
«En este primer artículo analizaremos la relación entre Lenin y Plejánov, durante su trayectoria política, desde los inicios hasta la máxima degeneración ideológica de este último autor, y es que su amistad nunca fue fácil, ni siquiera al principio. ¿Cuáles fueron los puntos de tirantez durante este periodo de simpatías mutuas y trabajo conjunto?
a) Breve contexto sobre la lucha de Plejánov y Lenin contra el «marxismo legal» y el «economicismo»
b) El «marxismo legal» y la lucha contra el «populismo»;
c) Cómo el «economicismo» casi acaba con el «Grupo para la Emancipación del Trabajo»;
d) La postura de Lenin y los suyos al desafío del «economicismo»;
e) ¿Qué conclusiones pueden sacarse de la experiencia de colaboración con el «marxismo legal» y el «economicismo»?;

Breve contexto sobre la lucha de Plejánov y Lenin contra el «marxismo legal» y el «economicismo»
Evidentemente, la relación entre Lenin y Plejánov venía de muy lejos, de finales del siglo XIX, ambos se profesaban un interés mutuo:
«[Plejanov] En 1895 escribió a [su mujer] R. M. Plejánov: «Un joven camarada, muy inteligente y educado, ha llegado aquí (a Zurich). ¡Qué bendición es que haya gente tan joven en nuestro movimiento revolucionario! [19]. En el mismo período se incluye también una carta de Plejánov a Struve, en la que informaba «que durante sus muchos años de estancia en el extranjero le había visitado un gran número de personas de Rusia, pero que, tal vez, en nadie asociaba tantas esperanzas como en este joven Uliánov…» [20]. (…) En septiembre de 1895, Plejánov, recomendando a V. I. Lenin a V. Liebknecht, escribió sobre él como uno de los «mejores amigos rusos» [21]. (…) En el prefacio del folleto «Las tareas de los socialdemócratas rusos», publicado por primera vez en Ginebra en 1898 por el Grupo Emancipación del Trabajo, Axelrod escribió que «es la mejor obra de nuestra literatura obrera». Plejánov llamó a Lenin «una de las figuras más prominentes de nuestro partido». (G. S. Zhuykov; Los marxistas de San Petersburgo y el Grupo Emancipación del Trabajo, 1975)
En cambio, uno de los primeros puntos de fricción entre nuestros protagonistas versó en la desconfianza que destilaron el uno del otro respecto a la actitud a tomar ante el revisionismo ruso. En este caso, ante el «marxismo legal» de Struve, Tugan-Baranovsky y Bulgákov; y el «economicismo» de representantes como Prokopovich Krichevski o Martínov.
Expliquemos brevemente en qué consistían ambas corrientes para el lector no ilustrado en el tema. La primera corriente, el «marxismo legal», fue fundada por «algunos intelectuales burgueses comenzaron a vestirse también con este ropaje [pseudomarxista], publicando artículos en los periódicos y revistas legales, es decir, autorizados por el gobierno zarista»; y la segunda, el «economicismo», fue conformado por quienes «afirmaban que los obreros sólo debían luchar en el terreno económico, dejando la lucha política a cargo de la burguesía liberal, a la que los obreros debían apoyar». Véase la obra conjunta del Partido Bolchevique: «Historia del PCUS (b)» (1938).
En el primer borrador del proyecto «Iskra», órgano de expresión en el que colaboraron durante años Plejánov y Lenin, se dijo de forma tajante: «Nosotros no pretendemos que nuestros puntos de vista representen íntegramente los puntos de vista de todos los socialdemócratas rusos, no negamos que existen diferencias, como tampoco intentamos pasar por encima de tales diferencias o ignorarlas»; pero se apostó por lo siguiente: «en nuestras publicaciones se conviertan en órgano para la discusión de toda clase de cuestiones por todos los socialdemócratas rusos de las más diversas opiniones». Esto último fue interpretado por Plejánov como una concesión oportunista de Lenin hacia la reciente ruptura del «Grupo para la Emancipación del Trabajo» −su grupo− con los «economicistas». En la versión final de septiembre «La declaración de la redacción de la «Iskra» (1900), el tono y contenido fue muy diferente: «Antes de unificarse y para unificarse es necesario empezar por deslindar los campos de un modo resuelto y definido». Véase la obra de Samuel Baron: «Plejánov, el padre del marxismo ruso» (1963).
En cuanto a estos episodios de discusión con Plejánov, existen unos apuntes de Lenin titulados «De cómo casi se extinguió la «Iskra» (1901), unas notas que escribió para Krúpskaya que hasta 1924 no se publicaron. En ellas, Lenin justificó la postura de colaboración con elementos dudosos, a los cuales incluso ya se había criticado abiertamente por su labor de confusionismo, aunque su argumento era cuanto menos discutible. Según Lenin, ya que ambos, Plejánov y él, no tuvieron en su momento la pericia para detectar y oponerse a tiempo al peligro que suponía Struve −cuando este comenzó con sus tesis de revisión del marxismo−, era permisible ahora realizar ciertas concesiones parar maniobrar. «Dijimos que debíamos ser indulgentes con Struve en la medida de lo posible, ya que nosotros mismos somos algo responsables por su evolución; porque nosotros, incluido G. V. [Plejánov], no nos rebelamos cuando había que hacerlo (1895, 1897)».
Esto se tradujo, por ejemplo, en intentar trabajar pacientemente en una misma prensa con el entorno de Struve para así tratar de atraerlos al camino correcto, cuyo resultado hoy sabemos que no fue satisfactorio para ningún bando, como iremos viendo durante el transcurso del documento. Esto último es muy instructivo, porque lo que abunda hoy son intentos ficticios de «trabajo conjunto» con aspiración de «unificación» entre grupos que o bien no se conocen de nada o bien se conocen lo suficiente para saber que son antagónicos.
Entonces, ¿cómo se explica tanta dilatación en el ajuste de cuentas con los «economicistas» y «marxistas legales» por parte de Plejánov y Lenin? Las razones son fáciles de entender, aunque no se compartan sus justificaciones: por un lado, la lucha contra el populismo −herederos del anarquismo− y sus sucesores o variantes, los socialrevolucionarios; por el otro, la idea de que figuras como Struve y Cía. no eran irrecuperables; y, por último, la falta de medios o desconfianza interna para actuar de forma independiente.

El «marxismo legal» y la lucha contra el «populismo»
El populismo ruso fue una corriente revolucionaria de orientación agraria que, inspirada en la posibilidad de desarrollar el socialismo a partir de la comunidad campesina, cuestionaba la necesidad de que Rusia atravesara una fase capitalista comparable a la de Europa occidental. En sus distintas tendencias confluyeron influencias del socialismo ruso, del pensamiento de Herzen y de corrientes revolucionarias como el anarquismo de Bakunin, aunque no todas compartían las mismas posiciones políticas. Su concepción de una vía rusa específica al socialismo chocaba con el marxismo, que sostenía que el desarrollo capitalista ya estaba transformando la sociedad rusa y generando las condiciones materiales para la formación de un proletariado moderno, siendo su papel cada día más importante. La influencia que el populismo ejercía sobre amplios sectores de la intelectualidad revolucionaria explica que los primeros marxistas rusos, todavía minoritarios, concentraran buena parte de sus esfuerzos teóricos en combatirlo. Esta polémica les permitió, además, atraer a otros sectores opuestos al populismo, incluidos los «marxistas legales», con quienes compartían inicialmente algunas conclusiones sobre el desarrollo económico ruso, pese a sus divergencias políticas.
Ahora bien, ¿cómo nació esta corriente conocida como el «marxismo legal» que pronto apoyó las tesis de revisión del marxismo? ¿Y por qué creció tanto a través de revistas mensuales como «Nóvoie Slovo», periódicos provinciales como «Samárski Vestnik» así como otras revistas científicas como «Náuchnoie Obozrenie» o «Zhizn»? Su aparición y libre circulación se debió a que una parte de la intelectualidad rusa, familiarizada con las ciencias sociales y el pensamiento económico europeo, adoptó el marxismo como instrumento teórico para combatir al populismo. Por ende, como relató Lenin, al principio no captó la atención de las autoridades, especialmente cuando utilizaba un lenguaje académico y no radical:
«En general fue un fenómeno de extraordinaria originalidad que nadie hubiera podido siquiera creer posible en la década del 80 o primeros años de la siguiente del siglo pasado. En un país autocrático, donde la prensa estaba sojuzgada por completo, en una época de terrible reacción política, cuando eran perseguidos los mínimos brotes de descontento político y protesta, se abrió de pronto camino en las publicaciones visadas por la censura la teoría del marxismo revolucionario expuesta en un lenguaje esópico, pero comprensible para todos los «interesados». El gobierno se había acostumbrado a considerar peligrosa únicamente la teoría del grupo −revolucionario− Libertad del Pueblo, sin ver, como suele ocurrir, su evolución interna y regocijándose de toda crítica que fuera contra ella. Pasó mucho tiempo −mucho según contamos los rusos− hasta que el gobierno se despertó y hasta que el aparatoso ejército de censores y gendarmes pudo descubrir al nuevo enemigo y caer sobre él. Mientras tanto, iba apareciendo un libro marxista tras otro; empezaban a publicarse revistas y periódicos marxistas; todo el mundo se hacía marxista; se halagaba y lisonjeaba a los marxistas; los editores estaban entusiasmados por la extraordinaria venta que tenían los libros marxistas. Se comprende perfectamente que entre los marxistas principiantes envueltos por esa humareda de éxito hubiera algún que otro «escritor envanecido». (…) Gracias a esta alianza se ha logrado el triunfo, de asombrosa rapidez, sobre el populismo, así como la grandiosa difusión de las ideas del marxismo −si bien en forma vulgarizada−». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)
En estos medios, donde publicaban tanto revolucionarios como revisionistas del marxismo, las divergencias surgieron cuando aquella coincidencia teórica inicial hubo de traducirse en una orientación de cara a la actuación política: ¿debía el proletariado organizarse para combatir también a la burguesía y conquistar por sus propios medios las libertades políticas, o debía confiar en que la propia burguesía liberal arrancara al zarismo las concesiones reformadoras que reclamaba? Para los marxistas revolucionarios, la burguesía rusa no podía asumir consecuentemente las tareas democráticas hasta sus últimas consecuencias, por lo que el proletariado debía desempeñar un papel político independiente. Los «marxistas legales», por el contrario, fueron aproximándose progresivamente al liberalismo burgués, subordinando cada vez más sus perspectivas políticas a las posibilidades de desarrollo del capitalismo y de reforma del régimen existente.
Plejánov comentó sobre aquella época: «Cuando los populistas fueron descalabrados, cuando sus vetustas teorías se convirtieron en un montón de ruinas lamentables, nuestros marxistas de nuevo cuño decidieron que el marxismo había cumplido ya con su misión y que había llegado el momento de someterlo a una crítica rigurosa». Este recordó lo «doloroso» que fue ver en sus filas a «gente con la cual habían luchado recientemente contra el enemigo común, y que tenían la esperanza de hallar una afinidad» pero que el abismo que les separaba se ampliaba cada vez más. En sus palabras, los «marxistas legales»:
«Al rebelarse contra el «fanatismo del dogma» en realidad se rebelaban únicamente contra el contenido social revolucionario de la teoría marxista. El Marx de que tenían necesidad no era el que durante toda su vida –llena de trabajo, de lucha y de privaciones– ardió con el fuego sagrado del odio contra la explotación capitalista. Marx, como caudillo del proletariado revolucionario, se les antojaba grosero y «poco científico». El único Marx de que tenían necesidad era aquel que en el «Manifiesto comunista» (1848) declaraba que se hallaba dispuesto a apoyar a la burguesía en la medida en que ésta era revolucionaria en su lucha contra la monarquía absoluta y la pequeña burguesía». (Gueorgui Plejánov; Karl Marx, 1903)
Ahora bien, dicho testimonio fue escrito en retrospectiva, cuando la cuestión ya había quedado esclarecida años atrás. En su momento, cuando el «marxismo legal» empezó a asomar fue un quebradero de cabeza que costó combatir y donde se dieron pasos en falso, no estando clara de inmediato la actitud a tomar ni la unidad de acción a realizar entre los marxistas de viejo cuño.
El mismo Lenin reconoció años después, en el «Prologo a la recopilación «12 años» (1907) que, si bien él había lanzado una crítica exhaustiva contra Struve en «otoño de 1894 en un pequeño círculo de marxistas de aquel tiempo», no lo atacó tan ferozmente en público. Por ende, Lenin decidió escribir «El contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve» (1895), en donde «el tono más suave se debió en parte a la censura y en parte a la «alianza» con el marxismo legal para la lucha conjunta contra el populismo». En dicho texto, Lenin se congratuló por el «impulso hacia la izquierda» que dio el señor Struve entre 1895-97, pero esto, como era de suponer, no duró mucho:
«Las cosas acabaron por arreglarse −escribe Mártov en sus «Notas de un socialdemócrata» (1923)− cuando Uliánov obtuvo plena libertad para resaltar en su trabajo, en la medida en que ello podía hacerse en un libro legal, el carácter revolucionario de la doctrina marxista». Como prueba de buena fe, Struve acepta que Uliánov incluya en la antología el texto de la conferencia que desmantela su propio pensamiento. Y Uliánov −que firma en este caso su trabajo con el nombre de K. Tulin−, expresa legalmente en la revista toda su concepción de «ilegal» sobre el marxismo, es decir, justo lo contrario de lo que piensa Struve. Un enfrentamiento, pues, pero de guante blanco. Cierto que ese «fair play» convenía tanto a uno como al otro. Publicadas en la revista de Struve, las tesis «ilegales» del joven Uliánov podían alcanzar una difusión mucho más amplia. Y esa especie de tolerancia por su parte que podría suponer el aceptar que se incluyeran junto a las de sus adversarios ideológicos le brinda nuevas armas en su combate con los populistas, una oposición común. En cuanto a Struve, quizá pensara que, al contradictor, y a un contradictor como éste, mejor tenerlo al lado combatiendo a un adversario común que en la trinchera de enfrente». (Francisco Diez del Corral; Lenin, una biografía, 1999)
Lenin en su «Carta a A. N. Potrésov (27 de abril de 1899) le habló de su próxima obra «El capitalismo en la agricultura. El Libro de Kautsky y el artículo del señor Bulgákov» (1899). Este último para quien no lo sepa era un economista que pese a su aparente presentación de «marxista crítico» en nombre de la «ciencia moderna», terminó siendo un liberal-constitucionalista y, más tarde, promovió directamente el misticismo filosófico. En ese entonces, Lenin confesó a Potrésov las dudas que tenía sobre el tono que debía adquirir lo que iba a ser su obra: «Acabo de releer el final del borrador de mi artículo contra Bulgákov… y advierto que mi tono es conciliador; que implicaría: soy un «ortodoxo» y adversario decidido de los «críticos», pero no hay que exagerar estas divergencias». Por lo que consideró «es muy posible que este tono «conciliador» −hice todo lo posible por ser moderado y polemizar como un camarada− sea inadecuado e incluso ridículo si se emplean expresiones como… «abominable».
Pero ¿fue el único que se creó falsas ilusiones con este representante del «marxismo legal»? No. Plejánov, por su parte, en «La concepción monista de la historia» (1895) interpretó las expresiones de Struve «reconozcamos nuestra falta de cultura y vamos a aprender del capitalismo», no como una declaración liberal de «entreguemos al trabajador, como víctima, a manos del explotador», sino como una simple «expresión descuidada» sobre aprender lo mejor de la ciencia burguesa y una manifestación de «la noble pasión de un occidentalista», como pudiera ser en su momento Belinski. Evidentemente, esto no fue así:
«Aunque ambos organicen sus análisis desde una fuente común, el marxismo, la impoluta versión de Struve despojaba a Marx de su contenido revolucionario haciendo melodía de lo que en definitiva es grito. Melodía donde la estridencia del desorden, de la injusticia y de la revolución para abolirla, no cabe, ni ha lugar: dejad hacer, dejad pasar, la naturaleza se arregla sola y el propio desarrollo del capitalismo acabará por traernos el socialismo, como el tiempo que madura los frutos hace caer éstos del árbol sin que nadie tenga que arrancarlos de él y ni siquiera sacudirlo». (Francisco Diez del Corral; Lenin, una biografía, 1999)
Más tarde, cuando Plejánov observó que, en efecto, Struve sí buscaba rendir pleitesía a la burguesía rusa y glorificar el capitalismo, le dedicó varias obras polémicas como «Crítica de nuestros críticos» (1899), en donde reconoció que: «La fama literaria de Struve comienza en otoño del año 1894, cuando apareció su libro «Observaciones críticas acerca de la evolución económica de Rusia» (1894), el cual «suscitó gran interés» en el público. En opinión de Plejánov estaba «escrito en un estilo pesado y, hasta en partes, ingenuo, pero en general con buen criterio», aunque era un intento de mezclar a Marx con Brentano, un revolucionario con un reformista. Este contenido recibió los reproches que caían sobre su autor, por parte de algunos marxistas «ortodoxos», como también las esperanzas que cifraban en él» otros «no menos ortodoxos», refiriéndose Plejánov a sí mismo. En resumen, estos últimos «pensaban que aquella teoría burguesa» en Struve «poco a poco iba a ser vencido en él por la presencia dentro de su criterio del elemento marxista».
Póstumamente, se publicaron las memorias Struve tituladas «Mis encuentros y enfrentamientos con Lenin» (1950). En ellas confesó que durante un tiempo intentó ser marxista impulsado por «razonamiento lógico», que la revolución era un «resultado histórico inevitable»:
«Así como en 1885 me convertí, por pasión y convicción, en liberal y constitucionalista, tres años después me convertí −esta vez solo por convicción− en socialdemócrata. Solo por convicción, pues el socialismo, independientemente de cómo se entendiera, nunca me inspiró emoción alguna, y mucho menos pasión. Me convertí en partidario del socialismo puramente por razonamiento lógico, al llegar a la conclusión de que este era el resultado históricamente inevitable del proceso objetivo del desarrollo económico. Ahora ya no lo creo». (Vozrozhdenie; Nº12/1950)
Por tanto, alguien con dicha mentalidad es plausible que si no viese dicha revolución coronada pronto con su esquema mental preciso sobre cómo se la había imaginado, ante el primer escollo se desesperase y volviese a cambiar de opinión sobre a quién depositar las esperanzas del futuro.
Como colofón final, ¿a dónde condujo su ideología particular al señor Struve y el «marxismo legal»? Unos años más tarde, su lucha no fue solo contra el marxismo, sino contra el dichoso «materialismo» de Herzen, Belinski y otros grandes revolucionarios y filósofos del pasado ruso. Ante estos, que fustigaba diciendo que su materialismo era positivismo −artimaña aún vigente−, buscaba contraponer el pensamiento «eslavófilo» de gente como Dostoyevski y los «valores de las enseñanzas de la iglesia». Struve, siguiendo el pensamiento del militar zarista infame conocido como barón Wrangel, se volvió un devoto creyente. Tras el triunfo de la Revolución bolchevique (1917), este empezó a decir que «había triunfado el mal» y que esto había ocurrido porque «el bien y el mal, como principios eternos en lucha, existen, así como existen el diablo y Dios». He aquí un hombre particular, de presunto marxista en juventud a declarar en su vejez que el comunismo era obra misma del señor de las tinieblas que gobernaba el infierno, pugnando por el control del destino de los hombres contra «Nuestro Señor Todopoderoso». Si hubiera vivido para conocer a Miguel Unamuno en su vejez, habrían sido mejores amigos por su compartido trasfondo. Véase la obra de Lev Kámenev: «Sobre la evolución del abuso» (1922).

Cómo el «economicismo» casi acaba con el «Grupo para la Emancipación del Trabajo»
Puede afirmarse que el inicio de la colaboración entre las fuerzas «ortodoxas» y «heterodoxas» del marxismo ruso no comenzó solo por la ingenuidad o inexperiencia de jóvenes que comenzaban en la doctrina, como Lenin o Potrésov, sino que hay que mirar más atrás. Esta ya fue posibilitada a finales del siglo XIX por la debilidad interna, falta de capacidad y de confianza del «Grupo para la Emancipación del Trabajo», encabezado por veteranos como Plejánov, Zasúlich y Axelrod, cuyos resultados acostumbraron a estos a una continua situación de indeterminación y ocultamiento de las divergencias entre los revolucionarios.
Para empezar, estos aceptaron la creación en el exilio de una organización con otros exiliados llamada Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero de (1894-1903), con quienes firmarían un acuerdo editorial, donde supuestamente el grupo veterano de Plejánov prestaría su imprenta, pero tendría la voz final sobre las colecciones a publicar. Este proyecto trataba de unificar a los revolucionarios dispersos en Ginebra, Zúrich, Berlín y otras ciudades, establecer una infraestructura común de publicaciones como «Rabotnik» o el boletín informativo «Listok Rabotnik» y así reforzar los vínculos con el movimiento obrero que estaba desarrollándose en Rusia. Su objetivo ulterior era «el desarrollo de elementos para la organización de un partido socialdemócrata obrero ruso». («Rabotnik»; Nº1, 1896)
Recordemos que hasta entonces no existía un partido como tal, dado que, si bien hubo planes desde 1896 de unir a las agrupaciones de Kiev, San Petersburgo, Moscú, Vilna y el exilio, el I Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) no se celebró hasta 1898, aunque sus pocas resoluciones quedaron sin aplicación real debido a la captura de 8 de los 9 delegados y la confiscación de la imprenta de los revolucionarios. En dicho congreso de reconoció a la Unión como representante del partido en el extranjero.
En cualquier caso, ¿por qué el «Grupo para la Emancipación del Trabajo» realizó esta maniobra arriesgada? ¿Por qué poner en riesgos sus propios recursos y sus militantes en un proyecto inseguro? Muy seguramente la decisión fue propiciada por el momento crítico que vivía el colectivo, es decir, debido a una falta de optimización de medios disponibles para sacar adelante el trabajo propuesto por ellos mismos. Por otro lado, pudo influir la falsa ilusión de que podrían aumentar fácilmente su número de militantes, ahorrarse tiempo, ganar contactos e influencia en las masas en Rusia y a la vez «controlar» a los elementos más díscolos. Un aspecto a tener en cuenta, es que en teoría todos los nuevos miembros debían aceptar el programa del «Grupo para la Emancipación del Trabajo», por lo que aparentemente había una unidad verbal consensuada, pero aún no probada por una convivencia común y sus vicisitudes. Sin ir más lejos:
«En el verano de 1898, Prokopóvich y Kuskova, que formaban parte de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, declararon que no compartían el programa de 1885 del grupo «Grupo para la Emancipación del Trabajo», que la Unión había reconocido en el momento de su fundación.
La corriente oportunista −B. Krichevski, A. Mártínov, V. Ivánshin, S. Prokopóvich, E. Kuskova y otros− constituía la mayoría y pasó a la ofensiva, exigiendo que se les entregara la edición de literatura popular destinada a los trabajadores. Los miembros del «Grupo para la Emancipación del Trabajo», P. Axelrod y V. Zasúlich, ya se inclinaban, bajo la presión de los «jóvenes», a capitular, pero Plejánov se negó categóricamente a hacer concesiones de ningún tipo a los «economicistas».
«En mi opinión −escribía a Axelrod el 13 de mayo de 1898−, habría que responderles que no tenemos ni el derecho ni la intención de modificar los estatutos a petición de miembros particulares. Y si dicen que se marchan, les responderemos: ¡que les vaya bonito!» [3].
Sin querer llegar a una escisión, P. Axelrod propuso un plan de conciliación según el cual la cuestión de quién debía encargarse de la edición de las publicaciones populares destinadas a los trabajadores se aplazaría hasta que un representante de las organizaciones socialdemócratas locales de Rusia pudiera asistir a una reunión especial convocada para debatir el asunto.
Mientras tanto, proponía Axelrod, la edición de toda la literatura, incluidas las obras de los «jóvenes», debía permanecer, como hasta entonces, en manos de los miembros del «Grupo para la Emancipación del Trabajo».
Las diferencias entre las concepciones de Plejánov y Axelrod sobre las tareas de la literatura socialdemócrata −que constituía la parte principal de toda la actividad ideológico-política del grupo− quedan patentes en la carta que Axelrod dirigió a Plejánov el 1 de junio de 1898, en la que expone el plan de conciliación con los «economicistas» mencionado anteriormente». (Yu.Z. Polevoy; De la historia de la prensa obrera: ensayos sobre las actividades literarias y editoriales de las primeras organizaciones marxistas en Rusia. 1883-1900, 1962)
En la práctica pronto se demostró que el resto de integrantes, los «economicistas», se les volvió en contra, por lo que para 1898 Plejánov pese a sus esfuerzos decidió dejar de publicar allí, aunque se comprometió a terminar los Nº5-6 de «Rabotnik» y los panfletos acordados con Lenin. Este último apoyó al grupo de Plejánov contra los «economicistas» en su obra «La escisión en la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero» (1900):
«La minoría, liderada por el «Grupo para la Emancipación del Trabajo», que había fundado la Unión en el Extranjero y que hasta el otoño de 1898 había editado sus publicaciones, formó una organización separada bajo el nombre de «Organización Revolucionaria Rusa Sotsial-Demokrat». La mayoría, incluyendo el Consejo Editorial de «Rabocheye Dyelo», continúa llamándose Unión. El congreso de socialdemócratas rusos de la primavera de 1898, que formó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, reconoció a la Unión como representante de nuestro Partido en el extranjero. ¿Cómo debemos abordar la cuestión de la representación ahora que la Unión se ha dividido? No entraremos en detalles sobre las causas de la escisión; simplemente observaremos que la acusación generalizada y grave de que Plejánov se ha apoderado de la imprenta de la Unión no es cierta. En realidad, el gerente de la imprenta se negó a cederla por completo a una sola facción del sindicato dividido, y pronto ambas partes se repartieron el negocio. Lo más importante, desde nuestro punto de vista, es que «Rabocheye Dyelo» se equivocó en esta controversia; negó erróneamente la existencia de una tendencia «economista» y defendió la táctica equivocada de ignorar el extremismo de dicha tendencia y de abstenerse de combatirla abiertamente.
Por esta razón, si bien no negamos el servicio que «Rabocheye Dyelo» ha prestado en la publicación de literatura y la organización de su distribución, nos negamos a reconocer a ninguna de las secciones de la organización escindida como representante de nuestro Partido en el extranjero. Esta cuestión debe permanecer abierta hasta nuestro próximo congreso del Partido. Los representantes oficiales de la socialdemocracia rusa en el extranjero en la actualidad son los miembros rusos del Comité Internacional Permanente establecido en París por el Congreso Socialista Internacional en otoño de este año. Rusia cuenta con dos representantes en este Comité: G. V. Plejánov y B. Krichevsky −uno de los editores de «Rabocheye Dyelo»−. Hasta que los dos grupos de la socialdemocracia rusa se reconcilien o lleguen a un acuerdo, pretendemos llevar a cabo todos nuestros asuntos relacionados con la representación de Rusia con G. V. Plejánov». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La escisión en la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, 1900)
En realidad, dicho «plan de cooperación» para «salir del estancamiento» con aquellos que pronto iban ser los «economicistas» en la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero puso al borde de un ataque de nervios a todos sus integrantes. De hecho, casi acabó como tal con la existencia del propio «Grupo para la Emancipación del Trabajo» −aunque continuó existiendo formalmente hasta el II Congreso del POSDR (1903)−:
«Diez años antes de la celebración del I Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR), en 1888, Plejánov se había visto obligado a aceptar la formación de una organización conocida como la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, a la que el «Grupo para la Emancipación del Trabajo» se incorporó a condición de editar sus publicaciones. En la práctica, el órgano nuevo casi no existía. Pero en 1894, Plejánov y sus amigos, desesperadamente escasos de fondos, se vieron obligados a hacer mayores concesiones, y a fusionar su grupo con la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero. (…) En el otoño de 1898, los veteranos estaban aislados políticamente. (…) Uno de los miembros del comité editorial de «Rabócheie Dielo», Boris Krichevski, proporcionó apoyo a los «economistas» al plantear una «teoría de las etapas», según la cual los trabajadores llegarían a la conciencia de clase primero que nada a través de la agitación económica. Contra esto, Plejánov argumentó que «Rabócheie Dielo» estaba bajando la mira del movimiento para adaptarse a los trabajadores más atrasados. (…) En 1899, Krichevski escribió una serie de informes sobre la situación francesa para el órgano de la socialdemocracia alemana, «Vorwärts», donde elogiaba el ministerialismo de Millerand, dando lugar a una agria disputa con Martov y Parvus. Cuando Plejánov descubrió que el revisionismo había infectado la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, él y los miembros del «Grupo para la Emancipación del Trabajo» rompieron con los «jóvenes». En marzo de 1900, el «Grupo para la Emancipación del Trabajo» publicó un panfleto agudamente polémico de Plejánov, titulado «Un vademécum para los editores de «Rabócheie Dielo». (Daniel Gaido y Maximiliano Jozami; El grupo Iskra y el «modelo leninista» de organización partidaria: Un debate en el seno de la socialdemocracia rusa, 2017)
Si algo positivo les reportó dicha experiencia fue que los advenedizos, los «economicistas», aun con todas sus carencias en marxismo, también mostraron a los más «veteranos» su falta de preparación en muchos temas cotidianos.
Por ejemplo, el mismísimo Axelrod comentó incrédulo a Plejánov en el año 1896 que había recibido quejas de Gukovsky cuando este le exigió justificar sus gastos conjuntos en «Rabotnik» (1896-98) −en lo relativo a gastos de papel, impresión, envío y demás−. Este confesó ofendido que nunca había llevado un registro de nada, ya que hasta ahora estaba acostumbrado a confiar en la buena voluntad y juicio del hombre al que se había colocado en su puesto. Si bien se sintió «un poco cobarde», le enfrentó diciendo que su grupo tenía «autonomía en materia de comunicaciones secretas y los gastos asociados a ellas», como «viajes, telegramas diplomáticos, que son costosos».
Cuando esta cuestión se prolongó en el tiempo, Plejánov le respondió duramente en su «Carta a P. B. Axelrod» (21 de abril de 1899): «No entiendo por qué te ofendiste con la carta de la administración: debería haberte reprendido y tú deberías agradecerle que no te llevara a juicio: tenía todo el derecho a hacerlo». Paradójicamente, esto que hoy puede sonar tan ridículo, eran claros signos de un modelo informal de organización; aquellos «métodos primitivos» que precisamente tanto criticó tres años más tarde Lenin en «¿Qué hacer?» (1902) respecto a los propios «economicistas». Véase la obra de Samuel Baron: «Plejánov, el padre del marxismo ruso» (1963).
Gracias a la documentación liberada hoy se puede estudiar que opinó cada miembro del «Grupo para la Emancipación del Trabajo» de esta controvertida alianza entre «ortodoxos» y «heterodoxos».
Axelrod comentó a Vera Zasúlich en una carta de finales de 1896 que no podía trabajar con normalidad con las intrigas de los miembros de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, ya que estos le prometieron la potestad de matizar los defectos de ciertos folletos y demás, pero luego estos eran lanzados sin su corrección, considerando esto un «golpe de Estado». Véase la obra de V. S. Voitinsky y B. I. Nikolaevsky: «Correspondencia entre G. V. Plejánov y P. B. Axelrod» (1925).
Para Axelrod este vínculo entre 1896 y 1899 fue «intelectualmente mortal» y le causó un «estupor moral», demandando una y otra vez la escisión respecto a los «economicistas». Axelrod detestó las propuestas editoriales de sus líderes, como Serguéi Prokopóvich, algo que reflejó en su «Carta a G. V. Plejánov» (1 de junio de 1898) al comentar que estaban «tratando de deshacernos de la edición de publicaciones analfabetas o semianalfabetas», lo que de nuevo le hizo «dejar de llevarme bien» con Vera. El progresivo estado de descomposición en todos era tal que Axelrod en su «Carta a G. V. Plejánov» (29 de abril de 1898) le comunicó que Vera Zasúlich dijo estar «enferma» y «no poder tener una participación activa en ningún grupo»; mientras él era «demasiado poco productivo en el terreno literario»; y Plejánov directamente estaba ocupado «en otros asuntos». En base a esto, Axelrod concluyó «resulta que no existe ningún grupo y que no tenemos ninguna justificación para existir como tal» (sic).
Por su parte, Lyubov Isaakovna Axelrod, siempre centrada en filosofía y también miembro del «Grupo para la Emancipación del Trabajo», escribió su «Carta a G. V. Plejánov» (15 de noviembre de 1898) para alertar a sus compañeros sobre las especulaciones filosóficas de Struve y la influencia del neokantismo sobre los marxistas recién llegados: «La gente de San Petersburgo me dijo que los jóvenes de allí estaban simplemente locos por Kant. Se formaron muchos círculos con el propósito específico de estudiar la Crítica. ¡Puedo imaginar la confusión en sus cabezas! Y todo este fenómeno fue iniciado por Struve».
En otra carta de la época, Vera Zasúlich acusó a su compañero Plejánov de no realizar cálculos verosímiles sobre la capacidad del colectivo y no ser consciente de su creciente aislamiento −lo que refuta el mito tantas veces repetido de que esta militante nunca se opuso a su «maestro» a causa de su devoción extrema−: «En ti se confunde −y, a veces, para mal− la concepción de lo que debía ser, y no es», puesto que «no disponemos de los medios para que así sea». Para Vera, el «Grupo para la Emancipación del Trabajo» se encontró en una situación tal que «en contra nuestra está prácticamente toda la juventud emigrada», por lo que refiriéndose a los «economicistas» vio «imposible trabajar con este tipo de personas en la misma organización». Empero, propuso algo muy controversial: «Nosotros no podemos publicar una literatura para obreros que satisfaga las exigencias de los rusos»; declarándose partidaria de que, ya que «nosotros mismos no hemos encontrado brillantes los resultados de nuestra edición de literatura obrera», había que «dar a nuestros críticos la oportunidad de intentarlo por su cuenta». Véase la obra de Samuel Baron: «Plejánov, el padre del marxismo ruso» (1963).
En respuesta a todo este aluvión de problemas, Plejánov tampoco demostró tener demasiada lucidez para reaccionar y maniobrar correctamente.
En primer lugar, parece ser que consideró estas misivas como una falta de fe y debilidad en sus compañeros, pero apenas les ofreció una salida razonable a sus interrogantes. Como relataron I. Korbatova y M. Iovchuk en «Plejánov» (1977): «En 1898 se celebró el I Congreso de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, pero los «viejos» se encontraron en minoría», Plejánov no pudo asistir porque había enfermado gravemente, mientras que Axelrod y Vera Zasúlich no respondieron adecuadamente a los «economistas»; el primero abandonó el congreso prematuramente y la segunda «permaneció sentada en silencio, deprimida y confundida». En vísperas del congreso «Vera Zasúlich se peleó con Plejánov por su intransigencia hacia los «economistas». Como ya se mencionó atrás, ella insistió en que «la edición de folletos populares para los trabajadores debía ser transferida» a los «jóvenes». Al enterarse de la posición conciliadora de Vera, «Plejánov dejó de escribirle».
En cualquier caso, en todo este entramado Plejánov no parece que examinase detenidamente los defectos internos del «Grupo para la Emancipación del Trabajo» que él lideraba, ni tampoco del creciente aislamiento de este frente al creciente éxito de la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, cuya relación de inicial hegemonía había sido perdida sin apenas presentar batalla. Véase la obra de I. Korbatova y M. Iovchuk: «Plejánov» (1977).
En segundo lugar, Plejánov no comulgó con las propuestas de Axelrod de abandonar la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero pese al sabotaje constante de sus miembros. Así, en su «Carta a P. B. Axelrod» (21 de abril de 1899), le transmitió su intención de continuar como hasta entonces, hasta que uno de los dos bandos terminase con el otro, aunque no explicó cómo esto sucedería: «Es cierto que ahora tenemos una pareja de tolstoianos viviendo en Ginebra, pero aún no me han convertido a su fe», por lo que «permaneceré en la Unión hasta que me expulsen o hasta que expulse a mis enemigos».
En último lugar, Plejánov estaba inmerso en otra lucha ideológica internacional contra el revisionismo de Bernstein, proponiéndole a Axelrod: «Publicar en ruso tantos artículos polémicos contra Bernstein como sea posible». Este, según Plejánov, era un «imperativo categórico», incluso si no ganaban la pugna contra los revisionistas. Para tal fin, Plejánov pretendía usar todo recurso a su alcance, incluyendo «tocar a la puerta» a sus amigos de los Estados Unidos, exiliados y simpatizantes del marxismo ruso, quienes hasta entonces habían financiado las actividades del grupo, ya que reconoció que «la mayoría de la Unión está formada por personas que no quieren hacerlo».
Para finalizar, fue aún más seco con Axelrod, lo que mostraba su hastío con él: «Si quieres participar en la presente lucha, estupendo. Si no, yo seguiré solo el camino por el que me llevan mis deberes de revolucionario». La frase cortante de Plejánov hacia Axelrod no parece casual, pues, como se mostró en la obra de I. Korbatova y M. Iovchuk: «Plejánov» (1977), durante la campaña de Plejánov contra Bernstein parece ser que: «Axelrod consideró que la polémica con los revisionistas era demasiado dura e injustificada», mientras Vera que «habitualmente pedía a Plejánov que fuera blando, esta vez lo apoyó plenamente». Según otras fuentes, efectivamente Vera no pareció nunca demasiado alarmada por el fenómeno Bernstein:
«Zasúlich, por ejemplo, escribió lo siguiente a Plejánov sobre estos procesos que tenían lugar en el movimiento obrero internacional a finales de 1898: «Tiene usted razón en que ni la cruz ni Marx pueden combatir el oportunismo moderno. No se trata de un fenómeno accidental −como, por ejemplo, el éxito de Dühring hasta que Engels lo desmanteló [81]−, sino de todo un proceso que seguirá su curso, ¡hagamos lo que hagamos con él! Pero solo necesitamos combatirlo más. La guerra inevitablemente influirá en su curso» [82]. Sin embargo, aunque acertadamente señaló que se trataba de toda una tendencia, ella, al igual que Plejánov, no logró descubrir las raíces sociales del oportunismo». (G. S. Zhuykov; Los marxistas de San Petersburgo y el Grupo Emancipación del Trabajo, 1975)
Esto demostraba que Vera tampoco había comprendido nada del peligro del revisionismo, dado que en Alemania hubo precursores de Dühring y posteriormente hubo epígonos que fueron igual o más peligrosos.
De cualquier forma, implícitamente Plejánov estaba demandando un esfuerzo hercúleo a sus compañeros al pedirles trabajar bajo condiciones poco claras y precarias.
Plejánov en su «Carta a P. B. Axelrod y V. I. Zasúlich» (12 de junio de 1898) les informó que: «A decir verdad, he estado muy enfadado con vosotros dos durante todo este tiempo, pero ahora tengo muchísimas ganas de veros. Lástima que no sea posible: no tengo tiempo, pues ahora estoy librando una batalla contra Bernstein». Además, comentó que la mejor estrategia para enfrentar a los «economicistas» era que la polémica la iniciara quien más había tratado con ellos: «Pensaba responder a Serguéi Nikoláievich Prokopóvich únicamente con el permiso de Pável, porque, sin duda, Serguéi Nikoláievich es asunto suyo. Si soy yo quien toma primero la palabra contra Serguéi Nikoláievich, el público, e incluso el propio Serguéi Nikoláievich, podrían llevarse la impresión de que, al parecer, Pável Borísovich no había sido capaz de arreglárselas con él. El público no debe llevarse esa impresión; por tanto, que Pável lo despache primero y yo intervendré después, haciendo algo así como un resumen de la polémica». Para ello deseaban «despacharlo» en «el prólogo de su propio folleto» donde Plejánov les instó a ser lo más duro posible: «no hace falta andarse con demasiados miramientos con él. Naturalmente, hay que evitar las expresiones habituales, pero el contenido de la respuesta debe resultar tanto más hiriente cuanto más despreciativo. Al fin y al cabo, para nosotros no cabe duda de que es un consumado bribón y una auténtica bestia; cuando se publique el folleto, todo el mundo lo verá también con absoluta claridad»; y concluyó «así pues, Pável, ¡empuña tu espada y abate al rebelde!».
Esto se plasmó en la publicación de Axelrod: «Sobre la cuestión de las tareas y tácticas actuales de los socialdemócratas rusos» (1898), basándose en dos de sus cartas inéditas a los camaradas (noviembre-diciembre de 1897). Mientras que S. N. Prokopovich respondió con su obra: «Respuesta al panfleto de Axelrod «Sobre la cuestión de las tareas y tácticas actuales de los socialdemócratas rusos» (1898).

La postura de Lenin y los suyos al desafío del «economicismo»
«Unos veinte años más tarde, cuando se formó la Asociación Internacional de los Trabajadores, la cuestión de la importancia de los sindicatos obreros y de la lucha económica fue ya planteada en el Primer Congreso de Ginebra, en 1866. La resolución de este Congreso indicaba claramente la importancia de la lucha económica, advirtiendo a los socialistas y obreros, por una parte, que no se debía exagerar su importancia −lo que entonces se observaba entre los obreros ingleses− y, por otra parte, que no se la subestimase −o que se observaba entre los franceses y alemanes, sobre todo entre los lassalleanos− La resolución no sólo reconocía a los sindicatos obreros como un fenómeno legítimo, sino indispensable bajo el capitalismo; los reconocía como sumamente importantes para la organización de la clase obrera en su lucha cotidiana con el capital y para la abolición del trabajo asalariado. La resolución reconocía que los sindicatos obreros no debían prestar atención exclusivamente a la «lucha directa contra el capital», no debían apartarse del movimiento político y social general de la clase obrera; que no debían proponerse objetivos «estrechos», sino aspirar a la emancipación general de los millones de trabajadores oprimidos. Mucho menos puede haber sugerencia alguna de un cambio serio en la actitud del partido obrero hacia los demás partidos de oposición. En este sentido, también el marxismo ha trazado la línea correcta, que está igualmente alejada de exagerar la importancia de la política, de la conspiración −blanquismo, etc− y de denigrar la política o reducirla a una mera reforma social oportunista −anarquismo, socialismo utópico y pequeño burgués, socialismo de Estado, socialismo profesoral, etc−. El proletariado debe esforzarse por formar partidos políticos obreros independientes, cuyo objetivo principal debe ser la toma del poder político por el proletariado con el fin de organizar la sociedad socialista. El proletariado no debe considerar a las demás clases y partidos como “una masa reaccionaria»; por el contrario, debe participar en toda la vida política y social, apoyar a las clases y partidos progresistas contra las clases y partidos reaccionarios, respaldar todo movimiento revolucionario contra el sistema existente, defender los intereses de toda nacionalidad o raza oprimida, de toda religión perseguida, del sexo marginado, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Una protesta de los socialdemócratas rusos, 1899)
¿Cómo reaccionó Lenin ante esta postura a veces ambivalente de Plejánov y compañía frente a los «críticos del marxismo»? Acabamos de leer una exposición que resume su pensamiento, pero repasemos cronológicamente los sucesos hasta que se publicó dicho documento y qué impacto tuvo entre sus coetáneos.
En primer lugar, Lenin comentó en su «Carta a A. N. Potrésov» (27 de abril de 1899) que el artículo del «marxista legal» Bulgákov sobre Kautsky le causó una impresión «repelente» y «lastimosa», poniéndole «literalmente frenético». Sencillamente no pudo comprender cómo «hasta ahora» se «pudo escribir un artículo tan absurdo y en un tono tan indecoroso ni cómo pudo publicarlo la redacción sin señalar, aunque fuese en un comentario, que no se solidarizaba con semejante «vapuleo» a Kautsky». Esta indignación provino de que nadie salvo Bulgákov «se habría atrevido a tal embestida» contra Kautsky en cuestiones agrarias bajo mera charlatanería, «¡¡¡sin ofrecer nada por su parte y sólo limitándose a prometer una obra erudita sobre el «Elba oriental»!!!». Para Lenin, el problema residía en que una revista como «Nachalo», en la cual él mismo publicó ciertos artículos, era «un almanaque que acepta el marxismo sólo porque está de moda», pero no era «el órgano de una tendencia definida»; y correspondería que, incluso en las condiciones de ilegalidad de Rusia, «una revista de este tipo imponga cierto freno a los doctos jinetes y a todos los «ajenos» en general».
En segundo lugar, para Lenin, había una conexión evidente entre el fenómeno de Bernstein en Alemania y los «economicistas» en Rusia, ya que los segundos usaban textos de los primeros: «¿Sabe usted que ya la están utilizando nuestros «jóvenes» −los ultraeconomistas−, quienes en una publicación exponen los debates en Stuttgart en forma tal que para ellos Bernstein, Peus y otros son defensores «de la economía y no de la política»? En general, Lenin consideró «toda esta «nueva corriente crítica» en el marxismo» como «muy sospechosa: frases retumbantes sobre la «crítica» contra el «dogma», etc., y ningún resultado positivo de la crítica».
En tercer lugar, en su «Carta a A. N. Potrésov» (2 de septiembre de 1898), confesó simpatizar con los escritos filosóficos de Plejánov contra Bernstein y no entender por qué no se pronunciaba contra sus representantes en Rusia: «Me extraña sobremanera que el autor de «Ensayos sobre la historia del materialismo» (1896) no haya dado su opinión en las publicaciones rusas, ni se manifieste resueltamente contra el neokantismo, permitiendo a Struve y Bulgákov polemizar sobre algunos aspectos de esta filosofía, como si ya formara parte de los conceptos de los discípulos rusos. Más de una de nuestras revistas daría cabida seguramente a artículos filosóficos; además, sería fácil reunirlos en un libro. Su polémica con Bernstein y Konrad Schmidt me interesa en grado sumo».
En cuarto lugar, a su vez, cuando a Lenin le llegaron las noticias de estas disputas entre los «viejos» y «jóvenes», es decir, entre los «economicistas» y los «marxistas ortodoxos» de Plejánov, lo registró como sigue: «Considero que es extremadamente perjudicial que esta polémica con los ultraeconomistas no se haya ventilado en forma total y completa en la prensa: habría sido el único medio serio de aclarar las cosas y establecer algunas tesis teóricas exactas de principio. ¡En cambio, ahora reina un caos completo!». En definitiva, todo esto fue posible en parte, como señaló Lenin en 1900, por el hecho de que «[Plejánov] no comprendía en absoluto −ni comprenderá jamás− la polémica entre colaboradores de una misma revista», por lo que, por ejemplo, los artículos de Struve («Nóvoye Slovo»; Nº8, 1897) no fueron respondidos en su momento por Plejánov, quien precisamente colaboraba allí.
Como apuntó el historiador soviético G. S. Zhuikov, en lo relativo a criticar públicamente a los simpatizantes e imitadores de Bernstein en Rusia: «Axelrod y Zasúlich no apoyaron estos planes y Plejánov no se atrevió a iniciar la pelea solo», por lo que habría que esperar hasta 1899 cuando Lenin inició una campaña contra el «economicismo» para que a nivel colectivo el «Grupo para la Emancipación del Trabajo» abandonase la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero; y para que, a nivel individual, Plejánov lanzase su recopilación de textos contra el «economicismo» en su obra «Vademécum» (1900). Véase la obra de V. S. Voitinsky y B. I. Nikolaevsky: «Correspondencia entre G. V. Plejánov y P. B. Axelrod» (1925).
En este sentido, como remarcó G. S. Zhuikov, «fue necesaria la intervención decisiva de Lenin y sus camaradas para determinar la posición del «Grupo para la Emancipación del Trabajo» con relación al «economicismo», empresa en la cual «el propio Lenin se convirtió en su iniciador y organizador», actuando dicha campaña «como una especie de catalizador, acelerando la lenta reacción al «economicismo» que era característico del «Grupo para la Emancipación del Trabajo».
Todo esto se certifica por la siguiente documentación:
a) sí, había oposición y personas descontentas con el viraje que los «economicistas» habían establecido cuando lograron temporalmente su hegemonía, como reflejó Plejánov en su «Carta a P. B. Axelrod» (30 de noviembre de 1898): «Excelentes noticias desde Rusia. La indignación contra la dirección «económica» crece cada vez más»;
b) mientras estaba en el exilio, Lenin escribió en verano «Protesta de los socialdemócratas rusos» (1899) y la envió al extranjero al «Grupo para la Emancipación del Trabajo»;
c) P. B. Axelrod escribió sobre este documento en su «Carta a G. V. Plejánov» (24 de octubre de 1899): «En realidad, esto es algo entre un artículo y una declaración de guerra a nuestros enemigos», y en una respuesta fechada el 25 de octubre, Plejánov informó que había preparado la «Protesta» de Lenin para su composición tipográfica y que iba a escribir un artículo introductorio para ella: «Escribiré el prefacio lo antes posible. El prefacio será militante…»;
d) En su «Carta a D. V. Soskisu» (13 de diciembre de 1899) Plejánov reconoció que el «economicismo» no solo era una «una caricatura del marxismo» y confesó que: «Hasta ahora, nuestras relaciones con la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero han sido muy inciertas; tuvimos que luchar contra la dirección «económica» muy fuerte de su entorno. Ahora el asunto ha quedado claro. Nosotros [el «Grupo para la Emancipación del Trabajo»] estamos iniciando una serie de publicaciones independientes».
Por ende, «Plejánov no fue capaz de explicar las razones que dieron origen al oportunismo en las filas del movimiento obrero ruso», creyendo que el «economicismo» simplemente era producto de «una interpretación demasiado literal, dogmática y francamente vulgar de las enseñanzas del socialismo científico sobre la lucha de clases y el papel de las relaciones económicas como motor histórico». En cuanto a esto, si bien «el analfabetismo de los «jóvenes» en materia de teoría del socialismo científico jugó un papel negativo», como también comentó Lenin, ésta no fue la razón determinante. Para Lenin también había que tener en cuenta que aspectos como la «admiración por la espontaneidad del movimiento obrero» eran factores fundamentales. Véase la obra de G. S. Zhuikov «Los marxistas de San Petersburgo y el Grupo para la Emancipación del Trabajo» (1975).

¿Qué conclusiones pueden sacarse de la experiencia de colaboración con el «marxismo legal» y el «economicismo»?
Por hablar claro, Plejánov, como jefe del «Grupo para la Emancipación del Trabajo», retrasó entre 1897 y 1900 el llevar a la polémica abierta la lucha contra el «marxismo legal» y el «economicismo», intentando maniobrar en vano. Por ende, falló en su responsabilidad de prever ciertos acontecimientos, ya que, lejos de lo que más tarde quiso vender, reaccionó tarde ante estos desafíos y de paso al tratar de dilatar lo inevitable causó, como hemos documentado, una honda desesperación entre Axelrod y Vera. Esto solo fue reconocido parcialmente en 1910, aunque, eso sí, presentando al público que él siempre acertó en el ritmo y los tempos:
«Vi el «struvismo» en los artículos del señor Struve y, sin embargo, por el momento, lo seguí. ¿Por qué? Porque esperaba que el señor Struve se convirtiera en marxista y, por lo tanto, dejara de ser un «struvista». Entonces vi que mi esperanza era infundada y me convencí de que ya no podíamos seguir juntos… se lo comuniqué en el verano de 1900 al señor Potresov y al camarada Lenin, que quería atraer al señor Struve a «Zarya». Les dije que tenían que elegir entre yo y el señor Struve. Esto les pareció muy desagradable y el señor Lenin incluso me dejó claro que el partido podía obligarme a cambiar mi decisión. Le respondí que no lo cambiaría, aunque todos los habitantes de La Tierra y todos los habitantes de Marte me exigieran esto. El tiempo ha demostrado que hice lo correcto». (Gueorgui Plejánov; Acerca de mi «secreto», 1910)
En cambio, la evolución del propio Plejánov respecto al mismo tema es bien concluyente:
a) primero regañó a Vera en 1898 por sus opiniones sobre los «economicistas», como comprobamos anteriormente;
b) en el mismo sentido, censuró a Lenin en 1900 por la posibilidad de colaborar con el «economicismo», como también observamos atrás;
c) en su «Carta a P. B. Axelrod» (29 de julio de 1902) Plejánov ya escribió que no fuese injusto con Mártov por sus contactos recientes con Oljin, porque «quien realmente nos reconciliase con «Rabócheie Delo» [órgano de expresión de los «economicistas»] estaría «haciendo un servicio a la patria», ya que «ahora nuestros enemigos son los «socialrevolucionarios»;
d) y finalmente para finales de 1903 Plejánov directamente consideró en sus diferentes artículos y cartas que esta reconciliación con el «economicismo» era el summum de las tareas a realizar, echándole en cara a Lenin no transigir con esta unión de «todas las corrientes».
Estos cambios de humor en la persona Plejánov reflejaron una clara falta de estabilidad y fiabilidad política, pasando de un extremo a otro sin aprender nada útil y tratando de imponer sus cambiantes opiniones al resto. ¿Fue esto una rareza en él? Al contrario. Por desgracia, estas actitudes fueron constantes en la biografía de Plejánov y un reflejo también de su personalidad. A diferencia de Lenin −quien no tuvo demasiados problemas en admitir su precipitación o optimismo excesivo en ciertas valoraciones−, Plejánov nunca quiso admitir sus errores −como si ello fuese el colmo−.
Tomemos otro ejemplo. Según relata Krúpskaya en su obra «Mi vida con Lenin» (1933), Plejánov mostraba mucha reticencia cuando llegaban a Suiza cartas de obreros rusos que comentaban la situación en dicho país. Y no solo esto, sino que debatir con él podía volverse una actividad difícil y desagradable:
«Los obreros se acercaban a menudo hasta «Iskra» y todos ellos, sin duda, deseaban ver a Plejánov. Conseguir ver a Plejánov era con frecuencia mucho más difícil que para nosotros ver a Mártov; más cuando un trabajador lograba entrevistarlo se retiraba con un sentimiento de confusión. El visitante advertía el influjo de la brillante inteligencia de Plejánov, su conocimiento y su agudeza, pero de cualquier manera parecía que al dejarlo sólo experimentaba el gran abismo que lo separaba de este deslumbrante teórico. De las cosas que hubiera deseado hablar o buscar consejo el obrero no podía decir una palabra. Y si el trabajador no concordaba con él y trataba de exponer su propia opinión, Plejánov empezaba a molestarse: «Su padre y su madre eran todavía niños cuando yo…». (Nadezhda Krúpskaya; Mi vida con Lenin, 1933)
Otro punto que quizás jugó a favor de Lenin en esta época en torno a la lucha contra el revisionismo fue su eficacia como organizador y cercanía en el trato a las personas. El carisma o las grandes dosis conocimiento, eran rasgos que Plejánov claramente también albergaba en gran medida, pero no siempre sabía dar soluciones plausibles −como acabamos de comprobar en la correspondencia− a las situaciones críticas. En este aspecto, Lenin se mostró muy superior. Lo cual, si bien no es un factor decisivo, a la postre contribuyó también al progresivo desplazamiento de Plejánov como jefe revolucionario frente a Lenin:
«Por vehemente que fuese Vladímir Ilich en los debates, como presidente era sumamente imparcial y no se permitía la menor injusticia hacia su adversario. Otra cosa era Plejánov. Cuando presidía, le gustaba especialmente lucirse con su ingenio y provocar a su oponente». (N. K. Krúpskaya; Mi vida con Lenin, 1933)
Durante los debates preparatorios para el II Congreso del POSDR de 1903, en lo referente a la redacción del programa del partido, quedó patente que no todos los redactores de «Iskra» se mostraban de acuerdo en la línea a seguir. Plejánov criticó un artículo de Lenin, dado al público por prensa, donde se delineaban los fundamentos que debía seguir un programa agrario de la socialdemocracia rusa. Axelrod se alineo con Plejánov en las críticas, pero el nocivo tono que este intentó forzar a la discusión acabó saturando hasta a su viejo compañero. Zasúlich estuvo en desacuerdo en todos y cada uno de los puntos, pero no compartía las críticas de Plejánov. Cuando Zasúlich trató de replicar a Plejánov, «éste adoptó una actitud intransigente y cruzándose de brazos, le arrojó tal mirada que ella se quedó totalmente confusa». Lenin mismo, que se defendió muy aptamente en el plano ideológico, además que corrigió varios proyectos escritos por tercero con mucho más tacto y buscando el rigor en la exposición y teoría, exigió respeto y calificó de intolerable el trato que recibía de Plejánov.
¿Cuáles eran las reclamaciones de Lenin sobre este tema?:
a) que Plejánov no se molestó en comprobar que partes del programa de Lenin ya habían sido corregidas o modificadas por el autor, adoptando una actitud de «no me lleven la contraria»;
b) colectivamente se había demandado de antemano que, quien encontrase algo erróneo, propusiera con sus notas también la modificación pertinente del texto, pues así se ahorraba tiempo. Plejánov no aportó ni una modificación a sus notas:
c) Lenin, hartó, sentenció: «El tono de las observaciones es deliberadamente ofensivo. Si yo «analizara» en el mismo tono el artículo de Plejanov sobre el programa, esto significaría el fin inmediato de nuestra colaboración». Rematando con: «someto a votación el siguiente punto: ¿se puede permitir que miembros de la Redacción provoquen a otros en esta forma?».
Si el lector está interesado, puede consultar las obras de Lenin del año 1902, tales como «Observaciones al primer proyecto de Programa de Plejánov», «Observaciones al segundo proyecto de Programa de Plejánov», «Observaciones al proyecto de Programa de la Comisión» y finalmente la obra arriba citada «Respuestas a las observaciones de Plejánov y Axelrod sobre el artículo «El programa agrario de la socialdemocracia rusa». En todas ellas podrá comprobar el lector no solo las imprecisiones que abundaban en el debate, sino el contraste entre el trato que dio Lenin a los demás con el que recibió de Plejánov, lleno de indirectas o dardos hostiles a sus jóvenes compañeros.
Empero, hay que destacar no toda actuación de Lenin merece aplausos. En este sentido, es curioso que, en la historiografía soviética, casi de cualquier época, se ha considerado que la misma estrategia de tener paciencia y colaborar con Struve era «justa» o «flexible» cuando la realizó Lenin, mientras que cuando Plejánov asumió técnicas similares fue «sectario» o «liberal», lo que indica la poca objetividad de sus analistas. Esto resulta curioso, sobre todo cuando en época jruschovista y brezhnevista estos errores provienen de historiadores supuestamente muy concienciados «contra el culto a la personalidad», lo cual indica su hipocresía en esta cuestión. Véase la obra de I. Korbatova y M. Iovchuk: «Plejánov» (1977).
En particular, algunos historiadores señalaron correctamente que Plejánov «adoptó una posición contradictoria» sobre el «marxismo legal», lo cual es cierto. Sin embargo, como acabamos de ir desglosando Lenin, Mártov, Radchenko y otros abrigaron las mismas ilusiones y actuaron de modo parecido. Estos también consideraron plausible mantener esta colaboración con los «struvistas» cuando sus pérfidos objetivos y su lenguaje moderado era cada vez más evidente.
Sin ir más lejos, el historiador soviético Iovchuk en su estudio sobre Plejánov −que sin dudas es excelente en muchos aspectos− refleja este doble rasero a la hora de evaluar actos similares. En su relato, la alianza de Lenin con los «marxistas legales» sobre actividades editoriales conjuntas de 1895 fue un «acuerdo temporal» a «condición de tener completa libertad para criticar las opiniones de las diversas tendencias que se oponían al absolutismo zarista», lo cual es cierto. Sin embargo, olvida mencionar el pequeño detalle de que esto no siempre fue así. Por ejemplo, si uno lee «Sobre el proyecto de acuerdo con Struve» (1901), el cual fue el último intento de Lenin de acercarse a Struve, los «representantes del grupo socialdemócrata» de «Iskra» y «Zaria» y el «grupo de oposición democrática» de «Svoboda» convinieron que: «La redacción se operará sobre la siguiente base: cada una de las partes tendrá el derecho de vetar los materiales y artículos de la otra parte». ¿Se imaginan cuantos artículos «revolucionarios» hubieran salido bajo tal pacto?
Y bien, ¿qué fue lo negativo de difundir obras junto con los representantes del «marxismo legal»? Varios aspectos. Si el grupo competidor tiene más malicia o capacidad de trabajo, puede utilizar los recursos puestos en común −maquinaria, editores, escritores y distribuidores− para producir más intensamente y difundir con mayor velocidad sus ideas antagónicas, incluso saltándose los acuerdos formales. Entiéndase que esto suele ocurrir, especialmente cuando a uno de los dos o varios grupos no le importa tanto la calidad de lo publicado, sino aprovechar la situación de abundancia de material a usar. Por otro lado, no hay que olvidar que muchos de los lectores de ese periódico o revista conjunta darán por hecho que sus opiniones son las tuyas, especialmente cuando has firmado un pacto de no agresión mutua.
En cuanto a Lenin y su grupo, al poco tiempo de firmar este acuerdo de colaboración con los «marxistas legales» −que no llegó a prosperar ya que, ¡oh sorpresa!, la única intención de Struve, Bulgákov y su gente era utilizar los órganos de expresión socialdemócratas para difundir sus ideas liberales−. El propio Lenin escribió enfurecido que los escritos de «Svoboda» eran, en el mejor de los casos, una vulgarización del marxismo sumamente dañina:
«La revistilla «Svoboda» es muy mala. (…) No hay una sola palabra sencilla, todo son remilgos. El autor no dice ni una frase sin florituras, sin comparaciones «populares» y palabrerías «populares». Y sin aportar nuevos datos, sin nuevos ejemplos, sin un nuevo estudio». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Acerca de la revista «Svoboda», 1901)
Para Lenin, en el «¿Qué hacer?» (1902) comentó que los revolucionarios tuvieron que romper con ellos porque pasaron a defender abiertamente posiciones de «atenuación de las contradicciones sociales, declarando absurda la idea de la revolución social y de la dictadura del proletariado, reduciendo el movimiento obrero y la lucha de clases a un tradeunionismo estrecho y a la lucha «realista» por reformas pequeñas y graduales»; pero no era tan sorpresivo que los «marxistas legales» o «economicistas» acabasen así, ya que desde unos inicios había síntomas de ello. Ergo, si bien era cierto, como afirmó Lenin, que Plejánov «no quiso de ninguna manera reconocer» en 1900 «su responsabilidad» en su exceso de permisibilidad, «por pequeña que fuera», en cuanto la difusión del revisionismo en los periódicos y revistas que colaboró; no menos cierto era que la visión «flexible» de Lenin de «colaborar y criticar» al revisionismo tampoco surgió el efecto deseado de convencer a los implicados. En sus notas en «¿Qué hacer?» (1902) justificó la alianza porque se establecieron unas «condiciones», pero estas ya hemos visto que no siempre se mantuvieron y no se diferenciaron mucho de lo que pactaron Plejánov y su grupo con los «economicistas», donde el final vino a ser similar. Como dijo Samuel Baron, esto, entre otros hechos, convenció a Lenin del «absurdo» de intentar «conciliar lo inconciliable».
En efecto, con el paso del tiempo, el propio Lenin fue comprendiendo cada vez con mayor claridad —y tuvo que señalarlo abiertamente en repetidas ocasiones— que era imposible alcanzar la unidad con grupos que, lejos de elevar el nivel de conciencia del movimiento, contribuían a mantenerlo rezagado y obstaculizaban el fortalecimiento organizativo que este reclamaba a gritos. Por tanto, si no se los criticaba a tiempo y, cuando fuera necesario, no se rompía con esos grupos y corrientes, el movimiento revolucionario habría seguido arrastrando el mismo carácter localista y artesanal, así como las mismas debilidades organizativas, o incluso habría terminado agravándolos. ¡Algo que muchos todavía hoy siguen sin comprender!
«La característica principal de nuestro movimiento, que se ha acentuado especialmente en los últimos tiempos, es su desunión y su carácter amateur, si se me permite expresarlo así. Surgen círculos de estudio locales que funcionan de forma independiente entre sí y −lo que es particularmente importante− de círculos que han funcionado y siguen funcionando en los mismos distritos. No se establecen tradiciones ni se mantiene la continuidad; las publicaciones locales reflejan plenamente esta desunión y la falta de contacto con los logros de la socialdemocracia rusa.
Tal estado de desunión no se corresponde con las exigencias que plantea el movimiento en su actual fuerza y amplitud, y crea, en nuestra opinión, un momento crítico en su desarrollo. La necesidad de consolidación y de una forma y organización definidas se siente con fuerza irresistible en el propio movimiento; sin embargo, entre los socialdemócratas activos en el ámbito práctico, esta necesidad de una transición hacia una forma superior del movimiento no se comprende en todas partes. Por el contrario, en amplios círculos se observa una vacilación ideológica, una fascinación por la de moda «crítica al marxismo» y por el «bernsteinismo», la difusión de las ideas de la llamada corriente «economista» y, lo que está inseparablemente ligado a ello, un esfuerzo por mantener al movimiento en su nivel inferior, relegando a un segundo plano la tarea de formar un partido revolucionario que lidere la lucha de todo el pueblo. Es un hecho que esta vacilación ideológica se observa entre los socialdemócratas rusos. Ese pragmatismo estrecho, alejado de la clarificación teórica del movimiento en su conjunto, amenaza con desviarlo por un camino equivocado». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Declaración del Consejo de Redacción de Iskra, 1900)
Seguramente el mejor ejemplo del fracaso de esta extraña coalición −intentando juntar agua y aceite− lo tenemos en el famoso «Congreso de Unificación» del POSDR, celebrado en Zúrich el 4 y 5 de octubre de 1901. Este, como afirmaron los editores de las Obras Completas de Lenin, «fue un intento de unificar las organizaciones socialdemócratas rusas en el extranjero sobre una plataforma de principios marxistas». «Estuvieron representadas en este congreso la sección de la organización de «Iskra» y «Zaria» en el extranjero, la organización «Sotsial-Demokrat» −que incluía el «Grupo para la Emancipación del Trabajo»−, la Unión de Socialdemócratas Rusos en el Extranjero, el «Bund» y el grupo «Borbá». ¿Por qué no llegó a buen puerto? Porque los dirigentes «economicistas», acostumbrados a dominar en un ambiente de falta de honestidad y unidad ideológica, firmaron una declaración conjunta contra el revisionismo que, en menos que canta un gallo, estaban incumpliendo en sus publicaciones particulares:
«Como representante de «Iskra» considero necesario referirme a la historia de nuestras relaciones con otras organizaciones. (…) Hay que poner en claro las divergencias que ellas implican, para saber en qué terreno se ubica la Unión y si es posible la unificación ideológica, sin la cual carece de sentido la unificación orgánica; no hemos buscado ni podíamos buscar una unificación de ese género. (…) No debemos olvidar que, sin una base ideológica común, no se puede ni siquiera hablar de unificación. (…) El punto 1 del acuerdo de principios [firmado por todos en la Conferencia de Ginebra] dice: «Puesto que reconocemos los principios fundamentales del socialismo científico y actuamos en solidaridad con la socialdemocracia revolucionaria internacional, rechazamos todas las tentativas de introducir el oportunismo en la lucha de clase del proletariado, tentativas que se han manifestado en el llamado bernsteinianismo, el millerandismo». (…) [Sin embargo] En el núm. 10 de «Rabócheie Dielo» (RD) se dice que incluso los bernsteinianos más declarados se ubican en el terreno de los intereses de clase. (…) La posición de principios del núm. 10 de R. D. echa por tierra la posición que adoptaron los delegados de la Unión en la Conferencia de Ginebra. (…) ¿Qué es esto, un desafío o una burla?». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Discurso en el Congreso de «Unificación» de las organizaciones del POSDR en el extranjero, 1901)
Este capítulo certifica que las primigenias diferencias de Plejánov o Lenin con respecto a grupos como los «marxistas legales» (1894-1897) o los «economicistas» (1898-1900), no era una cuestión de «lucha de egos» ni de «incomprensiones» sobre «temas secundarios» que se pudieran limar con concesiones y buenas intenciones, sino de divergencias ideológicas profundas, que al principio pueden o parecen ser nimias, pero que muy pronto se detectan como cuestiones clave, en las cuales, como en tantas disputas anteriores, el resultado de la disputa lo dictaría quienes estuvieran mejor preparados a la hora de tener claridad ideológica, determinación y capacidad de organización. Por ello, en este sentido, cuanto más se relajase la crítica o la vigilancia más se corría el riesgo de perderlo todo lo ganado en décadas en el movimiento, ya que el revisionismo bien puede nadar y manejarse con maestría entre posiciones resbaladizas, pero el marxismo no puede hacer lo propio sin perder su sentido de ser.
Ciertamente, no siempre es fácil saber en el momento qué grupos o individuos son perniciosos para el proyecto en común, si se debe abrir la mano o cerrarles la puerta, pero si algo mostró la historia del movimiento revolucionario ruso y más concretamente del bolchevismo que nació oficialmente en 1903 y tomó el poder en 1917, es que a veces la unidad solo puede ser momentánea o coyuntural, siendo necesaria la separación a riesgo de estar en una organización amorfa y llena de contradicciones internas sin resolver.
¿Cómo podemos extraer dichas lecciones de cara a la actualidad? A ser posible nunca se debe formar parte de un grupo donde sus individuos no tienen mucho en común; donde la mayoría simplemente forman parte de él porque calculan que cuantos más miembros mejor −primando el número sobre su eficacia−, personas que tienen un fetiche desorbitado por aparentar una influencia que solo existe en su imaginación −y donde este es su tema recurrente de obsesión−. En definitiva, no hay que tener prisa por precipitar algo que necesita tiempo y cuidado. Este pragmatismo bien se puede traducir de varias maneras. Por ejemplo, en peligrosas prácticas cortoplacistas donde se priorizan «estar» en luchas locales y limitadas −aunque allí sus jefes reconozcan que no tienen interés alguno en delimitar una línea ideológica ni preocuparse más allá de su nicho particular−; como igualmente esto se puede reflejar en dejarse seducir por instituciones académicas donde en teoría publican las principales «eminencias» −de economía, filosofía, historia o arte− que incluso algunas de ellas afirman manejarse bajo lineamientos «marxistas».
A su vez, hay que asumir de una vez que la separación un grupo de otro no es algo negativo per se. Por ejemplo, la escisión o la expulsión de un grupo que no cumplía con las normas, puede suponer una debilidad a nivel cuantitativo −número de militantes−, pero también puede terminar fortaleciendo al núcleo sano en términos cualitativos −por ejemplo a nivel de rendimiento y de recobrar la moral−. La razón es sencilla: la escisión o la expulsión de un grupo disidente puede deshacer un obstáculo, y con el tiempo, el movimiento reorganizado −ya sin esas trabas− puede seguir su camino con fuerzas redobladas. Otras veces, aunque la separación cause un daño evaluable e innegable −redundando en menores recursos materiales disponibles o quizás mayor tardanza a la hora de desempeñar las mismas tareas con menos manos−, esto no deja de ser un coste necesario a pagar. Uno que seguramente no hubiera sido necesario transitar si no se hubiera permitido la falta de vigilancia, el no rendir cuentas debidamente, si se hubiera actuado antes apretando las tuercas, si se hubiera sopesado antes los riesgos de unirse por motivos oportunistas con terceros, etc.
Entiéndase que, no por casualidad, nunca resulta deseable verse sumido −por ingenuidad, falta de experiencia o problemas financieros−, en espacios y medios con gente que no coincide en lo fundamental con tus puntos de vista, te lastra e incluso no te deja excesivo margen de maniobra. Por desgracia, este modelo hoy sigue siendo reivindicada por personajes caricaturescos, confusos e ignorantes como el «modelo de colaboración» predilecto −ya que no han aprendido ni quieren aprender de la historia del movimiento revolucionario−.
En su fuero interno, estas agrupaciones intentan dilatar dicha situación extraña y artificial, algunos por candidez, otros por arribismo, otros por ociosidad. A veces fuerzan procesos de unidad con otros grupos respaldándose en mantras como la «responsabilidad» e incluso el «deber revolucionario» de cada uno, pese a los incontables peligros de desmoralización y disgregación que esto acarrea para los que están de acuerdo entre sí y ven su trabajo saboteado una y otra vez por múltiples fracciones con múltiples puntos de vista, trifulcas personales, deserciones y desorden por doquier.
Véase el jardín de las mil y una flores «reconstitucionalista», los grupos trotskistas o más recientemente el Movimiento Socialista y tantos otros «procesos de unidad» que duran un suspiro. El mejor ejemplo ha sido en 2026 cómo se ha anunciado a bombo y platillo que IC y RR han decretado su fusión para formar el Proceso de Unidad Comunista (PUC), donde simplemente afirman:
«El acercamiento empezó en la práctica: compartiendo espacios de lucha, desarrollando trabajo conjunto, debatiendo y comprobando sobre el terreno qué podríamos hacer juntas. Ese proceso también puso sobre la mesa diferencias y debates. Pero precisamente el trabajo compartido continuado permitió abordarlos de otra manera: no desde la distancia, sino desde la necesidad concreta de avanzar. Así llegamos al Congreso de Unidad de septiembre de 2026. No porque hubiéramos dejado de tener diferencias, sino porque llegamos a una conclusión sencilla: juntas podemos hacer más que separadas. El PUC nace con voluntad de encontrarse con otras organizaciones comunistas y con comunistas que todavía no han encontrado dónde organizarse. No ofrecemos un camino terminado. Ofrecemos un espacio desde el que empezar a recorrerlo juntas». (Proceso de Unidad Comunista; ¿Quiénes somos?, 2026)
Dicho de otro modo, no han explicado al público qué divergencias tenían y cómo las han solucionado −incluso reconocen que estas siguen igual que antes−; es decir, simplemente se han juntando en unas mismas siglas −¿qué podría salir mal?−. Por otro lado, se arenga a que todos «se pongan manos a la obra» para construir el «partido comunista» y acercar posturas entre quienes lleven ese nombre −algo que cualquier revisionista podría firmar para tratar de absorberlos−. Y por último, se apela al «debate ideológico», pero por tener, el PUC no tiene ni una línea ideológica propia que la diferencie del resto, solo tiran de aforismos y frases cliché que comparten casi el 99% de sus competidores. ¡Pero aun así esta noticia ha sido acogida y celebrada por todos los oportunistas que están de lleno en ese mismo camino del eclecticismo como bandera! ¡Hurra!». (Equipo de Bitácora (M-L), En cuanto a las relaciones entre Lenin y Plejánov desde 1895 a 1917 (I), 2026)

