CEUTA: EL CIRCO DE LOS HORRORES DE LA DERECHA ESPAÑOLA

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CEUTA: EL CIRCO DE LOS HORRORES DE LA DERECHA ESPAÑOLA

Camaradas:

Pedro Sánchez ha hecho una pregunta que debería avergonzar a toda la derecha española y que, en cambio, ha servido para retratarla en toda su miseria moral: ¿qué habrían hecho ellos en Ceuta? ¿Disparar sobre personas desarmadas e indefensas? ¿Asesinar a hombres, mujeres y niños que huyen del hambre, de la guerra o de la ruina que el propio capitalismo europeo ha sembrado en sus países de origen? Esa es la pregunta que ninguno de los próceres de la derecha y la ultraderecha ha sido capaz de responder con algo que no sea vergüenza ajena.

Y la respuesta que hemos recibido es de traca. Alberto Núñez Feijóo, el hombre gris que aspira a gobernar España sin tener una sola idea propia sobre nada, ha estado a la altura de su vacío habitual: «Yo me hubiese ido de vacaciones». Ese es el nivel de la principal alternativa de gobierno que nos ofrece el régimen del 78: la fuga, la indiferencia, la política como ausencia. No es solo una frase ridícula; es una confesión. Feijóo no tiene proyecto de país porque no lo necesita: su papel histórico es administrar los intereses de la patronal y de la Iglesia gallega, no gestionar una frontera ni, mucho menos, mirar de frente el sufrimiento humano.

Pero si Feijóo da vergüenza, Santiago Abascal da directamente asco. El mismo que jamás pisó un cuartel porque se acogió a todas las prórrogas posibles para librarse de la mili, el mismo que hoy se llena la boca de «Viva España» y «a mí la Legión» como quien recita un catecismo aprendido de memoria, es el que pretende darnos lecciones de patriotismo. Un patriotismo de opereta, eso sí, que se disuelve en cuanto hay que rendir cuentas ante los verdaderos amos a los que sirve: Donald Trump y Benjamín Netanyahu. Abascal no defiende a España; defiende los intereses geopolíticos de Washington y de Tel Aviv disfrazados de bandera rojigualda. Es el lacayo perfecto: grita «patria» mientras ejecuta la agenda de otros.

Lo que se juega en Ceuta no es un problema de «seguridad fronteriza», como quieren vendernos; es la consecuencia directa de un orden mundial que el imperialismo occidental —con España como pieza subalterna, pero cómplice— ha construido a base de saqueo, guerras y acuerdos espurios con regímenes como el de Marruecos, siempre dispuesto a utilizar a los migrantes como moneda de cambio geopolítico. La derecha y la ultraderecha no tienen respuesta ante esto porque su única respuesta posible sería reconocer que el problema es el capitalismo global y sus fronteras armadas, y eso, evidentemente, no lo van a decir nunca.

Y conviene decirlo alto y claro, aunque a la derecha española le tiemble la voz: numerosos analistas señalan que detrás de lo que está ocurriendo en Ceuta no son ajenos los intereses de Estados Unidos e Israel, de la CIA y del Mossad. La satrapía monárquica marroquí, una dictadura disfrazada de reino, cuenta con el respaldo abierto de la Administración de Donald Trump y del Gobierno de Netanyahu. No es una sospecha antojadiza: un comité del Congreso estadounidense llegó a incorporar en un documento oficial la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla, describiéndolas como ciudades «administradas por España», pero situadas en «territorio marroquí», mientras congresistas republicanos afines a Trump y think tanks proisraelíes empujan abiertamente para que Washington reconozca esas ciudades como territorio ocupado. No hace falta ser un experto en geopolítica para atar cabos: el mismo Trump que reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental ocupado a cambio de que Marruecos normalizase relaciones con Israel es quien ahora deja que sus aliados cuestionen la soberanía española.

Y no olvidemos tampoco quién espió al propio Pedro Sánchez y a los principales líderes europeos: el programa Pegasus, con el que se intervinieron sus teléfonos, es de fabricación israelí. El mismo Estado que hoy calla mientras Marruecos presiona a España con la llegada masiva de migrantes a Ceuta es el que dispone de tecnología de espionaje infiltrada en los despachos de nuestros propios gobernantes.

Tampoco se puede pasar por alto el historial de declaraciones que deberían haber provocado una crisis diplomática. Yair Netanyahu, hijo del primer ministro israelí, animó públicamente en Twitter a árabes y musulmanes a «liberar» Ceuta y Melilla como si de territorios ocupados se tratase, en clara provocación hacia España. Y no fue una anécdota aislada: en plena ofensiva israelí sobre Gaza, un portavoz militar israelí llegó a justificar el asesinato de niños palestinos frente a los usuarios españoles con una frase que debería perseguir a quien la pronunció el resto de su vida: que ellos mataban rápido y sin dolor, y que España, en cambio, dejaba morir de hambre. La obscenidad de comparar el genocidio con la pobreza estructural española solo puede salir de quien lleva años deshumanizando a la infancia palestina.

Y frente a todo esto, ¿qué hace la derecha española? Silencio. Un silencio cobarde y cómplice. Ni Feijóo ni Abascal han dedicado una sola palabra a denunciar el papel de Estados Unidos e Israel en el respaldo a Marruecos, ni las declaraciones que ponen en entredicho la soberanía territorial española. Su patriotismo de bandera y himno se evapora en cuanto hay que señalar a sus verdaderos amos.

Esto no es nuevo, camaradas. Ya en 1975 fue la CIA la que estuvo detrás de la Marcha Verde, con la que Marruecos ocupó ilegalmente el Sáhara Occidental cuando aún era territorio español, aprovechando la debilidad del franquismo agonizante y los intereses de la Guerra Fría para consolidar a Hassan II como aliado de Washington frente a los movimientos de liberación nacional apoyados por la URSS y Argelia. Medio siglo después, el guion se repite con Ceuta y Melilla: el imperialismo estadounidense y el sionismo israelí utilizan a la monarquía alauí como ariete contra la soberanía española cuando conviene a sus intereses geoestratégicos.

Y hay algo que conviene poner sobre la mesa sin medias tintas: los marroquíes que huyen de su país no lo hacen por gusto ni por capricho. Lo hacen porque en Marruecos hay opresión, abusos policiales y judiciales, una monarquía que reprime cualquier disidencia, una pobreza extrema que condena a millones de personas a la exclusión y una absoluta falta de futuro para su juventud. Marruecos no es una democracia homologable, por mucho que Estados Unidos e Israel lo apadrinen y lo blanqueen como socio estratégico. Es una monarquía autoritaria que persigue a periodistas, encarcela a activistas y mantiene a su pueblo sometido, mientras sus élites hacen negocios con Washington y Tel Aviv a costa de la soberanía de sus vecinos. Quien huye de Marruecos no huye de la prosperidad; huye de la miseria y del autoritarismo que esa misma alianza geopolítica sostiene y protege.

Frente al circo de los horrores que nos ofrecen Feijóo y Abascal, la clase trabajadora no puede quedarse mirando. No hay vacaciones posibles ante el sufrimiento humano, ni patriotismo de pega que valga cuando se sirve a potencias extranjeras y se calla ante quienes maniobran contra la soberanía nacional. La solidaridad internacionalista, la denuncia del racismo institucional, la exigencia de que se investigue el papel de Washington y Tel Aviv en esta crisis y la lucha contra las políticas migratorias asesinas de la Unión Europea son las únicas respuestas dignas ante esta tragedia.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández 

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