Yemen del Sur y Afganistán: los socialismos que Occidente nunca perdonó.

Publicado:

Noticias populares

Yemen del Sur y Afganistán: los socialismos que Occidente nunca perdonó.

Que no os cuenten cuentos. Nos han repetido hasta la náusea que el socialismo es cosa de europeos, que el mundo árabe y Asia Central solo conocen el petróleo, el turbante y la guerra. Mentira. Yemen del Sur y Afganistán fueron sociedades extremadamente atrasadas, casi feudales, donde la mujer carecía de derechos, y ambas intentaron su revolución socialista. Avanzaron en igualdad, en sanidad y en educación. Los que mandan quieren que lo olvidemos. Nosotros no lo vamos a olvidar.

Adén: del saqueo colonial a la insurrección.

Todo empezó con un robo. En 1839 Gran Bretaña se apoderó de Adén y, tras la apertura del canal de Suez, convirtió el puerto en escala obligada hacia la joya de su corona, la India. Para blindar su botín, levantó un tablero de protectorados y microestados y, en 1963, los reunió en la Federación de Arabia del Sur, un artefacto de Londres para que todo cambiara sin que nada cambiase. Pero los pueblos no piden permiso. Los trabajadores del puerto, curtidos en la lucha y encendidos por el viento anticolonial de la región, empuñaron las armas. En octubre de 1963, el Frente de Liberación Nacional (FLN) inició la lucha armada y, en 1967, obligó a los británicos a salir a la carrera. El 30 de noviembre nació la independencia, y en 1970 el país pasó a llamarse República Democrática Popular de Yemen.

Una revolución en la Península Arábiga.

La RDPY adoptó el marxismo-leninismo y organizó el poder en torno al FLN y, desde 1978, al Partido Socialista de Yemen. Fue el único Estado árabe que se proclamó marxista-leninista y nació en la miseria más absoluta: los británicos se marcharon, la clase capitalista huyó con ellos y el interior era poco más que pesca artesanal y agricultura de subsistencia. Con eso, y con nada más, se construyó un Estado.

Y un Estado revolucionario se juzga por lo que hace con su gente. Partiendo de un 60 % de analfabetismo, la RDPY levantó escuelas en todo el país, impuso ocho años de enseñanza obligatoria, abrió la Universidad de Adén en 1975 y lanzó campañas de alfabetización dirigidas sobre todo a las mujeres. La sanidad llegó a donde nunca había llegado, con puestos de salud, clínicas y hospitales gratuitos y con la solidaridad de Cuba, que ayudó a crear la Facultad de Medicina. La Reforma Agraria de 1970 animó a aparceros y arrendatarios a tomar la tierra y a expulsar a los terratenientes que durante siglos los habían humillado. La Ley de Vivienda de 1972 dejó a los propietarios urbanos solo con la casa en la que vivían y puso alquileres bajos al alcance de la gente.

La Ley de Familia de 1974 dio a las mujeres más derechos que en ningún otro lugar del mundo árabe: igual responsabilidad en el hogar, igual derecho a pedir el divorcio, restricciones a la poligamia y una Unión de Mujeres a la que acudir frente a los malos tratos y los matrimonios forzados. El Estado combatió también el tribalismo, prohibiendo los apellidos de clan y redibujando las gobernaciones para que no coincidieran con las lealtades tribales. Y la corrupción se castigaba con dureza, y la distancia de vida entre el pueblo y sus dirigentes era mínima. Que se pare a pensar cualquiera que hoy pague por todo eso.

Afganistán: el otro intento.

Algo parecido ocurrió en Afganistán. En 1978, la Revolución de Saur dio paso a la República Democrática de Afganistán, un gobierno de inspiración comunista que se propuso combatir el integrismo, democratizó el derecho a la educación, también para las mujeres, y trató de sacar al país de una estructura casi feudal. Cuando la reacción armada amenazó con derribarlo, pidió ayuda a la Unión Soviética.

Internacionalismo frente al cerco.

Ninguno de los dos estuvo solo, y ahí está la clave. Yemen del Sur recibió de la Unión Soviética en torno a un tercio de su ayuda, de China una fábrica textil que dio empleo a centenares de mujeres, y de Cuba, médicos y formación sanitaria. Es la solidaridad entre los pueblos, la que reparte apoyo en lugar de bombas. Mientras tanto, la RDPY soportó la hostilidad de sus vecinos del Golfo, incursiones sistemáticas y dos guerras abiertas contra el Yemen del Norte, en 1972 y 1979.

Lo que también hay que decir.

Un revolucionario no se esconde de sus propias lecciones. Las luchas entre facciones de la dirección yemení estallaron en la sangrienta guerra interna de enero de 1986, que dejó miles de muertos, arrasó buena parte de Adén y dañó el prestigio del partido. Y una burocracia excesiva en las nacionalizaciones del campo y la pesca lastró la producción. Lo decimos con la cabeza alta, porque de los errores se aprende, y porque son las lecciones que necesitan los pueblos que hoy se levantan.

Los fabricantes del monstruo.

Pero estábamos en plena Guerra Fría, y a Occidente no le interesaba que esos países existieran. En Afganistán, Estados Unidos, junto con Arabia Saudí y Pakistán, armó y financió a los muyahidines y abrió la puerta a que llegasen radicales religiosos de medio mundo con dinero y fusiles para tumbar al gobierno socialista y echar de allí a la Unión Soviética. De aquel caldo salieron Al Qaeda y los talibanes, que en 1996 proclamaron su Emirato. Les dio igual la sociedad que iban a crear, una en la que las mujeres valen menos que cualquier animal. Afganistán fue devuelto a la Edad Media y sus mujeres, borradas de la vida pública. Hoy las niñas siguen sin poder estudiar más allá de la primaria.

En Yemen del Sur, el cerco fue otro: hostilidad de las monarquías del Golfo, puerta cerrada por Occidente y un ejemplo demasiado peligroso para la región. Con el declive del bloque soviético, los dos Yemen se fusionaron en 1990 y, tras la guerra civil de 1994, el régimen que se apoderó de todo el país borró deliberadamente hasta el último rastro de la RDPY. La Ley de Familia fue sustituida por el derecho de familia conservador del norte y a las nuevas generaciones se les oculta lo que sus abuelos lograron.

La hipocresía de Occidente.

Esto es lo que hay que recordar: a Occidente no le importa que los pueblos sufran gobiernos terribles. Le importa que esos gobiernos exijan soberanía y que sean un ejemplo de que las cosas se pueden hacer de otra manera, sin estar bajo la bota de Estados Unidos y sus satélites. Por eso han tumbado o intentado tumbar todo proyecto que se les va de las manos: con sanciones, con intervenciones, con magnicidios, con secuestros o con un bloqueo genocida como el que hoy sufre Cuba.

Y por eso no les importa que Arabia Saudí sea una monarquía sátrapa donde se decapita en plaza pública y se persigue a los homosexuales. No les importa que su príncipe heredero cargue con el asesinato y descuartizamiento de un periodista en el consulado saudí de Estambul. No les importa que Catar o Emiratos sean dictaduras, ni que Marruecos sea una monarquía autoritaria que vende una imagen de democracia mientras miles de personas tratan de huir, como vimos en Ceuta. Esos son los amigos. Los enemigos son los que no se arrodillan.

Yemen hoy: la resistencia frente a Riad y sus padrinos.

Y ese Yemen se está levantando ahora mismo. Desde principios de septiembre de 2026, las fuerzas de Ansar Alá, los hutíes, han lanzado una ofensiva de gran calado contra las fuerzas respaldadas por Arabia Saudí. Han tomado posiciones clave de la costa occidental, se han colocado en una posición dominante sobre el estrecho de Bab el-Mandeb y, el 8 de septiembre, golpearon con drones y misiles ciudades saudíes como Abha, Jizán o Nayrán. Riad promete represalias y pide ayuda antimisiles a sus aliados; Washington reitera su apoyo al gobierno reconocido, aunque descarta por ahora un papel directo.

No nos engañemos: los hutíes no son comunistas ni pretenden serlo, y es un movimiento con su propio programa. Pero hay una cuestión de fondo que no admite dudas. Desde 2015, el pueblo yemení soporta la agresión de una coalición encabezada por Arabia Saudí, con el respaldo de Estados Unidos y de Occidente, con bloqueos, bombardeos y hambre como armas de guerra. Sobre el terreno, esa agresión se apoya en fuerzas locales pagadas, armadas y amparadas desde Riad, Washington y Abu Dabi, mercenarios al servicio de intereses extranjeros. Tanto es su carácter de alquiler que hasta sus padrinos se pelean entre sí: Arabia Saudí y Emiratos rivalizan por el control del país. Los separatistas del sur, muchos bajo el paraguas emiratí, agitan el recuerdo de la RDPY sin asumir su programa de justicia social, y ni una palabra tienen sobre democracia, equidad o derechos para su gente. Se apropian de la bandera sin heredar la causa.

La memoria que nos toca defender.

Hoy Yemen y Afganistán aparecen en los medios solo como escenarios de guerra, hambre y sufrimiento, como si sus pueblos hubieran nacido para ser víctimas. Pues no. Esos pueblos intentaron una revolución, levantaron Estados y probaron que el socialismo también echa raíces bajo el sol de Arabia y en las montañas del Hindu Kush. Las mujeres afganas no necesitan bombas ni sermones de quienes armaron a sus verdugos: necesitan solidaridad internacionalista. Conocer esta historia y defenderla es una tarea de la clase trabajadora internacional, y hoy más que nunca, con Cuba bloqueada, con Venezuela amenazada y con Palestina resistiendo el exterminio. Porque el mismo imperio que quiso borrar estas experiencias sigue sembrando el infierno, y porque los pueblos que se levantaron una vez pueden volver a hacerlo.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

Irak, Libia y Siria: el manual de la destrucción de Estados

Irak, Libia y Siria: el manual de la destrucción de Estados Tres países, tres pretextos y un mismo resultado. Nos...

Le puede interesar: