El gallego, arma de clase.
No soy el único trabajador de cara al público que, en algún momento de su vida, se ha sentido agredido por usar su propio idioma, el gallego, en su propia tierra. En mi caso, ya son 25 años trabajando de cara al público en distintas empresas, y he tenido que soportar actitudes irrespetuosas e intentos de humillación en demasiadas ocasiones. Siempre son demasiadas, porque esto no debería suceder nunca.
Cuando hablar gallego se convierte en un problema.
Cuando un cliente me recrimina por hablar en gallego en Galicia, existe claramente un problema. Cuando alguien se atreve a decir que no me dirija a él en ese «dialecto» y lo haga en español, lo que está haciendo es intentar denigrar nuestro idioma, agrediendo a los gallegohablantes en su propia tierra. Y lo hacen aprovechando, además, una situación de ventaja y superioridad, atacando a una persona que está trabajando y que no puede responder como sería debido.
Los gallegohablantes nos encontramos así con una gran indefensión. Cuando se vulnera el derecho fundamental a utilizar el gallego en Galicia, no tenemos herramientas legales reales para defendernos. Es difícil mantener la compostura cuando alguien intenta humillar tu idioma. Personalmente, cuando veo que es gente de fuera, cambio al castellano sin ningún problema —de hecho, los extranjeros suelen ser los más educados e incluso les gusta escuchar nuestra habla—. El problema llega cuando te topas con algún talibán nacionalista español.
El idioma como trinchera de clase.
Mientras existan actitudes que intenten humillar mi idioma y menospreciar mi nación, difícilmente podrá haber convivencia. Mientras se vulneren impunemente mis derechos fundamentales como gallego, se menosprecie mi idioma, mi acento y mi cultura, será imposible que me sienta parte del Estado español. Y mientras tengamos un Gobierno de la Xunta que trabaja para hacer de nuestro idioma algo residual y un españolismo que nos ve y nos trata como inferiores, nuestra mejor arma sigue siendo hablar gallego para seguir siendo gallegos.
Galicia es una nación y un pueblo con identidad propia: tenemos una cultura, una historia y un idioma propios, y son estas características las que nos hacen gallegos. Nuestro idioma es parte fundamental de nuestra identidad. El gallego fue siempre el idioma de la clase trabajadora gallega, fue lengua de resistencia y continúa resistiendo en condiciones muy difíciles.
El cierre de los centros de atención: un insulto a todo un pueblo
El cierre de los centros de atención al cliente en Galicia, para centralizar este servicio en terceros países, busca que las empresas consigan mayores beneficios mientras destruyen empleo en nuestra tierra. Pero esto es, además, un insulto a todo un pueblo, un menosprecio inaceptable a nuestro idioma, una forma de pisotear nuestra dignidad. ¿Alguien puede imaginarse que estas mismas empresas harían lo mismo en Cataluña? Está claro que no. Pues las gallegas y los gallegos debemos hacer valer nuestro derecho a ser atendidos en nuestro idioma en nuestra propia tierra. Debemos exigir respeto.
No existe un «problema catalán» ni un «problema gallego»
Cuando se habla del «problema catalán» o del «tema catalán», se hace siempre para instalar en la ciudadanía la idea de que el derecho a la autodeterminación de los pueblos no es un derecho, intentando criminalizar a quien lo defiende. No existe un problema catalán, ni gallego, ni vasco: existe, en todo caso, una realidad o singularidad a la que tenemos que dar respuesta política.
El derecho a la autodeterminación de los pueblos no debe verse como un peligro ni como una amenaza para la clase obrera. La patria burguesa no es la misma que la patria obrera: los oligarcas temen cualquier cambio que pueda afectar a sus intereses, y cuando defienden la centralidad o la independencia lo hacen pensando en esos intereses, no en el bien de su pueblo.
Unión voluntaria, no prisión de pueblos.
Defiendo la unión voluntaria de pueblos libres, de naciones que deciden caminar juntas; eso nos hace más fuertes y nos enriquece la diversidad de culturas, tradiciones e historia diferenciadas. Pero convertir el Estado en una prisión de pueblos es siempre una decisión de los explotadores.
Necesitamos cambiar el actual modelo de Estado, heredado del nacionalcatolicismo y fruto de una falsa transición, ya sea mediante un Estado federal o un Estado plurinacional donde cada nación —entendiendo que hablamos de naciones de pueblos libres— pueda decidir qué tipo de relación quiere tener con el resto del Estado. Reconociendo el derecho a decidir, podremos construir un futuro en común. Y yo defiendo que ese futuro debe ser socialista, porque pienso que es el único modo de ser capaces de construir, entre todas y todos, un futuro sin odios, una unión de voluntades donde impere la igualdad, la justicia social y el respeto a la diferencia.
La lucha es de clases.
Parafraseando a Lenin, que resumió magistralmente la esencia de lo que trato de decir: «no se puede hablar de libertad si antes no se reconoce el derecho de los pueblos a separarse de su metrópoli cuando lo crean conveniente». Otra frase muy afortunada es la de Salvador Seguí: «el único enemigo que hay en Cataluña es el mismo que en Madrid: el capitalismo».
No consintamos que los miserables que se envuelven en banderas para beneficio personal, los que venden odio y mentiras, consigan enfrentar a los pueblos de España. La lucha es de clases. El pueblo trabajador tiene que estar unido para defenderse de quienes solo siembran miseria.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

