Soy Cuba

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Venerado (y con razón) por Francis Ford Coppola y Martin Scorsese “por su prodigiosa y revolucionaria innovación técnica y visual”, el documental Soy Cuba (1964), del cineasta soviético Mikhail Kalatozov (1903-1973), constituye una obra cinematográfica de provechosa visión. Por dos razones principalmente: por su insuperable y evidente maestría técnica (virtuosos planos-secuencia, excelente fotografía en blanco y negro de Sergey Urusevskiy), y por su extraordinario valor histórico como testimonio de una época. Esto último, de gran interés comparativo hoy por los difíciles momentos que atraviesa la mayor isla de las Antillas. Narrada a partir de una estructura episódica guiada por una voz en off poética y un trabajo de cámara experimental y en constante movimiento, la famosa película, más próxima a un largometraje que a un documental tradicional, abarca los últimos años de la dictadura de Fulgencio Batista (década 1950) y la transición que supuso la victoria de la revolución liderada por Fidel Castro. En consecuencia, la cinta se divide en cuatro historias independientes que relatan las injusticias sociales de la Cuba prerrevolucionaria y el apogeo de la Revolución castrista, siendo el hilo conductor la ya mencionada voz en off, identificada a la isla misma. Unas historias que van desde mostrar, a través de la mirada de una muchacha cubana que trabaja en bares y burdeles de La Habana, los lugares donde la mafia y los multimillonarios yanquis se divertían obscenamente en la Cuba de Batista, hasta el despertar de la Sierra Maestra, simbolizado por Mario, un campesino apolítico que tras un bombardeo arbitrario del ejército batistiano que arrasa su hogar y a parte de su familia, decide unirse a la guerrilla de Fidel; pasando por la historia de Pedro, un anciano campesino expoliado por un terrateniente desalmado, y por la de Enrique, un joven estudiante que lidera protestas urbanas contra la dictadura y la represión militar.

Las conquistas se defienden

Han pasado sesenta y siete años desde los sucesos narrados por el director de Cuando pasan las cigüeñas, es decir, desde la caída de Fulgencio Batista y la entrada de los legendarios barbudos a la ciudad de La Habana el 8 de enero de 1959, y esta admirable coproducción cubano-soviética señala, cuando menos, a dónde no se debe volver jamás, y ello pese a las críticas burguesas que, obviando el criminal bloqueo económico, comercial y financiero yanqui, consideran que la situación actual de la Revolución cubana refleja la distancia entre mito y realidad. Y es en ese sin retorno al infame pasado donde reside la vigencia e interés político del filme, sobre todo para los jóvenes, que, educados en el desencanto, precisan saber que las conquistas sociales se defienden. Cuba está en ello, y por mucho que pese al Imperio, aún no ha dicho su última palabra.

Rosebud

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