CEUTA NO ES RACISTA: LOS BUITRES QUE SOBREVUELAN LA TRAGEDIA SÍ LO SON
Camaradas:
Hay que decirlo con toda claridad: Ceuta no es racista. Ceuta es una ciudad que vive un drama humano y que merece solidaridad, no que la utilicen como escaparate para el odio. Los racistas de siempre, esos que aparecen cada vez que hay una desgracia, como buitres que huelen la carroña o como moscas que se alimentan del estiércol, están intentando aprovechar el sufrimiento ajeno para sembrar su discurso de siempre: el miedo, la mentira y el odio hacia quien llega de fuera.
Ahí está la flotilla de los pijofachas, esa expedición marítima de niños bien con banderas y consignas que se presenta como «apoyo a Ceuta» y que, en realidad, no es más que un decorado para la propaganda racista. Ahí están las concentraciones convocadas supuestamente para mostrar solidaridad con la ciudad, donde se han coreado consignas racistas y fascistas que nada tienen que ver con ayudar a nadie y todo con reafirmar un discurso de exclusión y de odio al diferente. No engañan a nadie: no van a Ceuta a abrazar a las víctimas; van a Ceuta a hacer campaña sobre sus cadáveres simbólicos.
Y esto no es nuevo, camaradas. Es un patrón que se repite cada vez que ocurre una desgracia en este país. Pasó con la DANA de Valencia, cuando, en lugar de arrimar el hombro para ayudar a quienes lo habían perdido todo, la ultraderecha se dedicó a sembrar bulos sobre inmigrantes saqueadores y a repartir odio en las redes sociales mientras la gente buscaba a sus muertos entre el barro. Pasó durante la pandemia de la COVID-19, cuando, mientras miles de personas morían solas en hospitales colapsados, esa misma caverna mediática y política vendía teorías conspirativas y sembraba desconfianza hacia las vacunas y hacia la ciencia. Pasó con el apagón y pasó con los incendios: cada catástrofe, cada tragedia, cada dolor colectivo se convierte en materia prima para sus mentiras.
Son sanguijuelas que necesitan sangre fresca de las víctimas para nutrir su discurso, porque no tienen ni empatía, ni ética, ni patriotismo, ni honor. Todo vale cuando lo único que importa es la rentabilidad política y económica del miedo.
Y en esa tarea de sembrar odio no están solos: tienen su propio megáfono en la caverna mediática española. Ahí está el que fue cazador de fantasmas en la televisión y que ahora dirige un programa donde invita a los fantasmas de la ultraderecha a vomitar su diarrea mental disfrazada de debate, dándoles altavoz y respetabilidad a discursos que deberían quedarse en la cloaca de donde salen.
Ahí está Ana Rosa Quintana, la misma que protagonizó uno de los escándalos de plagio literario más sonados de este país cuando se descubrió que su novela «Sabor a hiel» copiaba párrafos enteros de otras autoras, y que hoy dedica buena parte de su discurso televisivo a defender la propiedad privada y el negocio inmobiliario mientras gestiona decenas de pisos turísticos; la misma que clama contra la okupación desde la comodidad de quien especula con la vivienda como negocio.
Y detrás de ellos, toda la caverna mediática de fachas y oportunistas que sobrevuela cada desgracia de este país buscando audiencia, cuota de pantalla y rédito político, sin que les tiemble el pulso ni la conciencia.
Frente a esto, camaradas, la respuesta de la clase trabajadora no puede ser otra que la denuncia, sin complejos, de esta instrumentalización miserable del dolor ajeno. Ceuta no necesita banderas de opereta ni flotillas de postureo racista. Necesita solidaridad real, políticas migratorias humanas y memoria para no olvidar quiénes convierten cada tragedia en un negocio de odio.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

