No fue una guerra civil: fue un golpe de Estado contra la República española

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No fue una guerra civil: fue un golpe de Estado contra la República española.

Una república legítima.

Lo que nos enseñaron como «guerra civil» empezó como un golpe de Estado contra un régimen legítimo. La República había nacido de las urnas en 1931 y, el 16 de febrero de 1936, el pueblo volvió a elegir un Gobierno del Frente Popular. Los militares que se alzaron el 18 de julio habían jurado lealtad a la República y rompieron su palabra para tomar el poder por la fuerza. Eran militares traidores, y su golpe fue ilegítimo: pretendía quebrar la legalidad y acabar con la democracia.

Un golpe fallido, salvado desde el extranjero.

El golpe fracasó en Madrid, Barcelona, Valencia y buena parte del país, porque el pueblo salió a defender su República. Con la flota republicana vigilando el estrecho de Gibraltar, el Ejército de África no podía cruzar. Fueron los aviones alemanes e italianos los que hicieron posible el traslado de las tropas. El propio Hitler lo reconoció años después: dijo que Franco debería erigir un monumento al Junkers Ju 52. Sin esa ayuda, el golpe no habría podido continuar.

Hitler, Mussolini y las tropas coloniales.

Alemania envió la Legión Cóndor, con aviación, artillería, carros de combate e instructores. Italia envió decenas de miles de soldados, una cifra que, según las estimaciones más altas, rondaría los 100.000 efectivos si se cuentan aviadores, marinos y relevos, además de aviones, submarinos y buques de guerra. Las aviaciones alemana e italiana bombardearon a la población civil: Madrid desde noviembre de 1936, Gernika en abril de 1937 y Barcelona en marzo de 1938. Franco, además, trajo de África entre 60.000 y 80.000 soldados marroquíes, integrados en buena parte en las tropas regulares indígenas, los Regulares, que fueron empleados contra el pueblo español. Sin esa ayuda y sin esas tropas, los sublevados no lo habrían tenido tan fácil para doblegar a un pueblo que defendía su libertad, su democracia y su derecho a decidir.

Una República abandonada.

Francia, el Reino Unido y casi todas las democracias europeas le dieron la espalda a la República mediante la política de No Intervención, que Alemania e Italia violaron a la vista de todos. Churchill, que se negó a estrechar la mano del embajador republicano, encarna bien esa actitud: las élites europeas temían más una República con reformas sociales que a Hitler y Mussolini. La Unión Soviética fue el principal apoyo estatal en el envío de armas, mientras que México también prestó ayuda a la República. A ello se sumaron unos 35.000 voluntarios de las Brigadas Internacionales, llegados de decenas de países para defenderla.

Terror y exterminio

Los sublevados no querían solo ganar: querían exterminar al adversario político. En Badajoz, en agosto de 1936, las columnas del Ejército de África asesinaron a miles de personas; en Málaga, en febrero de 1937, la población civil que huía por la carretera hacia Almería fue ametrallada desde el mar y desde el aire. En Galicia, donde el golpe triunfó de inmediato, miles de personas fueron asesinadas por ser sindicalistas, alcaldes, maestros o, simplemente, por ser de izquierdas. Las mujeres sufrieron violaciones, torturas y rapados de cabeza, prácticas que el general Queipo de Llano alentó desde la radio.

La Iglesia bendijo el golpe como una «cruzada» y siguió legitimando la dictadura. Franco fue presentado como «Caudillo de España por la gracia de Dios». Hoy, más de cien mil desaparecidos siguen en unas 6.000 fosas, y no hay herida que pueda cerrarse sin verdad ni justicia.

La Transición que no hizo justicia.

Después de la dictadura no hubo juicio, ni verdad, ni reparación suficientes. La Transición fue un borrón y cuenta nueva: la Ley de Amnistía de 1977 contribuyó a garantizar la impunidad de los responsables de los crímenes del franquismo. Los franquistas no rindieron cuentas por sus crímenes y muchos de ellos se incorporaron a la política. De Alianza Popular, fundada por antiguos ministros de Franco, surgió el Partido Popular, y de ese espacio político nació Vox.

Décadas de silencio permitieron que las mentiras se repitieran y que la historia se prostituyera. Hoy, un partido como Vox se niega a condenar el golpe y la dictadura; hay quien convierte en héroes a los fascistas y hay jóvenes que levantan el brazo y gritan «¡Viva Franco!». Rajoy dejó a cero la partida presupuestaria destinada a la memoria histórica, y el PP ha gobernado de la mano de Vox en comunidades autónomas y ayuntamientos.

Había que hacer justicia, reparar a las víctimas y contar la verdad en los libros de historia y en las escuelas. No se hizo, y el franquismo tiene hoy una segunda vida.

La memoria como trinchera

Recordar esto no es nostalgia. Es llamar a las cosas por su nombre: no fue una guerra entre hermanos, sino un golpe de Estado contra una República legítima que derivó en una guerra y triunfó gracias, en gran medida, a la intervención de la Alemania nazi y la Italia fascista. Y nos recuerda hoy, cuando vuelven a caer bombas sobre la población civil, que quienes las lanzan y quienes miran hacia otro lado forman parte de una historia que no debemos olvidar.

 

¡Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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