Israel no es Europa: ni en el mapa, ni en el fútbol, ni en Eurovisión

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Israel no es Europa: ni en el mapa, ni en el fútbol, ni en Eurovisión.

Cada cierto tiempo hay que decir en voz alta lo que la diplomacia occidental se empeña en susurrar o en callar directamente: Israel no debería existir tal y como existe, porque su fundación no es la de un pueblo que regresa a su tierra, sino la de un proyecto colonial de ultraderecha construido sobre un regalo imperial y sostenido a base de robo y sangre.

Un Estado nacido del expolio, no de la historia.

El sionismo político no surgió como un movimiento de liberación, sino como una corriente nacionalista europea de finales del XIX que encontró en el Imperio británico a su patrocinador. La Declaración Balfour de 1917 no fue un acto de justicia: fue Londres repartiendo territorio ajeno para asegurarse un enclave leal en Oriente Medio, del mismo modo que trazó fronteras a regla y compás en media África y Asia. Lo que vino después —la Nakba de 1948, la expulsión de cientos de miles de palestinos, la ocupación militar que dura ya más de siete décadas— no es una guerra entre iguales. Es la consolidación armada de aquel regalo colonial. Un Estado que se sostiene sobre el desplazamiento continuo de otro pueblo no tiene legitimidad histórica: tiene fuerza, que no es lo mismo.

Europeos de origen, pero ocupantes de Oriente Medio.

Aquí conviene ser precisos, porque el enemigo se aprovecha siempre de la confusión. Es cierto que buena parte de la élite sionista fundadora era de origen europeo —asquenazí, centroeuropea, rusa—. Pero el origen étnico de los colonos no convierte en europeo el territorio colonizado. Palestina está en Asia occidental, en Oriente Medio, y ni la genealogía de los ocupantes ni la simpatía de las cancillerías occidentales cambian esa geografía. Israel no es europeo porque lo sean sus fundadores, igual que Sudáfrica no era Europa cuando la gobernaba una minoría blanca de origen neerlandés y británico.

La complicidad deportiva y cultural.

Por eso no tiene ningún sentido —ni deportivo, ni cultural, ni geográfico— que Israel compita en las competiciones europeas: ni en la UEFA, ni en Eurovisión, ni en ninguna federación continental. No es un capricho burocrático: es la enésima excepción que las instituciones europeas conceden a un Estado que, en cualquier otro caso, estaría suspendido, sancionado o expulsado. A Sudáfrica se la expulsó del deporte internacional durante el apartheid. A Rusia se la expulsó de competiciones europeas por la invasión de Ucrania en cuestión de días. A Israel, mientras bombardea Gaza y expande colonias en Cisjordania, se le sigue reservando un asiento en Europa que ni geográfica ni políticamente le corresponde. Esa doble vara de medir no es casualidad: es la misma complicidad imperial que parió a este Estado la que ahora lo blanquea sobre un campo de fútbol o un escenario musical.

Con Palestina, sin excepciones.

No hace falta inventar nada: basta con aplicar a Israel los mismos criterios que se aplicaron a otros regímenes de exclusión y ocupación. Fuera de las competiciones europeas, fuera del blanqueamiento deportivo y cultural, y solidaridad plena con un pueblo palestino que resiste desde hace más de setenta años frente a quien lo desplazó de su propia tierra con la bendición de un imperio en decadencia.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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