EEUU: El imperio que no puede curar a los suyos.
Camaradas:
Hay una imagen que debería bastar para desmontar el mito del «sueño americano»: campamentos de tiendas de campaña extendiéndose junto a los parques temáticos de Florida, con familias que ayer tenían un salario y una hipoteca y hoy duermen bajo lonas manchadas de humedad, calentándose con estufas de leña mientras el hielo se acumula sobre sus cabezas. No hablamos de un país empobrecido del llamado Tercer Mundo. Hablamos de la primera potencia económica del planeta, la que se presenta ante el mundo como modelo de prosperidad y libertad.
Cerca de 47 millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza en Estados Unidos, según las propias cifras oficiales. Y esto no es una fatalidad climática ni un accidente histórico: es el resultado directo de cuatro décadas de guerra de clases librada desde arriba. Cuando los lobbies empresariales lanzaron su ofensiva contra el movimiento obrero en los años setenta, culpando a los sindicatos de la crisis económica de la época, no estaban resolviendo un problema técnico. Estaban desmontando deliberadamente la única herramienta que permitía a la clase trabajadora repartirse una parte digna de la riqueza que ella misma produce. Hoy, apenas una de cada diez personas trabajadoras en Estados Unidos está afiliada a un sindicato, y en el sector privado la cifra ronda una afiliación casi residual. No es casualidad: es el objetivo cumplido de aquella ofensiva.
Y donde el sindicato se retira, avanza la desprotección. La sanidad estadounidense es el ejemplo más brutal. Un sistema que no cura, sino que empobrece: hospitales que cobran cifras astronómicas por una cesárea o una operación de corazón, aseguradoras que libran una guerra soterrada contra los propios hospitales para no pagar determinados tratamientos y millones de personas que descubren, demasiado tarde, que su póliza no cubría aquello que necesitaban. La «factura sorpresa» —ese eufemismo tan norteamericano— convierte una ambulancia en una ruina económica. Ese es el capitalismo sanitario en su forma más pura: la enfermedad como negocio, el dolor como oportunidad de mercado.
Lo más revelador es que este derroche no compra ni siquiera mejores resultados. Estados Unidos gasta muchísimo más en salud que cualquier país comparable de la OCDE y, sin embargo, su esperanza de vida es inferior a la de la mayoría de esos países, estancada durante una década entera y todavía sin recuperar los niveles previos a la pandemia. Es la prueba empírica de que un sistema de salud gestionado como negocio privado no solo es injusto: es ineficiente incluso en sus propios términos.
A todo esto se suma la crisis del fentanilo, que se ha cobrado más vidas en un solo año que las guerras de Vietnam y Afganistán combinadas. No es casualidad que la epidemia de opioides haya golpeado con más fuerza precisamente a esa clase obrera desindicalizada, empobrecida, sin una cobertura sanitaria digna ni un horizonte de futuro. Cuando se arrebata a un pueblo la organización colectiva, la sanidad pública y la esperanza material, el vacío se llena de desesperación, y la desesperación tiene fabricantes con nombre y apellidos que también hacen negocio con ella.
No hay que buscar explicaciones exóticas para este declive: hay que mirar quién ganó con la debilidad sindical, quién factura con la enfermedad ajena y quién decidió, conscientemente, que la salud y la dignidad de millones de personas fueran mercancías sujetas a la ley de la oferta y la demanda. La respuesta, como siempre, no está en más mercado, sino en la organización obrera, en una sanidad pública y universal y en la recuperación de lo que nunca debió dejar de ser un derecho.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

