Marruecos, el gendarme del imperio: cuando el hambre de un pueblo se convierte en arma geopolítica.
Camaradas,
Hay que decirlo sin eufemismos: la monarquía alauita no es un socio, es un instrumento. Un instrumento afilado por Washington y por Tel Aviv, utilizado con precisión quirúrgica cada vez que el Estado español o la Unión Europea se atreven a levantar la voz, aunque sea con la boca pequeña, sobre el Sáhara Occidental o sobre cualquier otro asunto que incomode al Majzén.
El chantaje migratorio no es una anomalía, es el método. Rabat abre la valla cuando le conviene y la cierra cuando le conviene, y entre medias quedan los cuerpos: jóvenes marroquíes que se lanzan al mar o a la alambrada de Ceuta y Melilla huyendo no de un capricho, sino de una dictadura que les niega futuro, pan y dignidad. Esa dictadura sabe perfectamente que habrá muertos. Los usa igual. Esa es la naturaleza del poder que Mohamed VI ejerce sobre su propio pueblo: un pueblo convertido en munición diplomática.
Y aquí llega lo más vergonzoso: ni el Gobierno socialdemócrata ni la derecha ni la ultraderecha señalan quién mece esa cuna. El PSOE calla porque necesita a Marruecos como gendarme de fronteras subcontratado. Y el bloque PP-VOX calla, o peor, aplaude, porque su verdadera lealtad no es con España, sino con Washington y con Netanyahu.
Feijóo, Abascal, Ayuso, Alvise: perros falderos que obedecen al primer silbido de Trump, que se arrastran ante el sionismo internacional mientras dicen defender «la nación». No defienden nada que no sea el orden imperial que les da cobijo mediático y financiación. Son vendepatrias con corbata.
Los mismos que hoy llaman «moros», ayer los trajeron a matar españoles
Y no es casualidad, camaradas; no es nada nuevo. Esta derecha servil, entreguista, siempre lista para ponerse al servicio del poder, venga de donde venga, tiene un historial. A esta misma derecha, hoy, le molesta el marroquí, le molesta —como dicen ellos con desprecio— «el moro». Pero conviene recordar que fue Francisco Franco quien trajo a decenas de miles de soldados del Ejército de África, entre ellos los Regulares marroquíes, para matar españoles durante el golpe de Estado de 1936 que ellos rebautizaron como «guerra civil». Porque eso fue: un golpe de los poderes fácticos contra la voluntad democrática de un pueblo que había votado un Gobierno de progreso, un Gobierno que ni era comunista ni era anarquista, por mucho que quieran vendernos esa mentira, sino que simplemente planteaba una reforma agraria, la separación de la Iglesia y el Estado y las escuelas mixtas.
Y aquel golpe no lo ganaron solos. Lo ganaron gracias a la Alemania nazi de Hitler y a su aviación, y a la Italia fascista de Mussolini, que envió más de cien mil hombres y armamento para someter al pueblo español bajo la bota de la dictadura franquista. La misma derecha que hoy dice defender «la Patria» y «la civilización occidental» frente al inmigrante marroquí se construyó, históricamente, sobre la sangre traída por tropas marroquíes y sobre las armas de las dos potencias fascistas de Europa.
Traidores de nacimiento: siempre el bolsillo antes que la patria
Y esa misma derecha, que tanto gusta de hablar del Imperio español cuando conviene, calla convenientemente que fue Estados Unidos quien, tras un incidente de falsa bandera —la voladura del acorazado Maine en La Habana en 1898, cuya causa real la historiografía sigue discutiendo, pero que Washington explotó sin escrúpulos como pretexto de guerra—, declaró la guerra al Reino de España para arrebatarle Cuba y Filipinas. De la historia solo hablan cuando les interesa y la prostituyen a su antojo.
La lección es clara, camaradas: cada vez que esta clase oligárquica ha tenido que elegir entre la dignidad de un pueblo y su propio bolsillo, ha elegido el bolsillo. Una y otra vez, a lo largo de los siglos. Son traidores de ADN, vendepatrias de nacimiento, dispuestos a arrodillarse ante el poder, venga de Berlín, de Roma, de Washington o de Tel Aviv, siempre que ese poder les garantice el privilegio de seguir explotando a su propio pueblo.
No podemos olvidar la historia: fue Henry Kissinger, con la maquinaria diplomática estadounidense detrás, quien facilitó el terreno para que Hassan II lanzara la Marcha Verde en 1975 y ocupara ilegalmente el Sáhara Occidental, robando la tierra y los recursos al pueblo saharaui, que hoy sigue partido entre el exilio en los campamentos de Tinduf, en Argelia, y la represión colonial en los territorios ocupados.
La solución no es más vallas ni más concertinas. Es solidaridad internacionalista con el pueblo marroquí que sufre la dictadura y con el pueblo saharaui que sufre la ocupación. Es señalar, sin miedo, a la clase política que se arrodilla ante el imperio mientras finge defender la patria, y recordarle a esa clase política su propio historial de traición cada vez que abra la boca hablando de «nación» o de «civilización».
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

