«Llévatelos a tu casa»: la miseria moral disfrazada de argumento.
Camaradas,
Hay una frase que se ha convertido en el santo y seña del fachoerectus unineuronal, esa subespecie que confunde el odio con el pensamiento y el resentimiento con el argumento: «si te gustan los inmigrantes, llévatelos a tu casa». La repiten con el mismo automatismo con el que otros repiten un eslogan publicitario, sin pararse un segundo a pensar que, en realidad, están confesando algo mucho más grave que lo que creen estar denunciando: su propia incapacidad para sentir empatía y su nulo hábito de usar las pocas neuronas que la genética les ha prestado.
Vayamos por partes, que a estos especímenes conviene explicárselo despacio.
A mí me gustan los niños. No por eso voy a llevarme a todos los niños del mundo a mi casa, porque eso no es lo que significa defender un derecho. Defender el derecho de cualquier niño a tener una infancia no exige convertir mi salón en un orfanato: exige exigir que existan escuelas, sanidad, protección y futuro para todos los niños, vengan de donde vengan. Del mismo modo, defender el derecho de cualquier persona migrante a la dignidad no significa llevármela a vivir a mi casa. Significa defender que tenga papeles, trabajo digno, vivienda y los mismos derechos que cualquier vecino de este barrio. Significa defender la humanidad que estos especímenes, nacidos y criados en el odio y en la ignorancia, han perdido por completo.
Porque esa es la clave que se les escapa, camaradas: llevarse a alguien a casa nunca fue la solución a nada. La solución es una sociedad que no abandone a nadie, que reparta la riqueza que hoy acumulan unos pocos, que no enfrente al obrero autóctono contra el obrero migrante mientras el empresario se frota las manos viendo cómo se pelean por las migajas. Ayudar a quien lo necesita —sea de aquí o de allí— no empobrece a la sociedad: la enriquece. Es la lógica más elemental de la solidaridad de clase, esa que el fascismo lleva un siglo intentando borrar a golpe de bulo y de miedo.
Y aquí va mi conclusión, sin matices y sin complejos: prefiero mil veces de vecino a un inmigrante que cruza medio mundo buscando una vida mejor para su familia, que a cualquiera de esos fachapobres que se pasan el día escupiendo veneno desde el sofá de un piso que no les pertenece, defendiendo con uñas y dientes los intereses de una clase dominante que jamás los invitará a su mesa. Porque el inmigrante que llega buscando trabajo aporta esfuerzo, dignidad y ganas de vivir. El fachapobre, en cambio, solo aporta odio, complejos y la vergüenza ajena de ver a alguien defender con pasión los privilegios de quienes lo desprecian.
No nos van a robar la calle, ni el barrio, ni la conversación. Frente a su unineuronalidad, camaradas, la única respuesta posible es la organización, la memoria y la clase.
El racismo es un complejo de inferioridad con bandera.
Siempre lo he pensado y cada día lo confirmo más: el racismo es cosa de gente con un profundo complejo de inferioridad. Porque, vamos a ver, ¿qué clase de mediocridad necesita agarrarse al color de la piel o al lugar de nacimiento —una lotería, nada más, algo que nadie elige— para sentirse mejor que otro ser humano? ¿Qué tipo de vacío interior hace falta para necesitar sentirse superior a alguien solo para sentirse bien consigo mismo? A mí me supera, lo confieso. Pero sé perfectamente por qué ocurre.
Ocurre porque hay una siembra de odio, obvia y deliberada, que se aprovecha de la ignorancia, de la frustración y del miedo de una sociedad exprimida hasta el tuétano. Es la vieja táctica de siempre, la que usa la ultraderecha —y que en el fondo sirve al mismo capitalismo que dice combatir—: buscar un chivo expiatorio débil para desviar la mirada de los verdaderos culpables, que no son otros que los multimillonarios de siempre, los que fijan los alquileres imposibles, los que firman contratos de miseria, los que deciden quién come y quién no.
Y esa siembra está arraigando: hay gente convencida de que su problema son otras personas explotadas igual que ellos, abusadas igual que ellos, buscando una vida mejor igual que ellos. Personas que no acaparan riqueza, que no suben los alquileres, que no firman los contratos basura. Personas que huyen precisamente de las consecuencias que provocan los mismos que aquí nos empobrecen a todos. Que no seamos capaces de ver que están en nuestro mismo barco, que el enemigo común está arriba y no al lado, es la mayor victoria que puede tener la ultraderecha y quienes mueven sus hilos.
Y hay un límite que no se puede cruzar sin caer en el monstruo: cuando a un niño se le llama «mena», cuando a un niño se le llama invasor, cuando a un niño se le llama enemigo. ¿Cómo se puede llamar así a quien fue, ante todo, un niño? ¿Qué clase de ser sin empatía, qué clase de monstruo, es capaz de deshumanizar así a la infancia? Sinceramente, camaradas, no lo puedo ni entender. Y no pienso normalizarlo.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

