Quien vota a su verdugo no puede exigir respeto.
Camaradas:
Hay una contradicción que ya no podemos seguir maquillando: la de quien reclama respeto mientras entrega su voto, su voz y su aplauso a quienes lo desprecian.
La dignidad empieza por uno mismo.
Un trabajador que apoya a un partido antiobrero, una mujer que apoya a un partido machista, una persona negra que apoya a un partido racista, un migrante que apoya a un partido xenófobo: esa gente no puede pedir respeto. Quien no se respeta a sí mismo y no conoce la dignidad no puede andar exigiendo lo que no tiene y lo que no conoce.
El respeto no se mendiga; se construye con conciencia, con organización y con coherencia. Y se pierde el día en que uno decide arrodillarse ante quien le tiene el pie en el cuello.
Los nombres propios del desprecio.
No hablamos de abstracciones. En el Estado español hablamos del PP y Vox, esa alianza de facto que reparte cargos y reparte odio a partes iguales. En Catalunya hablamos de Junts per Catalunya y de Aliança Catalana. Hablamos de Alvise, de Abascal, de Feijóo, de Ayuso, de Cayetana.
Son los mismos que recortan derechos laborales, los mismos que llaman «efecto llamada» a la miseria ajena, los mismos que convierten la igualdad en «ideología» y el racismo en «sentido común». No lo esconden: lo dicen en los mítines, lo votan en los parlamentos y lo aplican cuando gobiernan.
No es un problema de información, es de conciencia de clase.
Nadie puede alegar engaño. El enemigo de clase no disimula a quién desprecia: lo declara sin complejos.
Por eso, el problema no es que no lo sepan, sino que la ideología dominante consigue que el explotado se identifique con el explotador, que el de abajo aplauda al de arriba y que el migrante se crea «de los buenos» mientras le reservan la puerta de atrás.
Esa es la victoria más barata del capital: no necesita reprimirte si consigue que votes contra ti mismo.
Desprecio, no condescendencia.
A quienes luchan, a quienes se organizan, a quienes se plantan frente al poder, toda nuestra solidaridad. Pero quien apoya a quien lo desprecia profundamente no merece nada más que un profundo y sincero desprecio.
Ni lágrimas de cocodrilo ni pedagogía infinita: la dignidad es un deber, no un regalo. La clase trabajadora no necesita traidores que se autoperciban víctimas; necesita camaradas que sepan de qué lado están.
¡Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

