Venezuela explicada en 140 días de saqueo: la maldición de un pueblo rico que se atrevió a soñar con la soberanía
Camaradas:
Simón Bolívar lo escribió con la lucidez de quien ya había visto de cerca la garra imperial: «Los EE. UU. parecen destinados a sembrar de miserias a la América en nombre de la libertad». Doscientos años después, Venezuela vuelve a confirmar que el Libertador no exageraba.
Ciento cuarenta días de ocupación
Ese es el tiempo que lleva la nación bolivariana bajo la administración directa o indirecta de Washington tras la captura de Nicolás Maduro. Ciento cuarenta días que el Gobierno bolivariano y decenas de analistas latinoamericanos denuncian como un saqueo en toda regla: miles de millones de dólares en crudo venezolano fluyendo hacia las arcas estadounidenses sin que Washington haya aclarado jamás su destino ni sometido la operación a auditoría alguna; el servicio eléctrico desviado hacia los campos petroleros mientras los hogares venezolanos quedan a oscuras; las sanciones intactas pese a la ocupación; una deuda externa que no deja de crecer y una inflación que sigue devorando lo poco que le queda al pueblo. (Aclaro, como hago siempre, que estas cifras circulan por fuentes bolivarianas y no las he verificado una por una de forma independiente; sí hay informes financieros internacionales —Financial Times, Kpler— que confirman el orden de magnitud del saqueo petrolero).
No es la primera vez que esto ocurre: desde 1917 hasta la nacionalización de 1976, las petroleras yanquis se llevaron el grueso de la riqueza del subsuelo venezolano, dejando migajas fiscales al pueblo que la producía. La historia no se repite, camaradas: continúa.
«Que se lleven a Maduro»
¿Dónde están ahora aquellos que hacían cola durante horas para comprar una bolsa de harina y repetían, con la boca llena de rabia y de ingenuidad, «que se lleven el petróleo, que se lleven todo, pero que se lleven a Maduro»?
Pues bien: ya se lo llevaron. A Maduro lo secuestraron. El petróleo ya se lo llevan. La economía venezolana ya no la administra Caracas, la administra Washington. Exactamente lo que pedían. Y ahora toca preguntar lo único que de verdad importa: ¿qué ha mejorado?
Nada. Todo lo contrario. Hoy hay más horas sin luz que antes de la ocupación. La moneda está más devaluada. Sobrevivir en Venezuela es más difícil. Antes, al menos, Venezuela luchaba para defender algo que era suyo: su soberanía. Ahora ya no hay ni siquiera eso.
Porque, camaradas, ¿a quién se le ocurre pensar que Estados Unidos ha ido alguna vez a algún rincón del planeta a salvar a nadie? Si a Estados Unidos nunca le ha importado ni su propio pueblo, ¿por qué habría de importarle Venezuela? Cuando fueron a Irak no llevaron democracia: llevaron destrucción y se llevaron el petróleo. Por donde pasa Estados Unidos, como el caballo de Atila, no vuelve a crecer la hierba. Esto lo sabíamos todos los que sabemos leer, todos los que conocemos la historia. El problema es que la ignorancia de buena parte de la oposición venezolana fue, y sigue siendo, brutal. Llamaron al monstruo, y el monstruo vino.
Y ahora no tienen ni soberanía ni derecho a decidir su propio destino, porque ese destino ya lo decide Washington. Y las cosas están igual o peor, y así van a seguir, porque el Gobierno trumpista ya lo ha dicho sin tapujos: Latinoamérica tiene que volver a ser el patio trasero de Estados Unidos. Y cuando un país es el patio trasero de alguien, no puede aspirar a ser otra cosa que Tercer Mundo, o peor todavía. Ahora le toca bajar un escalón más, porque ya no queda nada: ni patria, ni soberanía, ni economía propia.
La maldición de la riqueza
Y aquí llegamos al fondo de la cuestión, camaradas, a lo que explica por qué Venezuela y no otro país cualquiera. Lo he dicho ya en más de una ocasión y lo repito ahora con más razón que nunca: la democracia en Venezuela será bolivariana o no será. Porque lo que le está pasando a Venezuela no es un accidente de la historia, es una condena que arrastra desde que se supo lo que guarda bajo tierra.
Petróleo. Oro. Litio. Coltán. Riquezas que deberían ser una bendición para cualquier pueblo se convierten, bajo el capitalismo imperialista, en una sentencia de muerte. Porque un pueblo que tiene todo eso deja de ser dueño de su destino en el mismo instante en que el imperio norteamericano y las grandes multinacionales ponen los ojos encima. Y cuando te ponen el ojo encima, primero quieren solo una parte del pastel. Después se lo comen entero.
Que se lo pregunten al Congo. Un país de una riqueza mineral descomunal donde niños, niños pequeños, mueren cada día en minas de cobalto para que el mundo entero pueda tener su iPhone, su smartphone, su tableta de última generación. Esa es la civilización occidental que presume de derechos humanos: construida literalmente sobre los huesos de criaturas congoleñas. Que se lo pregunten a cualquier país del planeta que tuvo la desgracia de ser rico y la desgracia mayor aún de no poder defenderse.
Ahora le toca a Venezuela. Venezuela tiene lo que el imperio quiere, lo que Estados Unidos quiere, lo que el sionismo quiere. Y para conseguirlo, ¿están dispuestos a todo? A todo: a un secuestro presidencial, a una ocupación económica, a un bloqueo que sigue intacto mientras se llevan el petróleo, a hundir a un pueblo entero en la miseria con tal de quedarse con lo que hay debajo de su tierra.
Y cuando lo tengan todo, no van a repartir nada con nadie. Porque a esa gente los pueblos no les importan absolutamente nada. Para ellos somos menos que nada, no tenemos ningún valor como seres humanos: cuando uno cae, ya nacerá otro que extraiga el mineral, que bombee el petróleo, que sostenga con su sudor y su sangre el nivel de vida que Occidente exige para sus pantallas y sus coches eléctricos.
Conclusión
Quien no conoce su historia está condenado a repetirla, como bien dijera Santayana. Venezuela la está repitiendo ahora mismo, en tiempo real, con una oposición que llamó al monstruo sin entender que el monstruo no viene a repartir nada, viene a comerse el pastel entero. La lucha en Venezuela no es solo por Venezuela: es la lucha de todos los pueblos que tienen la mala suerte, o la buena suerte mal gestionada por el capital, de ser ricos en un mundo gobernado por quienes solo entienden de saqueo. La democracia bolivariana no es un capricho ideológico: es la única forma en que un pueblo con riquezas puede aspirar a seguir siendo dueño de ellas.
¡Ata a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

