Feijóo y Abascal son dos vividores del erario que nos dan lecciones de trabajo.
Hay que tener la cara muy dura para dar lecciones de esfuerzo desde un sueldo público de toda la vida. Y en eso, Feijóo y Abascal son dos maestros.
El «cáncer» de las bajas.
Alberto Núñez Feijóo pasó unos años como funcionario y de ahí saltó a la política, de la que vive desde entonces. Ahora, ante los empresarios vascos, ha calificado de «cáncer» las bajas laborales, ha cuestionado que quien está enfermo cobre lo mismo y ha sugerido que, por encima de cierto porcentaje de bajas, «hay un enorme fraude», sin aportar un solo dato. Y ya nos había regalado aquello de que las vacaciones están «sobrevaloradas». Una broma, dijo luego. Para quien nunca tuvo que pedir permiso para ir al médico ni contar los días de descanso, seguro que tiene gracia. Es el mismo que, tras fracasar en su investidura, se consoló con aquello de «no soy presidente porque no quiero». Hay que ser jeta para presumir de que no te dieron los votos «porque no quisiste».
Y, hablando de jetas, en Mañaneros 360, de RTVE, Feijóo dijo que su campaña iba dirigida a «los currantes» y «no a los jetas». Al pronunciar la palabra, su propio dedo apuntó hacia sí mismo, y las redes no perdonaron el lapsus. Un hombre que vive del dinero público desde hace décadas tiene el valor de repartir carnés de trabajador.
Pregúntenle a cualquier trabajador de una cadena de supermercados, de un almacén o de una fábrica cuántas veces ha ido a currar enfermo por miedo a perder el empleo o a no llegar a fin de mes. Nadie falta al trabajo por capricho. Y a eso se suma el truco de los números. Feijóo se apoya en las cifras de absentismo de una empresa de trabajo temporal, que mete en el mismo cajón las bajas médicas y los permisos retribuidos, incluidos los de nacimiento y cuidado de hijos, sin desglosar las causas. Una madre o un padre que disfruta de un permiso que le reconoce la ley no es un «jeta», ni su permiso es «absentismo» ni «fraude». Mezclarlo todo para escandalizar es hacer propaganda, no política. Estar enfermo no es una elección. Lo que sí es una elección es desproteger al trabajador cuando más vulnerable está, y eso es lo que propone la derecha cuando habla de «absentismo» para meter en el mismo saco la gripe, la depresión y el cáncer de verdad.
Una baja médica no es faltar al trabajo sin motivo. Es un parte firmado por un médico que certifica que una persona no está en condiciones de trabajar. Las ausencias injustificadas sí pueden sancionarse e incluso acabar en despido, y las empresas no dudan en hacerlo. Por eso las palabras de Feijóo son falsas: da por hecho que existe un fraude masivo, afirma que, por encima del 4 o el 5 %, «hay un enorme porcentaje de fraude» y no aporta un solo dato que lo respalde. Y son hipócritas porque las pronuncia alguien que vive del erario desde hace décadas y quiere recortar derechos a quienes se dejan la salud en el trabajo. Peor aún, señala a los médicos de la sanidad pública, de quienes insinúa que conceden bajas a la ligera («es muy difícil que un médico no le dé la baja a un colega»). Pone bajo sospecha a los enfermos y a los profesionales que los atienden, y los retrata como defraudadores. Eso no es gestionar: es criminalizar.
¿Con qué autoridad lo hace? Feijóo es un político sin formación médica que pone en duda el criterio de quienes sí estudiaron durante años para diagnosticar y decidir si una persona puede o no trabajar. Y, al hablar de fraude sin distinguir entre situaciones, insulta a los trabajadores enfermos: sugiere que muchos fingen una dolencia que un médico ya ha comprobado y certificado. Quien está de baja no necesita que un político le dé lecciones de salud ni que lo ponga en el punto de mira. Necesita recuperarse.
El hostelero que nunca fue.
Santiago Abascal lleva toda la vida viviendo de la política. Su única experiencia fuera de ella fue un bar en Vitoria, una franquicia de cerveza que acabó en desahucio, embargos y condenas por impagos a los trabajadores de su empresa. Quien no supo sacar adelante un bar, que no dejó precisamente buen recuerdo entre sus empleados, se ofrece ahora para llevar un país entero. Y se postula como voz de los trabajadores cuando a los suyos les falló. Mal asunto para quien presume de la España que madruga.
Y cuando llegó a Madrid de la mano de Esperanza Aguirre, no se puso a trabajar a pie de obra: Aguirre lo nombró director de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad, que se disolvió en 2012, y después lo colocó al frente de una fundación pública, la del Mecenazgo y el Patrocinio Social, por la que cobró más de 82.000 euros al año, pese a su escasa actividad conocida. Esos eran los chiringuitos políticos que, según él, había que eliminar. Hablaba de recortar la Administración desde dentro de ella, con un sueldo que pagábamos entre todos.
El patriota de las prórrogas.
Abascal defiende recuperar el servicio militar obligatorio. Él, que encadenó tres prórrogas hasta que la mili fue suprimida y nunca llegó a ponerse el uniforme para cumplir el servicio militar, aunque le encanta disfrazarse. Defiende la familia tradicional y es un hombre divorciado. Mucha bandera, mucha patria y, cuando tocaba cumplir, siempre eran otros los que cumplían. Es la coherencia de quien exige sacrificios a los demás. Él suele decir que pasar años con escolta ya fue bastante mili, como si hubiera sido el único. Hubo concejales, empresarios y gente corriente que trabajaron igualmente amenazados, sin cargos a dedo ni sueldos de lujo, y no por eso se libraron de nada.
La clase trabajadora no se deja engañar.
Entre uno y otro hay un hilo común: ambos hablan del trabajo desde la distancia de quien cobra del presupuesto público mientras señala a quien curra. Uno nos recorta las bajas y el otro nos vende la patria como si fuera un bar con franquicia. Los dos coinciden en lo esencial: que sea la clase trabajadora la que pague la cuenta.
Los derechos de quienes madrugan de verdad, de quienes reponen estanterías, limpian, cuidan y cargan, no se negocian ni se recortan. Se defienden. En los centros de trabajo, en los sindicatos y en la calle.
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

