La CIA y la oposición sondean cómo convertir a Venezuela en una república bananera
El 26 de septiembre de 2026 sucedió en Venezuela algo que, contado con sencillez, vale más que mil informes de think tanks pagados por el Departamento de Estado. Una «encuestadora» —de la oposición, de la CIA, qué más da, el amo es el mismo— llegó a una casa a pedir permiso para hacer unas preguntas. La señora, con esa amabilidad que ni el bloqueo ni el odio mediático han conseguido arrancarle al pueblo venezolano, la dejó pasar.
Una encuesta que no salió como esperaban.
Le preguntaron qué le parecería María Corina Machado como presidenta. La señora respondió sin titubear que jamás votaría por esa bestia, por esa traidora vendepatrias, por esa alimaña ni por ninguno de sus secuaces. Le dieron entonces más nombres: Leopoldo López, Guaidó. Y ahí sí que se le acabó la paciencia: ninguno de esos ladrones y vendidos, dijo, le sirve para nada. La encuestadora, incómoda, intentó suavizar: «No se ponga así, alguno habrá». Pero la señora no es ninguna ignorante que se deje convencer con un tono condescendiente. Su respuesta fue un mazazo de claridad política: que no vuelvan, que se queden donde están o se vayan al infierno.
Esa anécdota, camaradas, vale más que todas las encuestas amañadas que publican los medios de la derecha para fabricar un «clamor popular» que no existe. El pueblo venezolano sabe perfectamente quién le ha hecho daño y quién no.
La mentira repetida mil veces.
Decir la verdad es siempre un acto revolucionario. Y hoy, cuando la mentira se ha convertido en un arma de las élites y en una herramienta de control de masas, repetida las veinticuatro horas desde los medios de desinformación y unas redes sociales en manos de la ultraderecha y el sionismo internacional, decir la verdad exige además valentía. La libertad de expresión en Occidente es otra farsa: como mucho, libertad de patalear sin molestar demasiado a quien manda.
Utilizan a diario la vieja receta de Goebbels, ministro de Propaganda del nazismo: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Con Palestina, con Cuba, con Ucrania, con Rusia, con China, con Venezuela, llevan décadas aplicando esa táctica, deformando la realidad y prostituyendo la historia hasta hacerla irreconocible.
La democracia bolivariana frente a la democracia de los votos vacíos.
Hugo Chávez siempre habló de democracia protagónica, una democracia que va mucho más allá de votar cada cinco años, unida a la necesidad de una unión cívico-militar con base socialista y bolivariana. El socialismo de la República Bolivariana nunca pretendió copiar ninguna experiencia ajena: desde el principio, el legado del Libertador Simón Bolívar formó parte de la columna vertebral del proyecto liderado por Chávez.
En ningún país del mundo se ha votado más veces que en Venezuela. Desde la victoria electoral de 1998, el pueblo venezolano ha vuelto a las urnas una y otra vez, y se han construido las herramientas para que sean los propios venezolanos, y no los oligarcas ni la embajada de EE. UU. en Caracas, los dueños de su destino. Democracia protagónica significa que decide el pueblo, que las elecciones no son un cheque en blanco que se firma cada cierto tiempo para que decidan otros. Chávez recorrió el país entero defendiendo una nueva constituyente que pusiera esa herramienta también en manos populares.
Eso obligaba a romper con la democracia de partidos que funciona sin pueblo y solo con votos, la democracia burguesa que hace creer que se decide cuando, en realidad, solo se elige a quién delegarle el poder de decisión. En esa democracia burguesa mandan quienes son dueños de los partidos, ganan siempre los mismos y gobiernan poderes económicos a los que nadie ha elegido. Ahí está, como muestra actual, la figura de Elon Musk en la Casa Blanca: a él no lo votó nadie y, sin embargo, manda como el número dos de Trump. O como su jefe, que eso ya no queda tan claro.
El secuestro que en Occidente llaman operación.
La supuesta democracia norteamericana se permite dar lecciones a Venezuela mientras sostiene a una oposición que defiende los intereses de la oligarquía y de Washington, quienes la financian y deciden por ella sin contar jamás con el pueblo. Mentira, bulo, injerencia, sabotaje, llamamiento al golpe de Estado, amenaza de intervención militar, sanción, bloqueo: todo el arsenal se puso al servicio de tumbar la Revolución Bolivariana. Y, al final, el imperialismo cruzó la última línea roja.
En la madrugada del 3 de enero de 2026, la DEA estadounidense ejecutó la llamada «Operación Determinación Absoluta», irrumpiendo en Caracas. Nicolás Maduro fue capturado junto a su esposa, Cilia Flores, y trasladado de inmediato a un tribunal federal de Manhattan. Lo hicieron de noche, con helicópteros, con armas, con la prepotencia de quien lleva décadas creyendo que el mundo entero es su patio trasero. Ellos lo llamaron operación. Nosotros lo llamamos por su nombre: secuestro, invasión, crimen de Estado.
Ante el juez, Maduro se mantuvo firme al afirmar que no era culpable, que seguía siendo un hombre decente y el presidente de su país, y, al salir de la sala, se definió como prisionero de guerra. Así habla un revolucionario que sabe que no está ante un tribunal de justicia, sino ante el tribunal del Imperio. Secuestrar al presidente constitucional de Venezuela es secuestrar el voto de millones de venezolanos, pisotear el derecho internacional y cualquier principio que Occidente dice defender solo cuando le conviene. El propio PSUV lo calificó, con toda razón, de secuestro.
El verdadero objetivo: el petróleo.
No nos engañemos: nunca fue la democracia, nunca fueron los derechos humanos, nunca fue el narcotráfico. Tras la captura de Maduro, el propio Trump reconoció que la operación buscaba, al menos en parte, el control del petróleo venezolano, y ese mismo viernes se reunió en la Casa Blanca con los jefes de las grandes petroleras. Llegó a afirmar que Estados Unidos podría controlar Venezuela y explotar sus reservas durante mucho más de un año, y que la reconstruirían de manera muy rentable. Ahí está la verdad desnuda, sin disfraz democrático: Venezuela como botín, el petróleo del pueblo venezolano como premio de guerra.
Anunció, además, que el gobierno interino entregaría entre 30 y 50 millones de barriles a Estados Unidos, y que el dinero obtenido quedaría bajo su propio control como presidente. Que alguien explique en qué se diferencia eso del colonialismo más descarado de los siglos XIX y XX. Bajo presión de Washington, la Asamblea Nacional aprobó, además, una reforma de la Ley de Hidrocarburos que abre la puerta a empresas privadas locales y extranjeras y liquida la participación mayoritaria de PDVSA. En menos de un mes, el Imperio desmontó con helicópteros y presión de mercado lo que Chávez había construido con el sudor y la conciencia de todo un pueblo.
Curiosa dictadura, la de Venezuela.
Decían que Venezuela era una dictadura. Curiosa dictadura esta, en la que el pueblo votaba más que en cualquier otro país del mundo, en la que las decisiones importantes se ponían en manos de las mayorías, en la que la oposición se presentaba a elecciones, tenía sus propios medios privados para atacar al gobierno, daba ruedas de prensa y pedía sanciones contra su propio pueblo mientras llamaba a la invasión. En cualquier otro lugar del planeta estarían en la cárcel por alta traición.
En una dictadura de verdad, la oposición está muerta, en fosas comunes, en campos de concentración o en el exilio. En Venezuela se dedicaba a dar ruedas de prensa. ¡Qué dictadura ni qué cuento! Lo que había era una DEMOCRACIA con mayúsculas, frente a una oposición vendida y traidora que hoy, financiada desde Washington, aplaude la intervención militar sobre su propio país, aplaude el secuestro de su presidente y aplaude la entrega del petróleo venezolano a las multinacionales yanquis. Que cada cual saque sus propias conclusiones sobre quién amaba Venezuela y quién la vendió.
No pasarán.
La detención, el aislamiento y la coacción de un mandatario electo constituyen la máxima expresión del fascismo internacional administrado por el gran capital. El objetivo real nunca fue la democracia, sino el saqueo de los recursos naturales de Venezuela y la destrucción del ejemplo de dignidad que sembró Hugo Chávez. La clase trabajadora global debe entender que la batalla de Caracas es la batalla de todos: ayer fue Irak, fue Libia, fue Siria; hoy es Venezuela; mañana puede ser cualquier nación que se atreva a decir que sus recursos son de su pueblo y no de Wall Street.
Exigir la liberación del presidente Nicolás Maduro y el respeto absoluto a la legitimidad bolivariana es hoy el deber central del internacionalismo. Frente a la agresión imperial, la respuesta solo puede ser la movilización total, la denuncia frontal y la lealtad inquebrantable con los pueblos que deciden ser libres.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

