Revolución o barbarie: no hay término medio.

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Revolución o barbarie: no hay término medio.

 Camaradas,

 Vivimos tiempos de cuenta atrás. No es una metáfora ni una exageración retórica: el capitalismo en su fase de descomposición ha entrado en una involución que amenaza con arrastrarnos a todos. Y frente a esa involución solo hay dos caminos posibles, por más que quieran vendernos que existe una tercera vía cómoda y tibia: o revolución, o fascismo.

 El espejismo de la vía intermedia.

Durante décadas nos han repetido que existe un camino de gestión «razonable» del sistema, una socialdemocracia capaz de humanizar el capitalismo desde dentro. La historia ya ha dictado sentencia sobre esa promesa: donde debía haber transformación solo hubo administración de la crisis, y donde debía haber conciencia de clase solo quedó desmovilización. La socialdemocracia no ha sido un freno al fascismo: ha sido su antesala, su rampa de lanzamiento.

La falsa izquierda como instrumento de división.

No es casualidad. Cada vez que la clase trabajadora ha estado a punto de reconocerse como sujeto histórico, ha aparecido una izquierda institucional dispuesta a canalizar esa energía hacia el parlamentarismo vacío, hacia la gestión de lo posible, hacia la traición organizada. Esa izquierda de despacho ha cumplido una función precisa: apagar la conciencia de clase justo cuando empezaba a encenderse, fragmentar la unidad obrera en identidades sin proyecto común, sustituir la lucha por la representación.

El resultado lo tenemos delante: un proletariado desorientado, atomizado, sin herramientas para nombrar a su enemigo de clase. Y en ese vacío, el fascismo encuentra terreno fértil.

El fascismo no es un accidente, es una alternativa del capital.

Cuando el sistema no puede sostenerse por la vía del consenso, recurre a la vía de la fuerza. El proyecto que nos preparan no es una simple regresión democrática: es la construcción de una arquitectura de dominación mundial donde los pueblos dejen de ser sujetos políticos y pasen a ser mano de obra sometida, población desechable, siervos de un nuevo orden brutal. Quienes hoy gestionan la «normalidad» democrática son, muchas veces sin saberlo o sin querer reconocerlo, los mismos que están allanando ese camino.

Solo la izquierda antisistema puede cerrar el paso.

No hay atajos. Ni las políticas de contención progre, ni el gestionismo institucional, ni las alianzas con el capital «menos malo» van a detener lo que viene. Solo una izquierda que rompa con el sistema, que recupere la conciencia de clase como arma política y que organice a los trabajadores como sujeto revolucionario puede cortar el paso al fascismo.

 

No se trata de elegir entre orden y caos: se trata de elegir entre la revolución de los pueblos o la dictadura genocida del capital. La historia no admite espectadores.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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