El fascismo en el Estado español: un genocidio de clase que no se puede maquillar
Un genocidio ideológico y de clase.
El fascismo, o falangismo, en España significó un genocidio ideológico y de clase. Fueron asesinados y torturados hombres, mujeres y niños inocentes. Fue un castigo a quienes defendieron la legalidad vigente, a quienes se atrevieron a soñar con un mundo mejor, a pensar y a cuestionar los privilegios de la oligarquía. No fue un exceso ni un error: fue un proyecto para aplastar al pueblo trabajador y devolverle el poder a quien nunca lo quiso soltar.
Un golpe de Estado traidor y cobarde.
La República sufrió un golpe de Estado, un golpe traidor y cobarde. Se convirtió en guerra civil porque el pueblo resistió. Y ese pueblo trabajador, con las manos y con la dignidad, tuvo que plantar cara a unos golpistas que contaron con la ayuda necesaria del nazismo alemán y del fascismo italiano para vencer esa resistencia. Conviene no olvidarlo: no se ganó aquella guerra con razones; se ganó con aviones extranjeros y con terror.
Quien piensa diferente no es fascista.
Quien piensa diferente y defiende su postura con argumentos, que podemos compartir o no, no es un fascista. El fascismo no utiliza argumentos porque no los tiene. Su argumento es la mentira, la fuerza y la violencia. Llamar fascista a cualquiera que discrepe es un error, pero mucho peor es lo contrario: blanquear lo que fue el fascismo real, el que fusiló, encarceló y torturó.
Ni comparaciones interesadas ni olvido.
Quienes comparan el fascismo español con el comunismo lo hacen por ignorancia o, peor, de forma intencionada, para lanzar bulos y prostituir la historia. Y quien lo compara con los defensores de la independencia, del derecho de autodeterminación de los pueblos o de otro modelo de Estado se equivoca, casi siempre a propósito y otras veces ejerciendo de mamporrero del poder. Defender que un pueblo decida su futuro es un derecho democrático, no una ideología del odio.
Memoria para no repetir.
Mirar hacia atrás no es quedarse anclado en el pasado. Es entender por qué hoy la ultraderecha avanza con la bandera falsa de lo antisistema, cuando nadie es más sistémico que ella. Es entender por qué no podremos construir una sociedad más justa sin superar el régimen del 78, que se edificó sin ajustar cuentas con aquel pasado. Y es entender que la respuesta a los herederos de aquel golpe no está en la moderación ni en las medias tintas, sino en la unidad de la clase trabajadora.
Porque la memoria es también una herramienta de lucha. Quien olvida quién asesinó a nuestros abuelos acaba aceptando que los nietos de los verdugos sigan mandando.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

