Venezuela: 63% de la población no confía en que la oposición pueda resolver los problemas del país

16 julio 2017 – El más reciente estudio de Monitor País, de la encuestadora Hinterlaces, reveló que 63% de la población, no confía en que la oposición pueda resolver los problemas económicos por los que atraviesa actualmente el país. 34% de los encuestados si confía, mientras que el 3%, no sabe no contesta.

Durante su programa dominical, El analista político José Vicente Rangel, detalló que 63 de la población, prefiere un modelo socialista eficiente y productivo, mientras que 32% considera que se debería cambiar el modelo. 5% no sabe no contesta.

Referente a que si estánacuerdo o en desacuerdo con quienes dicen que lo mejor para Venezuela es un modelo económico productivo socialista donde existan empresas del Estado, privadas y de propiedad social, 75% de acuerdo, en desacuerdo 24% no sabe no contesta 1%.

Ante las preguntas:

¿Está de acuerdo con quienes dicen que la economía de un país debe conducir al Estado y a la empresa privada? 61% de acuerdo, 34% en desacuerdo, 5% no sabe no contesta.

¿Está de acuerdo o en desacuerdo con quienes dicen que el Estado debe establecer reglas económicas claras por las cuales se guie la empresa privada? De acuerdo 78% desacuerdo 20%, no sabe no contesta 2%.

¿Está de acuerdo o en desacuerdo con quienes dicen que el gobierno debe promover la inversión privada nacional e internacional? 86% de acuerdo, desacuerdo 12% no sabe no contesta 2%.

¿Está de acuerdo o en desacuerdo con quienes dicen que se debería privatizar Petróleos de Venezuela? desacuerdo 74%, De acuerdo 23%, no sabe no contesta 3%.

¿Está de acuerdo o en desacuerdo con quienes dicen que se debería privatizar el servicio eléctrico? Desacuerdo 67%, de acuerdo 32%, no sabe no contesta 1%

Por último, ¿Está de acuerdo o en desacuerdo con quienes dicen que se debería privatizar CANTV? Desacuerdo 69%, de acuerdo 30%, no sabe no contesta 1%.

Esta encuesta se realizó del 15 al 28 de junio del presente año con un total de 1.580 entrevistas directas en hogares del país.

Presidente Maduro: Espíritu y moral de Argimiro Gabaldón es ejemplo de lucha contra el imperialismo

Caracas, 15 de julio de 2017 (MPPRE).- El presidente de la República, Nicolás Maduro, exaltó este sábado la formación, el carácter moral y espiritual del líder revolucionario, Argimiro Gabaldón, como ejemplo a seguir en la batalla contra el imperialismo estadounidense.

«Desde Biscucuy (Argimiro Gabaldón) comenzó su formación moral, su formación patriótica, yo creo que verdaderamente después de haber vivido todo lo que hemos vivido, después de recorrer la vida de Argimiro, creo que sin la formación moral, espiritual, sin la formación de valores y sin el amor a la patria el ser humano no es nada», expresó en transmisión conjunta de radio y televisión.

Durante el acto de incorporación de los restos mortales de este líder revolucionario al Panteón Nacional, el jefe de Estado instó a la juventud venezolana a cultivar la formación moral, patriótica y el amor por la Patria que caracterizó a Gabaldón.

«Por eso tiene un gran valor, y debe tenerlo cada vez más, sacar a la luz a los hombres y a las mujeres que son de verdad héroes: por como vivieron y como hicieron su vida. Por los valores que practicaron y por la valentía que tuvieron», enfatizó.

Precisó que con la llegada de Argimiro Gabaldón al mausoleo del Libertador, se reforzará la historia, moral y el espíritu de Venezuela.

Asimismo, refirió que en la década del 60 se dio en Venezuela la primera rebelión de la juventud contra el imperialismo estadounidense, que reafirmó su lucha a favor de la autodeterminación de los pueblos y contribuyó a consolidar la democracia en Latinoamérica y el Caribe.

«Los años 60 fue la primera rebelión, la primera ola de la juventud, en primer lugar latinoamericana contra el imperialismo y las verdaderas dictaduras que se impusieron a sangre y fuego para dominar todo el continente», expresó.

La pobreza en los países el este de Europa antes y después de 1990

No lo decimos nosotros. Se trata de cifras del Banco Mundial, institución nada sospechosa de ser partidaria de que los trabajadores tomen el poder. Como se puede comprobar en la siguiente tabla de datos sobre la pobreza (porcentaje de la población y número total de pobres en 1987-88 y 1993-95) en los antiguos países socialistas del este europeo y repúblicas soviéticas de Asia Central, antes y después de la restauración capitalista de principios de los noventa, la conclusión es bastante clara.

La imposición violenta de la autodenominada «democracia capitalista» (sin eufemismos, dictadura del capital) y la destrucción de los restos de los sistemas socialistas, provocó un aumento brutal de la pobreza en los países que lo sufrieron.

En el caso de Rumania, por ejemplo, el porcentaje de pobres (según el B.M.) era de un 6%, es decir, de 1,3 millones de personas, antes del golpe de estado de diciembre de 1989, mientras que en 1993-95 el porcentaje se había elevado ya hasta un 59% (13,5 millones de personas de los 22 millones de rumanos).

En República Moldova o Ucrania, que además de sufrir la reinstauración del capitalismo dejaron de ser parte de la Unión Soviética, el desastre, (que podriamos llamar sin temor a equivocarnos, un verdadero genocidio) fue todavía peor: en la primera, de un 4% se pasó en unos cuantos años de terapia de choque neoliberal al 66% (es decir de 200.000 a 3.000.000 de personas), mientras en la segunda, la multiplicación de pobres por obra y gracia del capitalismo fue del 2 al 63%, es decir, de 1 millón de personas a cerca de 33 millones.

Parece que, según los datos del propio Banco Mundial, institución capitalista donde las haya, es bastante evidente que la llegada del supuesto «paraiso» capitalista no fue tal cosa; muy al contrario, fue un verdadero infierno para los trabajadores rumanos y del resto de países del denominado Bloque del Este.

Huele a mierda en Madrid

Escuacas venezolanos celebrando su «consulta» en la Puerta del Sol

¿Qué Ente designa vocales, secretarios y presidentes de Mesa?’ ¿Dónde está el censo? La bruja Carmena facilitó esta basura mientras muchos niños madrileños se acuestan sin comer.

Las Guerras del Cáucaso (5): El supuesto ‘genocidio’ de los chechenos

El 23 de febrero de 1944 los chechenos estaban o en el exilio o en su país, o combatiendo en el Batallón Bergmann o combatiendo en el Ejército Rojo. La inmensa mayoría estaban en su país y combatiendo en las filas del Ejército Rojo. Los demás, los que acompañaban a la Wehrmacht en su retirada, se dedicaban a ahorcar guerrilleros en Grecia. Sin embargo, los que se quedaron en la URSS fueron introducidos -todos- en 180 trenes y trasladados al otro lado del Mar Caspio, a Kazajistán.

A partir de aquí todo lo demás es falso y forma parte de la guerra sicológica imperialista:

— no fueron trasladados a Siberia
— no murió la mitad en el trayecto porque duró unas pocas horas
— no se trataba de ninguna venganza.

En este punto habría que establecer muchas precisiones históricas. La evacuación no cayó sólo sobre los chechenos sino sobre varios pueblos caucásicos. En aquellos trenes entraron -insistimos- todos los chechenos: también los militantes del Partido bolchevique, los funcionarios soviéticos, los cooperativistas de los koljoses, etc. Por tanto, no sólo se desplazó a la sociedad sino que se desplazó al Estado, a la propia República chechena, con todo lo que se pudo poner sobre los raíles: no marcharon las escuelas pero marcharon los maestros, no marcharon los hospitales pero marcharon los médicos, y así sucesivamente.

Menos atrevidos, algunos como Jruschov no hablan de genocidio pero sí de deportación, de castigo. El Ejército Rojo no se vengó sino que impartió justicia con los chechenos colaboracionistas en cuanto los capturaron, especialmente al finalizar la guerra mundial. No era el caso de los que se quedaron, que fueron evacuados por razones puramente militares.

En febrero de 1944 la guerra continuaba y aún no se podía saber si Alemania estaba en condiciones de contratacar, en qué dirección lo haría y si, en tal caso, Turquía entraría en ella o no. Lo cierto es que al otro lado de la frontera estaban desplegadas gran número de divisiones turcas.

No hay ninguna guerra moderna sin grandes desplazamientos de población. En la guerra civil española, el gobierno del PNV envió por barco a Londres a una buena partida de niños vascos y lo mismo hizo el Frente Popular, que envió otro contingente a Moscú. Cuando al final de la guerra cayó Barcelona, salieron a Francia casi dos millones de republicanos, cuatro veces más que los chechenos. Lo que diferencia a los desplazamientos soviéticos durante la II Guerra Mundial de todos los demás (y de todas las demás guerras) es que, en lugar de caóticos, fueron cuidadosamente preparados y planificados para que las poblaciones padecieran el mínimo posible. En 1941, antes del comienzo de la guerra, Stalin (de quien dicen que el ataque nazi le pilló de improviso) también desplazó grandes contingentes de población, unas por razones económicas y otras, como los alemanes del Volga, por evidentes razones políticas. No es por casualidad que todos esos desplazamientos afectaran a poblaciones fronterizas o que podían ser alcanzadas por la guerra. Como bien sabían los imperialistas, las fronteras fueron siempre el punto débil de la defensa soviética y la guerra con Finlandia y las anexiones de los paises bálticos en 1940 tenían ese objetivo estratégico.

El desplazamiento era puramente temporal. En 1956 el pueblo checheno retornó a su tierra natal. La República Autónoma de Chechenia e Ingushetia volvió a figurar en los mapas. Se establecieron diversas reparaciones para ellos. El gobierno soviético otorgó facilidades especiales para la educación superior de los chechenos, lo cual permitió que se graduaran numerosos profesionales e incluso oficiales del Ejército soviético. Por ejemplo, Dudaiev y Masjadov, los dos primeros dirigentes de Chechenia tras la caída de la URSS, eran de aquellos niños deportados durante la guerra y alcanzaron -nada menos- que el rango de generales del Ejército soviético. Nos tratan de hacer creer en una oposición irredenta de los chechenos a integrarse en la URSS que nosotros no advertimos por ninguna parte. Se nos antoja un poco difícil comprender cómo aquellos dos niños, Dudaiev y Masjadov, que padecieron tan salvaje deportación y que vieron exterminar a su pueblo (a sus familiares, a sus vecinos, a sus amigos) a manos del Ejército soviético, se integraran luego en ese mismo Ejército, cómo juran bandera, alcanzan el grado de generales y se les pone al mando de escuadrones enteros de bombarderos atómicos. Y se nos hace imposible comprender cómo luego, en 1991, vuelven a su país y su pueblo les elige como máximos dirigentes de la nueva República…

Aquí algo falla estrepitosamente. Las cosas no encajan. Por ejemplo, nos quieren hacer creer que al regresar de su deportación a los chechenos se les habían quitado sus propiedades, cuando todos pensábamos que la propiedad privada se había abolido en la URSS…

Por cierto, hablando de este retorno, tenemos otra duda aritmética que quienes hablan acerca de ello quizá nos puedan responder: cómo es posible que Chechenia haya padecido el primer y único genocidio de la historia en el que regresan más habitantes de los que tuvieron que marchar. Los farsantes nos quieren hacer creer que la mitad de los chechenos murieron durante el viaje que los trasladó a Kazajistán; si salieron 400.000, llegaron 200.000 a su destino y cincuenta años después -a pesar de un continuo genocidio soviético- eran 1.200.000, eso significa que la población se había multiplicado por seis, lo cual arroja un fabuloso crecimiento demográfico.

¿Genocidio o baby boom?

Las Guerras del Cáucaso (4): La Segunda Guerra Mundial en el Cáucaso

Legión caucásica de la Wehrmacht
El Cáucaso entra en el Plan Barbarroja de invasión de la URSS de una forma directa y estratégica. Los nazis calculan derribar a la URSS en 10 semanas, pero la heroica resistencia del Ejército Rojo les obliga a prorrogarlo y modificar el proyecto original. Una vez frenados en 1941, los nazis se aprestan a una guerra más prolongada. Durante el verano del año siguiente concentran sus fuerzas en el frente sur, donde la gigantesca batalla de Stalingrado ha eclipsado a la guerra caucásica, en la que los nazis llegaron hasta la ribera del rio Terek, a las mismas puertas de Grozni.
Atacando el Cáucaso los objetivos nazis eran múltiples, entre otros:
— alcanzar los pozos de petróleo de Bakú
— forzar a Turquía a entrar en la guerra al lado del Eje
— enfrentarse a los británicos en Persia y Asia central.
Es bien sabido que, en su escalafón racista, los nazis consideran a los eslavos como infrahumanos (“untermensch”), por lo que podemos imaginarnos la estimación que tenían hacia otros pueblos, como el checheno. A efectos prácticos había dos posiciones entre ellos. Algunos, como Alfred Rosenberg, eran partidarios de la “independencia” de los pueblos del este, de respetar su idiosincrasia y mantener relaciones de colaboración con ellos. Pero también había quienes pretendían simplemente someterlos a la fuerza y reducir a sus habitantes a la servidumbre. Esta última política es la que impusieron el primer año de la guerra, donde las espantosas masacres cometidas en Ucrania y Bielorrusia lanzan a las masas a la resistencia y a la guerra de guerrillas. Al año siguiente aprendieron del fracaso, suavizaron sus modales y trataron de incorporar a los pueblos auctóctonos del Cáucaso a sus filas. Se imponían las tesis de Rosenberg, uno de tantos nazis nacidos en la Rusia zarista, grandes conocedores del país, su idioma y su cultura. De origen alemán pero nacido en Estonia, Rosenberg había estudiado ingeniería en Moscú, de donde huyó tras la Revolución de Octubre, trasladándose a Alemania, siendo con Hitler uno de los fundadores del partido nazi.
Tras la derrota de la URSS, Rosenberg estaba destinado a ser el ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, y para cada uno de ellos (Báltico, Ucrania, Bielorrusia, Cáucaso) tenía planes específicos del papel que debían desempeñar en el futuro (“Generalplan Ost”).
En Alemania, Rosenberg reclutó para los nazis a muchos viejos zaristas y “nacionalistas”, como el georgiano Alexander Nikuradze. Físico, seguidor de las teorías reaccionarias de Spengler y Haushofer, Nikuradze se nacionalizó alemán, se afilió al Partido nazi y fue uno de los que colaboró con Rosenberg para establecer una alianza entre el III Reich y los países del Cáucaso con el fin de “liberar” a éstos del “yugo” soviético. Esa alianza tomaría la forma de una “Confederación” de todos los pueblos caucásicos encabezada por Georgia, que era el único país de la región que tras la I Guerra Mundial, durante su “independencia”, se había alineado con el Reich.
Por tanto, en 1942, una vez fracasado el año anterior el plan de colonización y sometimiento en Ucrania y Bielorrusia, se imponen para el Cáucaso las tesis de Rosenberg y su “Generalplan Ost”. Pero este plan no asume las tesis panturquistas sino las del georgiano Nikuradze. Por tanto, para los nazis, los chechenos y demás pueblos islámicos del Cáucaso sólo eran carne de cañón preparada para ser triturada en el frente. En efecto, una parte del Plan General para el Este es utilizar tropas autóctonas, caucásicas, en la lucha contra el Ejército Rojo, dar la apariencia de que no se trataba de una invasión extranjera sino de una guerra civil contra los bolcheviques, continuación de la anterior.
Dentro de la Wehrmacht se formaron en 1942 unidades de combate georgianas, azeríes y norcaucásicas a las que se le dio el nombre de Legiones Voluntarias Orientales. A diferencia de otras parecidas, como las bálticas, no formaban parte de la Waffen SS sino del ejército regular alemán y estaban dirigidas por mandos alemanes. Estas Legiones eran las siguientes: de Turkestán, de Azerbaián, de Georgia, de Armenia, de los Tártaros y de los Montañeses, que es donde se integraron los chechenos (“Nordkaukasische Sondergruppe”) formando tres batallones: los 801, 802 y 803. Cada batallón musulmán disponía de un “mullah” para las ceremonias religiosas y para arengar a la tropa en la batalla contra los impíos bolcheviques. Habían sustituido la media luna por la cruz gamada, cualquier cosa antes que la hoz y el martillo. En total las Legiones Orientales sumaban 90.000 mercenarios encuadrados en 90 batallones (seis divisiones) de los que sólo 20 entraron en combate en el Cáucaso; a ellos hay que añadir 200 compañías con labores de retaguardia, es decir, para hacer el trabajo sucio represivo. Estas fuerzas eran superiores a las que Alemania dispuso en la región durante la I Guerra Mundial. Los mercenarios de estas Legiones fueron reclutados por el general Ernst Köstring: alemán nacido en Moscú, participó en la I Guerra Mundial, luego fue asesor del atamán Skoropadski durante la guerra civil rusa y la etapa de “independencia” de Ucrania y, finalmente, desde 1927 fue agregado militar de la embajada alemana en Moscú hasta el dia antes del ataque a la URSS. Otro personaje de las Legiones era el general Bicerachov, un fanático zarista que ya había combatido a los bolcheviques en Bakú en 1918 a sangre y fuego. Otra joya era el príncipe cherkés Klyc-Girej, antiguo comandante de la “División Salvaje”, la caballería caucásica que había participado en la I Guerra Mundial y luego contra el Ejército Rojo en la guerra civil. Las hordas que se aprestaban a “liberar” el Cáucaso, además de los jefes nazis, tenían mandos autóctonos de esta calaña.
Sonderverband Bergmann

Pero esto no es lo principal ni tampoco lo más interesante; lo verdaderamente significativo es que, además de esas Legiones, y siempre bajo el mando de oficiales alemanes, los nazis formaron unidades autóctonas del Abwehr, el Servicio de Inteligencia Militar, para la realización de operaciones “especiales”, espionaje, sabotaje y guerra sicológica, tanto en el frente como en la retaguardia. Eran conocidas con el nombre de “Brandenburgo” y fueron las primeras en utilizar a los viejos contrarrevolucionarios y exiliados, lo cual es lógico porque el espionaje y el sabotaje son la antesala de la guerra.

Entre las operaciones “especiales” de los brandenburgueses está la creación de la “Organización Tamara” anotada en el Diario de Operaciones del Alto Mando del Ejército alemán tres días antes del ataque a la URSS. Su objetivo era desencadenar una insurrección en Georgia a las órdenes del teniente Kramer y del suboficial Hauffe, ambos del Abwehr, aunque promovida por comandos especiales compuestos por georgianos. Estos comandos se reclutaron y entrenaron en Rumanía, un país que formaba parte del Eje fascista y donde desde 1917 había una colonia muy importante de exiliados zaristas y “nacionalistas”. El jefe del Abwehr en persona, el almirante Canaris, pasó revista a “sus” hombres durante la jura de bandera. Es fácil imaginar a todos aquellos “nacionalistas” (en realidad contrarrevolucionarios de la más baja estofa) vestidos con uniforme alemán, jurando lealtad eterna y ofrendar su vida para mejor gloria de Alemania y su Führer.

La “Organización Tamara” fracasa por el propio fracaso del Plan Barbarroja y la dilatación de la guerra.

Entonces el Abwehr encomienda a Theodor Oberländer, un profesor universitario convertido en capitán del servicio de inteligencia militar, la formación de la Unidad Especial Bergmann (“Sonderverband Bergmann”). El capitán Oberländer era otro experto conocedor de los pueblos caucásicos, materia de la que impartía sus cursos en la Universidad y que vio entonces la oportunidad de llevar sus teorías a la práctica. Su concepción era similar a la de Rosenberg: para ganar la guerra no se podía aplastar a los pueblos de la URSS, sino todo lo contrario, había que aprovecharlos, engañarlos y prometerles cualquier cosa, incluso la “independencia”, con tal de utilizarlos como carne de cañón contra la URSS.

Oberländer dividió la unidad Bergmann en tres compañías: en la primera estaban los georgianos, en la tercera los azeríes y en la segunda los norcaucásicos, entre ellos los chechenos. Desde Berlín se impidió que las unidades extranjeras que combatían en la guerra dentro del ejército alemán sobrepasaran el rango de un batallón, por lo que la unidad Bergmann llegó a ser el Batallón Bergmann, si bien sus fuerzas reales eran muy superiores. Sus tareas eran las propias de las operaciones “especiales”: preparar el terreno para la llegada de las fuerzas de vanguardia, promover el descontento entre la población, socavar la retaguardia del Ejército Rojo, incendio, sabotaje, etc. Es ocioso subrayar que muchas de estas operaciones se realizaban previa infiltración tras las líneas enemigas, vistiendo uniformes del Ejército Rojo y con armamento soviético. Una vez conquistado el Cácaso y mientras los alemanes seguían avanzando, la misión del Batallón era de “limpieza” represiva: ahorcar a los comunistas, a los koljosianos, a los guerrilleros, a los funcionarios soviéticos y, finalmente, formar los ejércitos de los nuevos Estados “independientes”

Pero el Batallón Bergmann no era más que uno de tantas otras fuerzas autóctonas que luchaban bajo uniforme alemán contra sus propios compatriotas (lo cual resulta también muy “nacionalista”), y no en el frente precisamente sino en las tareas más sucias y criminales de retaguardia. Ya hemos mencionado el caso de las Legiones de Voluntarios; vamos a enumerar algunas otras:

— RNNA o Ejército Nacional del Pueblo Ruso al mando del coronel Bojarski (seis batallones, unos 10.000 criminales) que no luchaba en el frente sino contra la guerrilla en tareas policiacas de “limpieza”
— el 120 Regimiento de Cosacos del Don al mando del coronel Kononov, unos 3.000 también dedicados a labores policiacas de retaguardia
— el Ost Ausbildung Regiment “Mitte”, cinco batallones bajo la dirección del teniente coronel Janenko; también realizaba operaciones antiguerrilleras
— RONA o Ejército de Liberacion del Pueblo Ruso, casi 20.000 pistoleros a las órdenes del general Kaminski, siempre en misiones de “limpieza”
— la Brigada Druzina del teniente coronel Rodionov, creada por la Waffen SS.

Dentro de los planes de guerra del Cáucaso, el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores convocó una reunión con los dirigentes en el exilio de los pueblos autóctonos del Cáucaso para abordar la ocupación como una auténtica liberación y atraerse así a Turquía a esta campaña. Presidió la reunión el conde Von Schulemburg, el mismo que había dirigido a las tropas alemanas destacadas en Georgia al final de la I Guerra Mundial, el mismo que en 1939, cuando era embajador en Moscú, preparó la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. En la reunión había muchos viejos conocidos que llegaron hasta Berlín desde Turquía. Estaba el checheno Said Beck Shamil; estaba el ingushe Dzabagi, antiguo Presidente de la República de los Pueblos del Cáucaso; estaba Jakub, dirigente del partido azerí “Mussawat”; estaba Bagration, príncipe heredero de Georgia,…

Los temas de negociación no sólo concernían a la limpieza de comunistas del Cáucaso; también había que expulsar de allá a todos los rusos, eslavos y, en general, a los no originarios de la región. La limpieza debía ser a la vez política y étnica.

No vamos a narrar la guerra del Cáucaso que, al mando de Von Kleist, se inició en el verano de 1942 y llegó justo hasta el río Terek, penetrando sólo unos pocos kilómetros en territorio checheno. Seis meses después, en diciembre del mismo año, los nazis y sus acompañantes volvieron a fracasar y recularon hasta las estepas del Don. Con ellos huyeron los colaboracionistas que no pudieron ser inmediatamente apresados. En combates feroces, las Legiones Orientales tuvieron numerosas bajas y se tuvieron que unir al Batallón Bergmann que, fuera de su ámbito y de la misiones previstas, tuvo que reconvertirse en Crimea en una unidad de combate, algo para lo que no estaba entrenado.

Al final de la guerra, conscientes del destino que les esperaba, las compañías del Batallón Bergmann trataron de entregarse a los británicos y a los norteamericanos, sabedores de que con ellos tenían más posibilidades de salvar el pellejo que con los soviéticos. No todos lo lograron; algunos fueron entregados al Ejército Rojo, identificados y pasados por la armas. Ya hemos presentado muy brevemente las biografías de algunos de aquellos pretendidos “libertadores” del Cáucaso. Podemos explorar la biografía de algunos otros que lograron escapar, como el comandante azerí Fatalibejli-Dudanginski, un desertor del Ejército Rojo que se pasó al bando contrario, donde ascendió en el Batallón Bergmann y llegó a mandar una compañía cuando cayeron muertos los mandos alemanes. No fue capturado al final de la guerra y de la represión se pasó a la política, llegando a convertirse en uno de los dirigentes del exilio anticomunista azerí. Pero no se libró de su justo castigo: un agente del contraespionaje soviético le ejecutó en Munich en 1954. El mariscal Von Kleist fue capturado por los ingleses en 1945, entregado a los yugoeslavos, quienes a su vez lo entregaron a los soviéticos, donde murió en un presidio en 1954. Escapó Theodor Oberländer, el creador del Batallón, que luego fue diputado y ministro en la República Federal de Alemania en la década de los años cincuenta. Fue juzgado en rebeldía en la República Democrática Alemana en 1960 y condenado por crímenes de guerra a cadena perpetua. Había dirigido la matanza de Lvov. Lamentablemente la sentencia no se pudo ejecutar. Tras la caída del muro, Oberländer tuvo la desfachatez de limpiar -era su especialidad- su memoria: en 1993 inició un pleito para anular la sentencia dictada en Alemania oriental y lo peor es que lo logró porque -dijeron los nuevos tribunales “democráticos” de Berlín- el fallo anterior se había fundado en pruebas “falsas”. Pudo morir plácidamente cinco años después en Bonn con la conciencia muy tranquila.

Para mayor gloria del Batallón Bergmann, vamos a finalizar narrando que continuó cumpliendo las funciones para las que había sido adiestrado, especialmente la lucha antiguerrilera en Ucrania, Grecia y Yugoeslavia, cuyos habitantes conocieron la brutalidad y el salvajismo de sus métodos de “limpieza”. La II Compañía, en la cual servían precisamente los chechenos, fue destinada al final de la guerra a Polonia; más concretamente fue la que aplastó inmisericordemente la sublevación del ghetto de Varsovia…

El uniforme de los soldados de las Legiones Orientales sólo se diferenciaba del de la Wehrmacht por un pequeño detalle: en su gorro llevaban como insignia un “kindjal”, la navaja caucásica. Los chechenos que asesinaron dentro de las unidades alemanes, son criminales de guerra, aunque imaginamos que también serían absueltos por los tribunales imperialistas alemanes, como su jefe, el capitán Oberländer. Limpieza de sangre, limpieza étnica, limpieza política… la política nazi e imperalista es siempre limpia y por eso queda también limpia de pruebas. A ellos sí hay que absolverles; a nosotros, los comunistas, a los que estamos en las barricadas contra el fascismo, a nosotros hay que condenarnos. Nosotros además de criminales somos mentirosos. Y somos criminales porque llevamos al pueblo checheno al genocidio el 23 de febrero de 1944.

Vamos a comprobar también ésto.

#Stalin sobre la igualdad concebida desde el punto de vista del #marxismo

Israel tragando sapos y culebras

Mientras Mahmoud Abbas presidente de la «autoridad» palestina se apresura en condenar un combate entre militantes palestinos y policías israelíes en Jerusalén, el régimen sionista se ve forzado a negociar con Hamás.

Fuentes israelíes y palestinas confirmaron que una delegación oficial israelí se encuentra en El Cairo negociando un canje de prisioneros con Hamás, si bien las negociaciones no tienen lugar de manera directa.

Los servicios de inteligencia egipcios son quienes van de una delegación a la otra con el fin de hacer progresar la negociación.

De acuerdo con fuentes israelíes, la delegación de este país visitó en dos ocasiones la capital egipcia en menos de una semana para hablar de sus prisioneros, dos soldados, a quienes se considera muertos, y dos civiles, que con toda probabilidad están vivos.

Hamás se niega a confirmar detalles de esos cuatro prisioneros hasta que Israel no libere a decenas de prisioneros que ya fueron liberados hace unos años, cuando el acuerdo por el soldado Guilad Shalit, y que posteriormente fueron encarcelados de nuevo.

Esta semana el diario Yediot Ahronot de Tel Aviv reveló que la primera fase de las negociaciones está muy cercana a su final y en ella Hamás dará las señales vitales de los cuatro prisioneros israelíes que tiene en su poder.

Sputnik

¿Qué eran la reforma económica de la Perestroika y la reforma política del Glásnost?; Equipo de Bitácora (M-L), 2016

«Muchos afirman que si el capitalismo se hubiera restaurado ya años antes; ¿para qué habría necesitado la Perestroika y el Glásnost Gorbachov y compañía? Para empezar hay que decir que la forma que adopte el sistema capitalista –económicamente y políticamente– es variado como hemos hablado con algunos ejemplos anteriormente.

Respondiendo a la cuestión, la Perestroika no era sino la conclusión esperada a la que estaba avanzando el revisionismo soviético, la línea lógica según los resultados de las primeras reformas económicas de 1953 y sucesivas. Es decir, traducido a un lenguaje más concreto, para que nos entienda el lector sino está bien informado de la historia de la URSS de aquellos años: la reforma era la consecuencia del panorama de una economía estancada, una cada vez mayor dependencia del mercado capitalista mundial y endeudamiento progresivo, entre otros factores económicos:

«La «Perestroika» de Gorbachov apareció en la situación de dificultades y contradicciones, de estancamiento y crisis, a la que la Unión Soviética ha llegado y de la cual era producto de su línea antimarxista llevaba a cabo por sus direcciones revisionistas». (Vangjel Moisiu; La esencia antisocialista de la «perestroika» gorbachoviana analizada a la luz de las enseñanzas del camarada Enver Hoxha, 1988)

Al igual que Jruschov en su día, o que Brézhnev, las reformas de Gorbachov –claramente de inspiración capitalista y en contra de los intereses de las masas trabajadoras–, se presentaron no como un atentado a los intereses de los trabajadores soviéticos, sino como una rectificación de errores en la construcción socialista, y se vendían como una mejora del socialismo y prometiendo una mejora en la situación de las masas trabajadoras, pero era un ridículo:

«La «Perestroika», no asegura ni puede asegurar la «regeneración del socialismo». Es una tentativa de modificar y liberalizar el sistema actual fosilizado por el capitalismo monopolista de Estado, a fin de que sea más manejable y eficiente dando impulso a la libre iniciativa privada, la economía de mercado privado y el beneficio, como factores vigorizantes que contribuyan a superar las dificultades y sacar a la economía de su atraso por estos métodos, medios y vías capitalistas. En la actualidad, en la Unión Soviética se habla abiertamente del desarrollo del sector privado, se están creando allí empresas mixtas con capital extranjero, se prácticamente libremente transacciones en el comercio exterior, etc». (Vangjel Moisiu; La esencia antisocialista de la «perestroika» gorbachoviana analizada a la luz de las enseñanzas del camarada Enver Hoxha, 1988)

Por supuesto, pese a los fenómenos capitalistas de la URSS en esos años, y pese al carácter de las reformas, todavía los apologistas del revisionismo soviético mantenían que estas reformas de la Perestroika y el Glásnost eran un «reajuste y mejora del socialismo» y que el socialismo seguía existiendo allí y que era menester apoyarlo. Hoy en día muchos de estos partidos –los cuales la mayoría siguen siendo apologistas del revisionismo soviético en mayor o menor medida– se avergüenzan de estos epítetos e intentan borrar la historia de su partido y su posición sobre este tema.

¿Y que era la Glásnost? Eran reformas de tipo políticas, que si bien dijimos que no tocaremos en este documento, es necesario darle un pequeño repaso. La Glásnost en teoría era una ampliación de mayor «democracia», para corregir los males de la sociedad y el sistema como podrían ser la corrupción, burocracia y diversos problemas. Bien, este sería un buen resumen:

«La democracia de la «Glásnost» tiene como objetivo difundir ilusiones sobre el «carácter democrático» del orden en vigor, para engañar a las masas, haciéndolas creer que se prestará más atención al factor humano en la línea de ambiciones del equipo dirigente y la clase burguesa en el poder. Además, el equipo de Gorbachov, dando a conocer los fenómenos negativos que no son nuevos ni desconocidos para las masas trabajadores, tiene como objetivo desentenderse de ello y camuflar las verdaderas causas de estos fenómenos colocando la culpa a los «errores subjetivos» de sus predecesores. En segundo lugar, la «Glásnost» prepara el terreno ideológico y teórico para profundizar la contrarrevolución revisionista». (Vangjel Moisiu; La esencia antisocialista de la «perestroika» gorbachoviana analizada a la luz de las enseñanzas del camarada Enver Hoxha, 1988)

Sumando estas y otras contradicciones internas no podía dar otro fin a la Unión Soviética que: 1) en lo económico una mayor concesión al capital privado extranjero, una mayor concesión a la abierta propiedad privada dejando de ser el capitalismo de Estado el sector predominante; 2) en lo político una desmembración de la URSS como Estado Federal de Repúblicas –debido a la crisis económica y al agudizamiento de distintos nacionalismos–. En este caso lo que no era obligatorio ni fue un final anunciado –aunque era posible antes de suceder–, era la sustitución del régimen socialfascista por el demócrata-burgués, de tipo parlamentario y multipartidista.

Por supuesto también en esta situación en que se fue encontrando la URSS –bajo problemas económicos y políticos– era normal e incluso inevitable ser testigos de la pugna entre distintas facciones de la burguesía.

Para finales de los 80 pudimos ver por un lado las que no veían con buenos ojos las reformas del momento viéndolas como apresuradas creyendo que perderían respaldo político –jruschovistas y brézhnevistas– o viendo que podían poner en jaque sus intereses económicos, y por otro lado las corrientes que deseaban afianzar y acelerar estas reformas creyendo que así se agrandarían su poder político y económico –gorbachovistas y yeltsinistas; corrientes que además contaban en ese momento con un apoyo exterior de los imperialismos occidentales frente a las otras corrientes internas–.

La variedad de problemas y situaciones hicieron que las pugnas en la URSS por el rumbo político y económico existieran y versaran sobre distintas cuestiones: diferentes facciones debido a los intereses distintas regiones territoriales y cuotas de poder –chovinismo ruso versus nacionalismos bálticos por ejemplo–, o diferentes facciones debido a los diferentes intereses de los sectores de la economía –directores de la industria armamentística versus directores de la agricultura–. Para que el lector entienda la formación de estas facciones y estas pugnas de poder: si los gorbachovistas declaraban «el fin de la Guerra Fría» y desmontaban gran parte del entramado de la industria armamentística como exigía los Estados Unidos, los directores del empresa apoyarían a los viejos jruschovistas-brézhnevistas que habían mantenido una gran inversión del PIB en la industria armamentística; si los gorbachovistas hablaban de la disolución de la URSS, y con ello también del CAME y el Pacto de Varsovia, los chovinistas rusos apoyarían a los viejos jruschovistas-brézhnevistas y su corriente en el partido que en su día sí mantuvieron a las repúblicas dentro de la URSS y que mantuvieron «en orden» al resto de países bajo la órbita de la URSS, y así sucesivamente.

Estas pugnas se acabaron reflejando en grandes riñas entre jruschovistas y brézhnevistas en los 60, o entre los brézhnevistas y los «renovadores» –futuros gorbachovistas– a finales de los 70, entre los gorbachovistas y los instigadores del intento de golpe de Estado de 1991 –capitaneado por jruschovistas y brézhnevistas ahora en alianza–, y pasado un tiempo en la pugna del poder entre gorbachovistas y yeltsinistas.

No nos atañe analizar en profundidad cada una de estas facciones sino que el lector debe ser consciente que habiendo en juego tantos factores el número de intereses y facciones es mayor y el número de cuantiosos choques se hace inevitable. China ha sido por ejemplo un país donde el desarrollo de la lucha de clases de las diferentes facciones e ideologías de la burguesía ha suscitado un gran número de conflictos y peleas internas a lo largo del siglo XX». (Equipo de Bitácora (M-L); Algunas cuestiones económicas sobre la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y su carácter socialimperialista, 2016)

Las Guerras del Cáucaso (3): La política nacional de la Revolución de Octubre en el Cáucaso

Hoy apenas podemos concebir siquiera la magnitud impresionante que supuso la creación de la URSS como una comunidad de naciones precisamente en un momento histórico en el que en todo el mundo capitalista los Estados multinacionales desaparecían y en el que se producían gravísimos dramas, como el salvaje genocidio armenio en 1920. A muy pocos kilómetros de distancia, el panorama nacional a un lado y otro de las fronteras soviéticas era radicalmente dispar. En el Imperio Austro-Húngaro había once nacionalidades; en la Unión Soviética más cien.

Certeramente apuntó Stalin que mientras en occidente las naciones habían precedido a los Estados, en oriente sucedió al revés (1). Lo mismo cabe decir de la URSS, donde se concedió un estatuto nacional (y por tanto un reconocimiento político) a pueblos que, por su enorme atraso, no formaban verdaderamente unidades nacionales. La política nacional de la URSS, dijo Stalin, era igualitaria y otorgó el mismo tratamiento político a las nacionalidades clásicas (como Ucrania o Georgia) que a las pequeñas tribus, muchas de ellas inmersas en otros conjuntos nacionales y subyugadas por ellos. Así, existía un enclave armenio en territorio azerí (Nagorno Karabaj) y un enclave azerí en Armenia (Najichevan). Lo mismo sucedía con el encave abjasio dentro de Georgia. Según la nueva disposición nacional igualitaria de la URSS, los georgianos tenían los mismos derechos que los rusos, pero, a su vez, los abjasios tenían los mismos derechos que los georgianos.

En el V Congreso de la Internacional Comunista un militante turco dijo que los imperialistas aspiraban a conquistar los territorios de oriente, mientras los comunistas aspiraban a conquistar el corazón de oriente. Esto supuso un impacto social de primer orden en las sociedades caucásicas, especialmente entre aquéllas de tradición nómada, que fueron dotadas de todas los servicios de un Estado: un aparato político, un partido comunista local, una estructura estatal (Consejo de Ministros, gobierno republicano, jefe de Estado), una cultura nacional de la que la lengua era la piedra angular, una Universidad y una Academia de Ciencias y unos símbolos nacionales, como bandera e himno. La Revolución de Octubre aplica todos los derechos nacionales a una región que, por tradición histórica y cultural, los desconoce y forja todos los elementos conceptuales históricos, etnográficos y lingüísticos que proporcionan legitimidad al estatuto político de las nuevas repúblicas nacionales. Su existencia, a falta de un nacionalismo anterior que las fundamentara, está justificada por el desarrollo del estatuto que el proletariado soviético les confiere.

Esas naciones existen y sobreviven hoy gracias a la Revolución; esas naciones progresaron gracias al titánico esfuerzo de la URSS. Y por tanto, su dramática situación actual tiene ese mismo origen: ya no existe la URSS. Los imperialistas jamás han reconocido y jamás reconocerán nunca este gigantesco avance de la humanidad que, en medio de las más terribles condiciones externas, es ejemplar y sin precedentes en la historia. Por todo ello es comprensible que su esfuerzo esté destinado a ocultarlo y tergiversarlo.

Aquello rompió los moldes tradicionales: la URSS dividió para unir y unió para dividir. En primer lugar, fragmentó las grandes superestructuras que se pretendían crear artificialmente sobre bases lingüísticas, culturales (panturquismo) o religiosas (panislamismo). En segundo lugar, rompió con las arcaicas estructuras sociales basadas en los linajes o en la religión. Por ejemplo, Stalin dirigió un mensaje al I Congreso de Mujeres de la República Montañesa, que agrupaba -entre otras- a las mujeres chechenas e ingushes. Stalin, que no pudo asistir por encontrarse enfermo, les llama a que se organicen para impulsar la revolución (2). No es difícil imaginar el impacto que este tipo de situaciones tuvo que tener en una sociedad islámica que relegaba a la mujer a las labores del hogar.

Como es natural, los janes tradicionales perdieron sus prerrogativas políticas, pero no las abandonaron de buena gana. Esto se observa con más claridad aún en 1929, con la colectivización, que en 1917.

En 1917 estalló una gran revolución en Rusia pero en muchas regiones el viejo Estado zarista simplemente se desplomó y los bolcheviques, acuciados por la guerra civil, no llegaron inmediatamente. Por ello, varios pueblos del Cáucaso proclamaron su independencia. En mayo de 1918 se proclamó la República de los Pueblos del norte del Cáucaso, de la que formaron parte los chechenos junto con otros pueblos. Como dijo Stalin, esa República era inviable desde todos los puntos de vista:

— no interesaba a las potencias imperialistas vencedoras de la guerra mundial
— tampoco a la contrarrevolución zarista
— Turquía había sido derrotada y, a su vez, debía defenderse de los tiburones imperialistas.

Durante la guerra civil el viejo ejército zarista que invade el Cáucaso lo integran cosacos, los viejos enemigos de los montañeses musulmanes, comandados por el general blanco Anton Denikin. Su objetivo es tanto aplastar a los bolcheviques como a los independentistas caucásicos. En la nueva Turquía a la que se dirigen los independentistas, Ataturk no les presta apoyo y, además, firma un tratado internacional con los bolcheviques. Además se reproducen las ancestrales disputas internas entre ellos. En marzo de 1919 armenios y azeríes se enfrentan por Nagorno-Karabaj.

La única posibilidad para todos los pueblos de la región es unirse entre ellos y unirse a los bolcheviques. Así lo hace el jeque dagestano Unzun Hayi y, partir de septiembre de 1919, las zonas liberadas por la alianza de los bolcheviques y los independentistas forman el Emirato del norte del Cáucaso.

En 1920 acaba la guerra civil en el Caúcaso con la derrota de Denikin. El Ejército Rojo controla Chechenia, donde es recibido como una fuerza de liberación. Los imperialistas aprenden rápido y cambian de estrategia. Tras la muerte de Unzun Hayi, se vuelven “nacionalistas” y convierten a los nuevos países independizados en plataformas desde las que preparan el ataque a los soviets. Como observó el IV Congreso de la Internacional Comunista, “se armó un dique de pequeños estados vasallos alrededor de Rusia para sofocar a esta última en la primera ocasión”. Para aplastar a los bolcheviques, los imperialistas promueven en setiembre de 1920 un levantamiento de los montañeses contra los soviets. Lo dirige Said Beck Shamil, nieto del mítico León de Daguestán. Los bolcheviques no caen en la provocación y el enfrentamiento. El 16 de octubre de 1920 Stalin viaja a Vladikavkaz y, con el apoyo de Ordjonikidzé y Kirov, convoca dos Congreso de representantes, uno de los pueblos de Daguestán y otro de los montañeses. En este último pronuncia un discurso clave en el que afirma que los bolcheviques no van a hacer concesiones porque se encuentren en una situación de debilidad sino todo lo contrario; tras la victoria en la guerra civil están fuertes y esa es la importancia de los planes que les presentan a los caucasianos. Van a adoptar una serie de medidas a largo plazo porque están convencidos de que son justas. Por el contrario, dice Stalin, las que se toman bajo presión, a regañadientes, no pueden ser duraderas. En fin, les dice que no trata de ganarse su apoyo, y añade:

“Camaradas montañeses, el antiguo periodo de la historia de Rusia, aquel durante el cual los zares y los generales zaristas menospreciaban vuestros derechos, aniquilaban vuestras libertades, aquel periodo de opresión y de esclavitud ha acabado para siempre. Hoy, cuando el poder ha pasado en Rusia a manos de los obreros y de los campesinos, no debe haber oprimidos en el país”.

“Acordando vuestra autonomía, Rusia os restituye con ella la libertades que os robaron los zares sedientos de sangre y los generales zaristas opresores. Es decir que vuestra vida interior se debe edificar según vuestro modo de existencia, vuestros usos y costumbres, bien entendido, dentro del marco de la Constitución general de Rusia”.

De inicio, Stalin decreta una amnistía para los sublevados y, sobre todo, consigue el apoyo del campesinado pobre checheno con la reforma agraria. Finalmente, explica el proyecto de crear una Unión de Repúblicas Socialistas en la que todos los pueblos montañeses dispondrán de una amplia autonomía que, en la práctica, significaba la independencia total. Moscú no podía interferir en los asuntos internos de la República montañesa ni en su ordenamiento legal. Ahora bien, les dice Stalin, aunque el poder soviético ha tomado medidas contra los cosacos, que habían agredido a los montañeses, y les ha desahuciado de las granjas para instalar en ellas a los chechenos, eso no autoriza a éstos a humillar a aquellos, agredirles, robarles el ganado o violar a sus mujeres porque “el poder soviético defiende a los ciudadanos de Rusia a título igual, sin distinción de nacionalidad, sean cosacos o montañeses” (3).

Las propuestas de Stalin fueron aceptadas y el levantamiento de Said Beck Shamil cesó sin derramamiento de sangre. El Congreso de los pueblos de la Montaña acabó constituyendo la República Autónoma Socialista Soviética de la Montaña (Gorskaya), junto con Nazran, Vladikavkaz, Kabardia, Balkaria y Karatchaev. Luego se fueron desgajando de ella estas últimas nacionalidades, hasta que desapareció el 7 de julio de 1924. A partir de entonces Chechenia fue una Región Autónoma (Oblast) integrada en la República Autónoma de Chechenia-Ingushetia.

Pero los imperialistas no dejan de acechar. El 10 de junio de 1921 el gobierno francés promueve en París la formación de la Unión de Repúblicas del Cáucaso, integrada por contrarrevolucionarios zaristas georgianos, azeríes, armenios y montañeses. Se produce un levantamiento reaccionario en Georgia en agosto de 1924, al año siguiente es derrotado el imán Najmudin, aunque la situación se agrava especialmente partir de la colectivización de 1929 que desata la lucha contra los “bey”, los campesinos acomodados, equivalente de los kulaks en Rusia. Los jeques islámicos reaparecen encabezando una resistencia feroz. Entre 1931 y 1934 se registran 69 atentados contra bolcheviques, cooperativistas y funcionarios sólo en Ingushetia-Chechenia. Se produce un éxodo -otro más- hacia Turquía de los montañeses que no aceptan la colectivización.

Al otro lado de la frontera turco-soviética, se mantenía la misma política de Ataturk de preservar buenas relaciones con la URSS. Sin embargo, en algunos sectores reaccionarios, el panturquismo seguía latente; en Turquía seguían viviendo los desplazados por el Imperio zarista y a ellos se unirían los contrarrevolucionarios que salieron de la URSS en tres las oleadas sucesivas: tras la Revolución de Octubre (1917), la guerra civil (1920) y la colectivización (1929). Al otro lado de la frontera, todos esos desplazados esperaban la revancha y aunque ya no tenían el apoyo del gobierno, otro apoyo -aún más fuerte- vino a sustituirle: Alemania. Las tesis panturquistas coinciden con las pangermanistas. En 1936 Gerhard Von Mende publica su obra “Der nationale Kamf der Russlandturken” (La lucha nacional de los turcomanos de Rusia) y muy poco después tendrá ocasión de llevar a cabo sus proyectos como dirigente del Ministerio alemán para los Territorios Ocupados del Este. Los nazis también publican en 1938 el libro de Mirza Bala “Historia de la nación azerí” y tratan de captar la atención de Turquía sobre los pueblos musulmanes del Cáucaso para integrarla en los planes que los nazis tienen sobre la región.

No se trató sólo de los pueblos islámicos. Salvo los armenios, la mayor parte de los contrarrevolucionarios del Cáucaso en el exilio se agruparon en 1928 en la Liga Prometeo, con sede en Varsovia, que se atribuía la representación de los pueblos “oprimidos” de la URSS.

Los imperialistas alemanes también utilizaron a los georgianos durante la I Guerra Mundial para socavar la retaguardia rusa. En Berlín existía un Comité Nacional Georgiano encabezado por el príncipe Macabeli y Tsereteli, que en 1915 reclutó una Legión Georgiana de 1.200 hombres para combatir junto al Ejército turco en Transcaucasia.

Lo mismo cabe decir de los armenios, si bien en este caso, la vinculación de los contrarrevolucionarios es con las potencias occidentales, a causa de su enfrentamiento con Turquía, que ocasionó -no lo olvidemos- un siniestro genocidio. Pero también hasta allá llegaban los tentáculos alemanes: entre 1926 y 1945 Paul Rohrbach, especialista en las minorías nacionales soviéticas, es presidente de la Sociedad Germano-Armenia.

Por tanto, tras la I Guerra Mundial los imperialistas alemanes retoman una parte de las redes contrarrevolucionarias organizadas fuera de la URSS, especialmente las panturquistas, con el fin de utilizarlas en su propio beneficio, y pronto las reforzarán para ponerlas en funcionamiento. Los servicios secretos de Alemania controlaban los contactos que el Imperio Otomano había tenido en Chechenia y las afianzaron con los “bey” opuestos a la colectivización y que diez años después formaron el denominado gobierno checheno en el exilio encabezado por Israilov y Sheripov. En junio de 1942 este gobierno fantoche checheno reparte una circular pidiendo a la población que “reciba a los alemanes como huéspedes bienvenidos” y declara que los nazis serían saludados con hospitalidad si reconocían la independencia de Chechenia.

Notas:

(1) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.26
(2) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.59
(3) Stalin, Congreso de los pueblos de Terek, Oeuvres, tomo IV, pg.347.

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