Cuba, el «tremendo dictador» que nunca dejó dormir a un niño en la calle
Hay que decirlo alto y claro, sin miedo a que se rasguen las vestiduras de la corrección política burguesa: apoyo a Cuba socialista. Apoyo la decisión firme de un pueblo valiente que se negó, hace más de sesenta años, a seguir siendo el patio trasero del imperio, su casino de juego y su prostíbulo. Y lo apoyo hoy con la misma firmeza que el primer día.
Admiro la resistencia heroica de un pueblo sometido al bloqueo más brutal, ilegal y prolongado de la historia contemporánea, un bloqueo que pisotea todas las resoluciones de Naciones Unidas año tras año, y que solo cuenta con la complicidad de un régimen: el genocida Estado de Israel. Ahí queda dicho, para quien quiera entender de qué lado está cada cual.
Internacionalismo, no propaganda.
Cuba no solo defendió su soberanía. La convirtió en solidaridad activa con los pueblos del mundo. Sus tropas fueron decisivas en la derrota del apartheid en Angola, una victoria que arrastró consigo la independencia de Namibia y aceleró el fin del propio apartheid sudafricano. Sus brigadas médicas, mientras escribo estas líneas, siguen salvando vidas en rincones del planeta que el capitalismo occidental ha decidido abandonar a su suerte.
Frente a esa entrega, el imperio yanqui —el más armado, agresivo e intervencionista que ha conocido la humanidad, empeñado en imponer su «pax americana» a bombazos y desembarcos de marines— lo ha intentado todo: la invasión mercenaria de Bahía de Cochinos, centenares de intentos de asesinato contra Fidel, y el endurecimiento criminal del bloqueo en plena pandemia de la COVID-19, buscando deliberadamente el desastre humanitario por falta de insumos médicos.
Y aun así, camaradas, Cuba socialista volvió a vencer. Su sistema sanitario, pese al bloqueo, sigue entre los mejores del mundo, con la tasa de médicos por habitante más alta de todo el continente americano. Mientras el imperio contaba sus muertos, la isla combatía la pandemia y enviaba a su ejército de batas blancas a ayudar al resto del mundo a hacer lo mismo.
Una curiosa dictadura.
Cuba es, en efecto, una curiosa dictadura: una que lucha por la justicia social. Fidel Castro fue, sin duda, un tremendo dictador: el dictador que resistió al imperio más poderoso de la Tierra con el único respaldo de su pueblo; el dictador que invadió el Tercer Mundo con médicos en vez de soldados; el dictador que abrió sus universidades a los pueblos oprimidos del planeta, y ahí están los médicos saharauis para dar fe de ello; el dictador que jamás permitió que un solo niño cubano durmiera en la calle; el dictador de la educación universal y gratuita; el dictador que puso la sanidad —dentista incluido— al alcance de todos y sin coste alguno. Qué barbaridad, camaradas, cuánto daño le hizo Fidel al capitalismo.
Cero por ciento de analfabetismo. Cero desahucios. Cero desnutrición infantil. Necesidades básicas cubiertas para toda la población. Ese es el legado de Fidel Castro, sostenido durante más de cincuenta años de embargo, y aun así exportando médicos, no armas, al mundo entero. Un país sin fosas comunes ni cargas de antidisturbios contra su propio pueblo: esa es la «terrible dictadura» que tanto desvela a los editorialistas de Madrid y Washington.
Quién llora y quién celebra.
El sentimiento ante la muerte de Fidel Castro fue, como todo en esta vida, una cuestión de clase y de conciencia social. Basta con mirar quién lloró y quién celebró. Los mismos que intentaron asesinarlo mil veces brindaron por su muerte como si fuera una victoria: mediocre victoria, camaradas, porque Fidel se fue cuando quiso, sin pedir permiso a nadie, rodeado del amor de su pueblo y llorado por los pueblos del mundo entero. Fidel se fue para quedarse, para volverse eterno.
Duele su partida. Se nos fue el último gigante, dejándonos rodeados de líderes de cartón piedra que se destiñen con la lluvia, se encogen con el sol y se deshacen con el paso del tiempo, esos mismos elementos que a los líderes verdaderos los hacen crecer y fortalecerse.
La hipocresía tiene nombre y apellidos.
Los que venden armas con silencio cómplice a las dictaduras de Arabia Saudí y Marruecos son los mismos que hablan mal de Cuba. Los mismos periodistas y tertulianos que dan la espalda a la represión y al asesinato sistemático de manifestantes en Colombia descubren de pronto su preocupación por los derechos humanos cuando se trata de la isla. Ni lavándose la boca se les quita el olor a cloaca.
Cuando el régimen cubano detiene a una activista en pleno directo de televisión, primero la dejan despedirse y lanzar su mensaje. Si eso ocurriera en Colombia, aparecería torturada, violada y decapitada en menos de 36 horas, como sucede allí cada día bajo el silencio cómplice de Occidente. Pero tranquilos, es Cuba: no le pasará nada.
Resulta cuando menos curioso que los mismos que ordenan repartir palos cuando defendemos nuestros empleos, nuestros derechos, o cuando tratamos de frenar el desahucio de una familia trabajadora en el Estado español, sean quienes ahora exigen libertad de manifestación en la isla. Los mismos que hablan de las carencias del pueblo cubano mientras minimizan un bloqueo criminal que dura más de sesenta años.
Si el bloqueo no sirve, ¿por qué no lo levantan? La respuesta es sencilla, camaradas: porque el pueblo cubano, sus vidas, su bienestar, les importan exactamente nada. Solo importa doblegar a Cuba, ponerla de rodillas ante el imperio.
Como dijo Fidel: cada bloqueo que prometen endurecer no hace sino multiplicar el honor y la gloria de un pueblo contra el que se estrellarán, una y otra vez, sus planes genocidas.
Hoy, como siempre, ¡viva Cuba socialista! Gracias, Fidel, por el ejemplo y por el valor. La revolución cubana sigue siendo, para todos los pueblos del mundo, una lección insustituible de soberanía, dignidad y justicia social.
André Abeledo Fernández

