La pelota no se mancha, pero la FIFA hace tiempo que sí

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La pelota no se mancha, pero la FIFA hace tiempo que sí

Hay frases que trascienden el deporte porque encierran una verdad mucho más profunda. Cuando Diego Armando Maradona pronunció aquel inolvidable «la pelota no se mancha», no solo defendía el fútbol. Defendía la dignidad de un deporte que pertenece a millones de trabajadores y aficionados de todo el mundo frente a quienes pretendían convertirlo en un simple negocio.

La pelota no se mancha. Lo que sí se ha manchado desde hace demasiado tiempo es la FIFA.

Resulta difícil creer que una organización salpicada durante décadas por escándalos de corrupción, compra de votos, sobornos y decisiones tomadas únicamente en función del dinero pueda seguir presentándose como la gran defensora del fútbol. La FIFA hace mucho que dejó de representar el espíritu del deporte para convertirse en la administradora de un inmenso negocio global donde los intereses económicos pesan infinitamente más que los valores deportivos.

Cada decisión parece responder antes a balances económicos, patrocinadores o intereses geopolíticos que a los aficionados que llenan los estadios o a los niños que sueñan con jugar algún día un Mundial.

Maradona entendió esa realidad antes que muchos. Nunca fue un hombre cómodo para los poderosos. Nunca aceptó convertirse en la imagen dócil que las élites deportivas necesitaban. Criticó a los dirigentes cuando otros callaban, denunció las injusticias cuando muchos preferían mirar hacia otro lado y jamás confundió el éxito con la obediencia.

Maradona utilizó la pelota para jugar al fútbol, no para agradar al poder.

Por eso nunca habría sido un perrito faldero de Gianni Infantino, ni de Donald Trump, ni de Benjamín Netanyahu, ni de ningún dirigente político o económico que pretendiese utilizar el deporte como herramienta de propaganda o de blanqueamiento.

Su rebeldía tenía un precio, y lo pagó durante toda su vida. Fue perseguido, demonizado y juzgado con una dureza que rara vez se aplica a quienes verdaderamente controlan los grandes negocios del fútbol. Sin embargo, ni siquiera así pudieron borrar lo esencial: dentro del campo fue el mejor.

Maradona conquistó el mundo desde abajo, sin el respaldo de las estructuras del poder futbolístico y, en muchas ocasiones, enfrentándose a ellas. Su grandeza nació de un talento irrepetible y de una personalidad imposible de domesticar.

Por eso sigue despertando tanta admiración décadas después.

Hoy asistimos a un fútbol donde los intereses comerciales condicionan calendarios imposibles, competiciones interminables, giras millonarias y decisiones tomadas en despachos muy alejados de la grada. Se vende el espectáculo mientras se exprime a los jugadores y se convierte a los aficionados en simples consumidores.

El fútbol cada vez pertenece menos a quienes lo aman y más a quienes hacen negocio con él.

Frente a ese modelo, la figura de Maradona continúa representando algo mucho más grande que un extraordinario futbolista. Representa la rebeldía frente al poder, la autenticidad frente al marketing y la convicción de que la dignidad no está en agradar a los dirigentes, sino en mantenerse fiel a uno mismo.

Porque la pelota sigue sin mancharse.

Lo que necesita limpiarse son quienes llevan demasiado tiempo utilizándola para enriquecerse y para poner el fútbol al servicio de intereses que nada tienen que ver con el deporte ni con la pasión de millones de personas.

 

André Abeledo Fernández 

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