Dr. Arturo Gallegos García (Unidad y Lucha).— El segundo mandato de Donald Trump ha subrayado que la relación entre México y Estados Unidos continúa determinada por una profunda desigualdad de poder económico, político y militar. Desde una perspectiva marxista-leninista, esta relación debe analizarse en la dinámica del capitalismo mundial y la necesidad de los EUA de adquirir y expandir mercados, recursos, rutas comerciales, posiciones estratégicas y zonas de influencia. SI bien siguen siendo la principal potencia económica, financiera y militar, su posición relativa se ha deteriorado frente al ascenso de China y su creciente influencia en América Latina; un espacio estratégico que Washington no está dispuesto a abandonar.
En este contexto es que se ha configurado la Doctrina “Donroe” (Munroe 2.0), acompañada de un mayor empleo de la violencia (véase Venezuela e Irán). El argumento es irrelevante pero el narcotráfico es el pretexto favorito al menos en América Latina, que ha servido repetidamente como instrumento para ampliar la presencia política, militar y de inteligencia de Estados Unidos en la región. Los carteles mexicanos proporcionan, como resultado, el pretexto perfecto para que los EUA impongan su influencia en la política del vecino del sur.
Morena, partido que gobierna México, evidentemente no es un partido revolucionario (no importa que tan esquizofrénica sea la derecha mexicana e internacional al retratarlo de esta forma). El gobierno de la llamada Cuarta Transformación no ha abolido el capitalismo ni tampoco pretende hacerlo. Sus políticas sociales si bien han mejorado algunas condiciones de la población, permanecen dentro de los límites de las instituciones burguesas. Pero de esta realidad objetiva tampoco se desprende que Morena sea idéntico a los gobiernos neoliberales anteriores. En estricto sentido Morena ni siquiera es un partido característico, sino únicamente la herramienta electoral de un frente amplio y pluri clasista con muchas contradicciones internas, pero con tendencia progresista.
Una diferencia relevante es la política exterior. México ha defendido el principio de soberanía nacional, ha protegido a políticos progresistas latinoamericanos del revanchismo de sus burguesías, ha rechazado la posibilidad de una intervención militar estadounidense en su territorio y todo esto en constantes negociaciones comerciales con la espada de Democles de los aranceles pendiendo sobre la cabeza.
Mas gravemente a la vista de Trump, México ha mantenido una relación de solidaridad con Cuba incompatible con los objetivos más agresivos de su administración. En enero de 2026, mientras Washington presionaba para impedir que México enviara petróleo a Cuba, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que las decisiones mexicanas sobre esos suministros correspondían exclusivamente a México. Posteriormente defendió explícitamente el derecho del país a suministrar petróleo a la isla por razones humanitarias o comerciales.
Cuba es un tema que no se puede subestimar, constituye uno de los principales puntos de conflicto entre la política imperialista estadounidense y la soberanía latinoamericana. Que México mantenga relaciones económicas y políticas con Cuba representa una afrenta al imperialismo yankee; y los primeros en reconocer la importancia de esto son los mismos cubanos, quienes son los primer en decir abiertamente que prefieren a Morena y no cualquier otro partido neoliberal gobernando México.
La misma lógica nos obliga a preguntarnos: ¿si Morena fuera exactamente igual que los gobiernos neoliberales anteriores, ¿por qué Washington tendría que ejercer semejante presión sobre el gobierno mexicano?
Ciertamente existen contradicciones entre el gobierno mexicano y la clase trabajadora, pero también entre el primero y el imperialismo estadounidense. Negarlas equivale a abandonar el análisis concreto de la situación concreta. Desde el comienzo de su segundo mandato, la administración Trump ha combinado amenazas arancelarias, presión migratoria, acusaciones contra funcionarios mexicanos (retiro de visas) y amenazas de intervención unilateral contra los cárteles. Cambios cualitativos respecto a las administraciones de Clinton y Obama y sus relaciones con los gobiernos neoliberales mexicanos, por ejemplo.
La posición marxista-leninista frente a esta situación debe ser clara: la lucha de clases no en México no desaparece con un gobierno progresista, pero la agresividad del imperialismo norteamericano en contra del segundo si aumenta. La clase trabajadora y las fuerzas revolucionarias no deben apoyo ciego a Morena, pero tampoco pueden adoptar una posición indiferente porque el gobierno no sea el que deseásemos; ni mucho menos puede minimizar la amenaza de una intervención de la potencia imperialista por excelencia.
Tampoco puede la izquierda revolucionaria contribuir consciente o inconscientemente a una restauración de la derecha mexicana. Esta no sería una simple repetición del viejo neoliberalismo tecnocrático. La tendencia de la derecha internacional actual es una más agresiva, nacionalista, anticomunista y revanchista, vinculada a sectores religiosos y a una política exterior abiertamente alineada con Washington e incluso Tel Aviv.
El problema, por tanto, no consiste en escoger entre Morena o la indiferencia como si la primera fuera equivalente a la derecha reaccionaria. Para los comunistas, la tarea debe ser construir una alternativa independiente para la clase trabajadora. Pero mientras esa alternativa no exista como una fuerza capaz de disputar efectivamente el poder, resulta indispensable analizar las consecuencias concretas de cada correlación de fuerzas y posicionarse con responsabilidad.
En este sentido, la defensa de Cuba adquiere una importancia estratégica. Defender el derecho de Cuba a comerciar con México, rechazar el bloqueo y oponerse a las presiones estadounidenses significa defender el derecho de los pueblos latinoamericanos a establecer relaciones entre sí sin recibir autorización de Washington.
México y Brasil se han quedado solos en Latinoamérica con la responsabilidad de ser los únicos países de la región capaces de suministrar a la isla con una ayuda sustancial. México se encuentra, por ello, ante una contradicción histórica. Su economía está profundamente vinculada a Estados Unidos, pero su posición geográfica y sus relaciones históricas con Cuba le obligan a mantener una política exterior solidaria. El gobierno de Morena intenta administrar esta contradicción desde una perspectiva reformista y nacional-popular. Las fuerzas comunistas deben juzgar críticamente las limitaciones de ese proyecto, sin ignorar las contradicciones que existen entre determinados intereses nacionales mexicanos y la política imperialista de Washington.
La consigna revolucionaria no es entonces, la defensa per-se de Morena como ente político, sino defender la soberanía nacional frente al imperialismo, defender a Cuba frente al bloqueo y la agresión, impedir una intervención estadounidense en México y, simultáneamente, fortalecer la organización independiente de la clase trabajadora.
El enemigo estratégico de los pueblos latinoamericanos sigue siendo el imperialismo. La lucha contra él no exige abandonar la crítica de los gobiernos progresistas; exige comprender las contradicciones existentes y actuar sobre ellas desde una posición independiente de clase.
La caída de México en las garras de la derecha internacional lo convertiría en una nueva plataforma de la política imperialista estadounidense y con esto Cuba quedaría estrangulada con la complicidad de sus vecinos. El caso Cerimedo dejó al descubierto que eso es precisamente lo que la derecha internacional se propone y por lo cual se organiza desde Buenos Aires hasta Miami y llegando a Madrid.
Frente al nuevo embate de Trump, la posición de los comunistas debe ser inequívoca: no a la subordinación a Washington, apoyo crítico al gobierno progresista, soberanía nacional, solidaridad internacionalista con Cuba, unidad latinoamericana y organización independiente de la clase trabajadora.

