Sin libertad para decir no, no hay libertad
Hay quien sigue creyendo que defender la existencia de Galiza como nación es incompatible con ser comunista. Quienes lo dicen suelen olvidar que el marxismo abordó la cuestión nacional con rigor y que lo hizo, además, con una definición que hoy sigue siendo una referencia.
¿Qué es una nación?
Iósif Stalin expuso su concepción en su obra de 1913, El marxismo y la cuestión nacional. Para él, una nación no es un conglomerado casual o efímero. Debe reunir, de forma simultánea, cinco rasgos:
1. Una comunidad históricamente formada: no es un fenómeno eterno ni puramente biológico, sino que surge en una etapa determinada de la historia.
2. Un territorio común: un espacio geográfico compartido y delimitado.
3. Una lengua común: un idioma hablado de manera efectiva por la población, que permita la comunicación y la cohesión.
4. Una vida económica común: un vínculo económico y un intercambio de productos que unan las distintas partes del territorio.
5. Una psicología o carácter nacional común, expresado en la cultura: tradiciones, cultura compartida y conciencia de pertenencia colectiva.
El criterio era tajante: si falta uno solo de estos elementos, la nación no existe.
Galiza, una nación sin Estado
No hay duda de que Galiza cumple con todos ellos. Tiene una historia, una cultura, una lengua propia y una identidad colectiva diferenciada. Galiza es una nación sin Estado.
Y lo digo desde una perspectiva marxista y comunista, sin contradicción alguna. Defender el hecho nacional y el derecho de autodeterminación de los pueblos es perfectamente compatible con una militancia comunista y de clase consecuente.
Clase y nación no se enfrentan
La lucha principal es la lucha de clases. Rechazo que la cuestión nacional se utilice para enfrentar a los pueblos o dividir a las trabajadoras y los trabajadores: el verdadero enemigo del pueblo trabajador es el capitalismo, aquí y en cualquier parte. Y, en esa lucha, nuestra lengua, el gallego, no es solo una seña de identidad de Galiza, sino también una herramienta y un arma de clase.
El divorcio y la autodeterminación
Defiendo el derecho a la autodeterminación como un derecho fundamental. Cuando se niega, se destruye la convivencia y se dificulta enormemente el diálogo, al tiempo que se alimenta un enfrentamiento que, tarde o temprano, suele acabar en ruptura.
Suelo poner un ejemplo que seguramente no es el más adecuado, pero sí muy explícito: comparemos el derecho a la autodeterminación con el derecho al divorcio, y a la pareja, entendida como el núcleo familiar que convive en una casa, con los pueblos y las naciones que conviven en un Estado.
Imaginemos una pareja felizmente casada en un país donde no existe el divorcio. Tienen hijos sanos a los que adoran, disfrutan de una vida cómoda y tienen cubiertas sus necesidades. Ahora imaginemos que ese país legaliza el divorcio. ¿A alguien se le ocurre que esa pareja va a divorciarse solo porque se le reconozca el derecho a hacerlo?
Pues lo mismo ocurre con los pueblos. Cuando la convivencia es buena en la casa de todos, que es el Estado, los pueblos tienen aún menos motivos para querer separarse. Si el Estado respeta su hecho diferencial, garantiza su derecho a decidir, cubre sus necesidades básicas y trabaja por la buena convivencia de los pueblos que lo forman, ya sea mediante un Estado plurinacional, una unión de repúblicas o un Estado federal —la fórmula que esos pueblos hayan decidido darse—, ninguno tendrá motivos para separarse. Ninguno entenderá la independencia como solución a problemas inexistentes.
Cuando el Estado se vuelve cárcel
El problema llega cuando no hay respeto al hecho diferencial. Cuando no se reconocen las nacionalidades, cuando hay idiomas de primera y de segunda, cuando se niega el derecho a decidir. Entonces, el Estado deja de ser la casa de todos y se convierte en una cárcel de pueblos.
Unión voluntaria de pueblos libres
Yo defiendo la unión voluntaria de pueblos libres, de naciones que deciden caminar juntas. Esa unión las hace más fuertes y las enriquece gracias a la diversidad de culturas, tradiciones e historias diferenciadas. Porque sin libertad para decir no, no hay libertad.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

