar muchas de sus decisiones ignorando ese contexto es una forma de manipulación.

Desde la izquierda también deberíamos ser especialmente cuidadosos. A la derecha le sobran propagandistas dispuestos a demonizar cualquier experiencia socialista. También le sobran historiadores dispuestos a prostituir la historia para justificar el presente. Nuestra obligación no consiste en repetir ese discurso con un lenguaje aparentemente progresista, sino en realizar una crítica honesta, equilibrada y materialista.

Porque una crítica justa no consiste únicamente en enumerar errores. También exige reconocer los avances.

Y los avances fueron enormes.

La Unión Soviética convirtió un inmenso territorio atrasado y mayoritariamente analfabeto en una potencia científica, industrial y tecnológica en apenas unas décadas. Implantó la sanidad pública universal, la educación gratuita, el acceso garantizado a la vivienda, el pleno empleo, sistemas avanzados de protección social, la igualdad jurídica entre mujeres y hombres y una Constitución que reconocía incluso el derecho de autodeterminación de las repúblicas que la integraban.

Mientras buena parte del mundo seguía considerando a las mujeres ciudadanas de segunda categoría, la URSS impulsaba su incorporación masiva a la educación superior, a la investigación científica, a la ingeniería, a la medicina, a la administración pública y hasta a la exploración espacial.

Mientras millones de personas en Occidente carecían de asistencia sanitaria, la sanidad soviética era un derecho garantizado.

Mientras en numerosos países el analfabetismo seguía siendo una realidad cotidiana, la alfabetización alcanzaba niveles prácticamente universales.

Y mientras el capitalismo atravesaba crisis cíclicas de desempleo masivo, el trabajo era considerado un derecho y una obligación social.

Nada de eso desaparece porque existieran errores. Del mismo modo que nadie invalida todos los avances científicos de Estados Unidos por las guerras que ha promovido durante décadas.

Hay además un episodio que simboliza mejor que ningún otro la aportación internacional de la Unión Soviética y que rara vez aparece en los libros de historia: la erradicación mundial de la viruela.

Pocas personas conocen el nombre de Viktor Zhdanov. Sin embargo, millones de seres humanos le deben indirectamente la vida. Fue él quien presentó ante la Organización Mundial de la Salud el ambicioso plan para eliminar definitivamente una enfermedad que durante siglos había matado y mutilado a millones de niños.

La propuesta parecía imposible. Nunca antes la humanidad había conseguido erradicar una enfermedad infecciosa.

La URSS no solo impulsó el proyecto. Fabricó millones de dosis de vacunas, movilizó a miles de profesionales sanitarios y dejó claro que continuaría adelante incluso si el resto del mundo no colaboraba. Finalmente la OMS aprobó el programa y, tras quince años de cooperación internacional, la viruela desapareció para siempre del planeta.

Millones de vidas salvadas.

¿Cuántas veces se recuerda este hecho cuando se habla de la Unión Soviética?

Muy pocas.

Tampoco suele recordarse que fue el Ejército Rojo quien soportó el peso principal de la derrota del nazismo. Aproximadamente el setenta por ciento de las pérdidas militares alemanas se produjeron en el frente oriental. Más de veinticuatro millones de ciudadanos soviéticos perdieron la vida para derrotar a Hitler.

Sin embargo, la cultura popular ha conseguido instalar la idea de que la Segunda Guerra Mundial fue ganada casi exclusivamente por Estados Unidos.

También conviene recordar otro hecho que desmonta muchos discursos.

En marzo de 1991 los ciudadanos soviéticos fueron consultados mediante referéndum sobre la continuidad de la Unión Soviética.

Más del 76 % votó a favor de mantenerla.

No fue una encuesta.

Fue una consulta democrática.

Y aquella voluntad popular fue ignorada.

Pocos meses después, Boris Yeltsin y otros dirigentes liquidaban la URSS contra el resultado expresado por la mayoría de la población. Lo que vino después fue una de las mayores transferencias de riqueza pública hacia manos privadas de toda la historia contemporánea. Privatizaciones masivas, aparición de los oligarcas, desplome de la esperanza de vida, pobreza, desempleo y desigualdad marcaron la década de los noventa.

Por eso millones de personas siguen recordando con nostalgia aquella etapa.

No necesariamente porque crean que todo fue perfecto.

Sino porque comparan dos modelos distintos de sociedad.

Comparan la seguridad con la incertidumbre.

El derecho al trabajo con la precariedad.

La vivienda garantizada con la especulación inmobiliaria.

La educación pública con su mercantilización.

La sanidad universal con los recortes.

Existe un viejo chiste ruso que resume perfectamente esa experiencia:

««El problema no es que el Partido Comunista nos mintiese sobre el comunismo; el problema es que decía la verdad sobre el capitalismo y no le creímos».»

Después de varias décadas de capitalismo sin contrapesos, millones de trabajadores en todo el mundo comprueban que muchas de aquellas advertencias no eran propaganda, sino una descripción bastante precisa de cómo funciona un sistema basado en convertir derechos en mercancías y personas en beneficios.

Incluso Vladímir Putin, cuyo proyecto político nada tiene que ver con el socialismo, reconoció una realidad difícil de negar cuando afirmó que quien no añora la Unión Soviética no tiene corazón.

Como comunistas, discrepamos de la segunda parte de su frase. Precisamente porque tenemos memoria histórica y conciencia de clase sabemos que el mundo perdió mucho con la desaparición del primer Estado socialista de la historia.

Su existencia obligó durante décadas al capitalismo a realizar concesiones que hoy están siendo desmanteladas. La expansión de la sanidad pública, los derechos laborales, los sistemas de pensiones, la negociación colectiva o el Estado del bienestar no pueden entenderse sin la presión que ejercía la existencia de un modelo alternativo.

La desaparición de la URSS debilitó enormemente a la clase trabajadora internacional.

Por eso resulta profundamente injusto reducir toda su historia a una lista de errores cuidadosamente amplificados por quienes jamás analizan con el mismo rigor las tragedias provocadas por el capitalismo.

La Unión Soviética no fue perfecta.

Ningún proceso histórico lo es.

Pero fue, probablemente, el mayor salto adelante que la clase trabajadora ha protagonizado en la historia contemporánea. Demostró que era posible alfabetizar pueblos enteros, universalizar la sanidad, garantizar el empleo, derrotar al fascismo, impulsar la ciencia, conquistar el espacio, erradicar enfermedades y situar la dignidad humana por encima del beneficio privado.

Esa es también la historia de la URSS.

Y quienes pretenden borrarla no buscan comprender el pasado.

Buscan impedir que las nuevas generaciones imaginen un futuro diferente.

Porque los pueblos pueden ser derrotados. Pueden ser engañados. Incluso pueden ser traicionados.

Pero mientras exista explotación, seguirá existiendo la posibilidad de construir una alternativa.

Y la esperanza, por muchas derrotas que acumule, siempre acaba encontrando el camino para volver.

 

André Abeledo Fernández 

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