La gens y el Estado en Roma; Friedrich Engels, 1884

«Según la leyenda de la fundación de Roma, el primer asentamiento en el territorio se efectuó por cierto número de gens latinas –cien, dice la leyenda–, reunidas formando una tribu. Pronto se unió a ella una tribu sabelia, que se dice tenía cien gens, y, por último, otra tribu compuesta de elementos diversos, que constaba asimismo de cien gens. El relato entero deja ver que allí no había casi nada formado espontáneamente, excepción hecha de la gens, y que, en muchos casos, ésta misma sólo era una rama de la vieja gens madre, que continuaba habitando en su antiguo territorio. Las tribus llevan el sello de su composición artificial, aunque están formadas, en su mayoría, de elementos consanguíneos y según el modelo de la antigua tribu, cuya formación había sido natural y no artificial; por cierto, no queda excluida la posibilidad de que el núcleo de cada una de las tres tribus mencionadas pudiera ser una auténtica tribu antigua. El eslabón intermedio, la fratria, constaba de diez gens y se llamaba curia. Había treinta curias.

Está reconocido que la gens romana era una institución idéntica a la gens griega; si la gens griega es una forma más desarrollada de aquella unidad social cuya forma primitiva observamos entre los pieles rojas americanos, cabe decir lo mismo de la gens romana. Por esta razón, podemos ser más breves en su análisis.

Por lo menos en los primeros tiempos de la ciudad, la gens romana tenía la constitución siguiente:

1) El derecho hereditario recíproco de los gentiles; los bienes quedaban siempre dentro de la gens. Como el derecho paterno imperaba ya en la gens romana, lo mismo que en la griega, estaban excluidos de la herencia los descendientes por línea femenina. Según la ley de las Doce Tablas –el monumento del Derecho romano más antiguo que conocemos–, los hijos heredaban en primer término, en calidad de herederos directos; de no haber hijos, heredaban los agnados –parientes por línea masculina–; y faltando éstos, los gentiles. Los bienes no salían de la gens en ningún caso. Aquí vemos la gradual introducción de disposiciones legales nuevas en las costumbres de la gens, disposiciones engendradas por el acrecentamiento de la riqueza y por la monogamia; el derecho hereditario, primitivamente igual entre los miembros de una gens, se limita al principio –y en un período muy temprano, como hemos dicho más arriba– a los agnados y, por último, a los hijos y a sus descendientes por línea masculina. En las Doce Tablas, como es natural, este orden parece invertido.

2) La posesión de un lugar de sepultura común. La gens patricia Claudia, al emigrar de Regilo a Roma, recibió en la ciudad misma, además del área de tierra que le fue señalada, un lugar de sepultura común. Incluso en tiempos de Augusto, la cabeza de Varo, muerto en la selva de Teutoburgo, fue llevada a Roma y enterrada en el túmulo gentilicio; por tanto, su gens –la Quintilia– aún tenía una sepultura particular.

3) Las solemnidades religiosas comunes. Estas llevaban el nombre de «sacra gentilitia» y son bien conocidas.

4) La obligación de no casarse dentro de la gens. Aun cuando esto no parece haberse transformado nunca en Roma en una ley escrita, sin embargo, persistió la costumbre. Entre el inmenso número de parejas conyugales romanas cuyos nombres han llegado hasta nosotros, ni una sola tiene el mismo nombre gentilicio para el hombre y para la mujer. Esta regla es ve también demostrada por el derecho hereditario. La mujer pierde sus derechos agnaticios al casarse, sale fuera de su gens; ni ella ni sus hijos pueden heredar de su padre o de los hermanos de éste, puesto que de otro modo la gens paterna perdería esa parte de la herencia. Esta regla no tiene sentido sino en el supuesto de que la mujer no pueda casarse con ningún gentil suyo.

5) La posesión de la tierra en común. Esta existió siempre en los tiempos primitivos, desde que se comenzó a repartir el territorio de la tribu. En las tribus latinas encontramos el suelo poseído parte por la tribu, parte por la gens, parte por casas que en aquella época difícilmente podían ser aún familias individuales. Se atribuye a Rómulo el primer reparto de tierra entre los individuos, a razón de dos «jugera» –como una hectárea–. Sin embargo, más tarde encontramos aún tierra en manos de las gens, sin hablar de las tierras del Estado, en torno a las cuales gira toda la historia interior de la república.

6) La obligación de los miembros de la gens de prestarse mutuamente socorro y asistencia. La historia escrita sólo nos ofrece vestigio de esto; el Estado romano apareció en la escena desde el principio como una fuerza tan preponderante, que se atribuyó el derecho de protección contra las injurias. Cuando fue apresado Apio Claudio, llevó luto toda su gens, hasta sus enemigos personales. En tiempos de la segunda guerra púnica, las gens se asociaron para rescatar a sus miembros hechos prisioneros; el Senado se lo prohibió.

7) El derecho de llevar el nombre de la gens. Se mantuvo hasta los tiempos de los emperadores. Se permitía a los libertos tomar el nombre de la gens de su antiguo señor, sin otorgarles, sin embargo, los derechos de miembros de la misma.

8) El derecho a adoptar a extraños en la gens. Se practicaba por la adopción en una familia –como entre los indios–, lo cual traía consigo la admisión en la gens.

9) El derecho de elegir y deponer al jefe no se menciona en ninguna parte. Pero como en los primeros tiempos de Roma todos los puestos, comenzando por el rey, sólo se obtenían por elección o por aclamación, y como los mismos sacerdotes de las curias eran elegidos por éstas, podemos admitir que el mismo orden regía en cuanto a los jefes –«príncipes»– de las gens, aun cuando pudiera ser regla elegirlos de una misma familia.

Tales eran los derechos de una gens romana. Excepto el paso al derecho paterno, realizado ya, son la imagen fiel de los derechos y deberes de una gens iroquesa; también aquí «se reconoce al iroqués».

No pondremos más que un ejemplo de la confusión que aún reina hoy en lo relativo a la organización de la gens romana entre nuestros más famosos historiadores. En el trabajo de Mommsen acerca de los nombres propios romanos de la época republicana y de los tiempos de Augusto («Investigaciones Romanas», Berlín 1864, tomo I [1]) se lee: «Aparte de los miembros masculinos de la familia, excluidos naturalmente los esclavos, pero no los adoptados y los clientes, el nombre gentilicio se concedía también a las mujeres… La tribu –«Stamm», como traduce Mommsen aquí la palabra gens– es… una comunidad nacida de la comunidad de origen –real, o probable, o hasta ficticia–, mantenida en un haz compacto por fiestas religiosas, sepulturas y herencia comunes y a la cual pueden y deben pertenecer todos los individuos personalmente libres, y por tanto las mujeres también. Lo difícil es establecer el nombre gentilicio de las mujeres casadas. Cierto es que esta dificultad no existió mientras la mujer sólo pudo casarse con un miembro de su gens; y es cosa probada que durante mucho tiempo les fue difícil casarse fuera que dentro de la gens. En el siglo VI concedíase aún como un privilegio especial y como una recompensa este derecho, el «gentis enuptio» [2]. Pero cuando estos matrimonios fuera de la gens se producían, la mujer, por lo visto, debía pasar, en los primeros tiempos, a la tribu de su marido. Es indudable en absoluto que en el antiguo matrimonio religioso la mujer entraba de lleno en la comunidad legal y religiosa de su marido y se salía de la propia. Todo el mundo sabe que la mujer casada pierde su derecho de herencia, tanto activo como pasivo, respecto a los miembros de su gens, y entra en asociación de herencia con su marido, con sus hijos y con los gentiles de éstos. Y si su marido la adopta como a una hija y le da entrada en su familia, ¿cómo puede ella quedar fuera de la gens de él?» (págs. 9-11).

Mommsen afirma, pues, que las mujeres romanas pertenecientes a una gens no podían al principio casarse sino dentro de ésta y que, por consiguiente, la gens romana fue endógama y no exógama. Ese parecer, que está en contradicción con todo lo que sabemos acerca de otros pueblos, se funda sobre todo, si no de una manera exclusiva, en un solo pasaje –muy discutido– de Tito Livio (lib. XXXIX, cap. 19), según el cual el Senado decidió en el año de Roma 568, o sea, el año 186 antes de nuestra era, lo siguiente: «uti Feceniae Hispallae datio, deminutio, gentis enuptio, tutoris optio item esset quasi ei vir testamento dedisset; utique ei ingenuo nubere liceret, neu quid ei qui eam duxisset, ob id fraudi ignominiaeve esset»; es decir, que Fecenia Hispalla sería libre de disponer de sus bienes, de disminuirlos, de casarse fuera de la gens, de elegirse un tutor para ella como si su –difunto– marido le hubiese concedido este derecho por testamento; así como le sería lícito contraer nupcias con un hombre libre –ingenuo–, sin que hubiese fraude ni ignominia para quien se casase con ella.

Es indudable que a Fenecia, una liberta, se le da aquí el derecho de casarse fuera de la gens. Y es no menos evidente, por lo que antecede, que el marido tenía derecho de permitir por testamento a su mujer que se casase fuera de la gens, después de muerto él. Pero, ¿fuera de qué gens?

Si, como supone Mommsen, la mujer debía casarse en el seno de su gens, quedaba en la misma gens después de su matrimonio. Pero, ante todo, precisamente lo que hay que probar es esa pretendida endogamia de la gens. En segundo lugar, si la mujer debía casarse dentro de su gens, naturalmente tenía que acontecerle lo mismo al hombre, puesto que sin eso no hubiera podido encontrar mujer. Y en ese caso venimos a parar en que el marido podía transmitir testamentariamente a su mujer un derecho que él mismo no poseía para sí; es decir, venimos a parar a un absurdo jurídico. Así lo comprende también Mommsen, y supone entonces que «para el matrimonio fuera de la gens se necesitaba, jurídicamente, no sólo el consentimiento de la persona autorizada, sino además el de todos los miembros de la gens» (pág. 10, nota). En primer lugar, esta es una suposición muy atrevida; en segundo lugar, la contradice el texto mismo del pasaje citado. En efecto, el Senado da este derecho a Fecenia en lugar de su marido; le confiere expresamente lo mismo, ni más ni menos, que el marido le hubiera podido conferir; pero el Senado da aquí a la mujer un derecho absoluto, sin traba alguna, de suerte que si hace uso de él no pueda sobrevenirle por ello ningún perjuicio a su nuevo marido. El Senado hasta encarga a los cónsules y pretores presentes y futuros que velen porque Fecenia no tenga que sufrir ningún agravio respecto a ese particular. Así, pues, la hipótesis de Mommsen parece inaceptable en absoluto.

Supongamos ahora que la mujer se casaba con un hombre de otra gens, pero permanecía ella misma en su gens originaria. En ese caso, según el pasaje citado, su marido hubiera tenido el derecho de permitir a la mujer casarse fuera de la propia gens de ésta; es decir, hubiera tenido el derecho de tomar disposiciones en asuntos de una gens a la cual él no pertenecía. Es tan absurda la cosa, que no se puede perder el tiempo en hablar una palabra más acerca de ello.

No queda, pues, sino la siguiente hipótesis: la mujer se casaba en primeras nupcias con un hombre de otra gens, y por efecto de este enlace matrimonial pasaba incondicionalmente a la gens del marido, como lo admite Mommsen en casos de esta especie. Entonces, todo el asunto se explica inmediatamente. La mujer, arrancada de su propia gens por el matrimonio y adoptada en la gens de su marido, tiene en ésta una situación muy particular. Es en verdad miembro de la gens, pero no está enlazada con ella por ningún vínculo consanguíneo; el propio carácter de su adopción la exime de toda prohibición de casarse dentro de la gens donde ha entrado precisamente por el matrimonio; además, admitida en el grupo matrimonial de la gens, hereda cuando su marido muere los bienes de éste, es decir, los bienes de un miembro de la gens. ¿Hay, pues, algo más natural que, para conservar en la gens estos bienes, la viuda esté obligada a casarse con un gentil de su primer marido, y no con una persona de otra gens? Y si tiene que hacerse una excepción, ¿quién es tan competente para autorizarla como el mismo que le legó esos bienes, su primer marido? En el momento en que le cede una parte de sus bienes, y al mismo tiempo permite que la lleve por matrimonio o a consecuencia del matrimonio a una gens extraña, esos bienes aún le pertenecen; por tanto, sólo dispone, literalmente, de una propiedad suya. En lo que atañe a la mujer misma y a su situación respecto a la gens de su marido, éste fue quien la introdujo en esa gens por un acto de su libre voluntad, el matrimonio; parece, pues, igualmente natural que él sea la persona más apropiada para autorizarla a salir de esa gens, por medio de segundas nupcias. En resumen, la cosa parece sencilla y comprensible en cuanto abandonamos la extravagante idea de la endogamia de la gens romana y la consideramos, con Morgan, como originariamente exógama.

Aún queda la última hipótesis –que también ha encontrado defensores, y no los menos numerosos–, según la cual el pasaje de Tito Livio significa simplemente que «las jóvenes manumitidas –«libertae»– no podían, sin autorización especial, «e gente enubere» –casarse fuera de la gens– o realizar ningún acto que, en virtud de la «capitis deminutio minima» [3], ocasionase la salida de la liberta de la unión gentilicia» (Lange, «Antigüedades romanas», Berlín 1856, tomo I, pág. 195[4], donde se hace referencia a Huschke respecto a nuestro pasaje de Tito Livio). Si esta hipótesis es atinada, el pasaje citado no tiene nada que ver con las romanas libres, y entonces hay mucho menos fundamento para hablar de su obligación de casarse dentro de la gens.

La expresión «enuptio gentis» sólo se encuentra en este pasaje y no se repite en toda la literatura romana; la palabra «enubere» –casarse fuera– no se encuentra más que tres veces, igualmente en Tito Livio y sin que se refiera a la gens. La idea fantástica de que las romanas no podían casarse sino dentro de la gens debe su existencia exclusivamente a ese pasaje. Pero no puede sostenerse de ninguna manera, porque, o la frase de Tito Livio sólo se aplica a restricciones especiales respecto a las libertas, y entonces no prueba nada relativo a las mujeres libres –ingenuae–, o se aplica igualmente a estas últimas, y entonces prueba que como regla general la mujer se casaba fuera de su gens y por las nupcias pasaba a la gens del marido. Por tanto, ese pasaje se pronuncia contra Mommsen y a favor de Morgan.

Casi cerca de trescientos años después de la fundación de Roma, los lazos gentiles eran tan fuertes, que una gens patricia, la de los Fabios, pudo emprender por su propia cuenta, y con el consentimiento del senado, una expedición contra la próxima ciudad de Veies. Se dice que salieron a campaña trescientos seis Fabios, y todos ellos fueron muertos en una emboscada; sólo un joven, que se quedó rezagado, perpetuó la gens.

Según hemos dicho, diez gens formaban una fratria, que se llamaba allí curia y tenía atribuciones públicas más importantes que la fratria griega. Cada curia tenía sus prácticas religiosas, sus santuarios y sus sacerdotes particulares; estos últimos formaban, juntos, uno de los colegios de sacerdotes romanos. Diez curias constituían una tribu, que en su origen debió de tener, como el resto de las tribus latinas, un jefe electivo, general del ejército y gran sacerdote. El conjunto de las tres tribus, formaba el pueblo romano, el «populus romanus».

Así, pues, nadie podía pertenecer al pueblo romano si no era miembro de una gens y, por tanto, de una curia y de una tribu. La primera constitución de este pueblo fue la siguiente. La gestión de los negocios públicos era, en primer lugar, competencia de un Senado, que, como lo comprendió Niebuhr antes que nadie, se componía de los jefes de las trescientas gens; precisamente, por su calidad de jefes de las gens se llamaron padres –«patres»– y su conjunto, Senado –consejo de los ancianos, de «senex», viejo–. La elección habitual del jefe de cada gens en las mismas familias creó también aquí la primera nobleza gentilicia. Estas familias se llamaban patricias y pretendían al derecho exclusivo de entrar en el Senado y al de ocupar todos los demás oficios públicos. El hecho de que con el tiempo el pueblo se dejase imponer esas pretensiones y el que éstas se transformaran en un derecho positivo, lo explica a su modo la leyenda, diciendo que Rómulo había concedido desde el principio a los senadores y a sus descendientes el patriciado con sus privilegios. El senado, como la «bulê» ateniense, decidía en muchos asuntos y procedía a la discusión preliminar de los más importantes, sobre todo de las leyes nuevas. Estas eran votadas por la asamblea del pueblo, llamada «comitia curiata» –comicios de las curias–. El pueblo se congregaba agrupado por curias, y verosímilmente en cada curia por gens. Cada una de las treinta curias tenía un voto. Los comicios de las curias aprobaban o rechazaban todas las leyes, elegían todos los altos funcionarios, incluso el «rex» –el pretendido rey–, declaraban la guerra –pero el Senado firmaba la paz–, y en calidad de tribunal supremo decidían, siempre que las partes apelasen, en todos los casos en que se trataba de pronunciar sentencia de muerte contra un ciudadano romano. Por último, junto al Senado y a la Asamblea del pueblo, estaba el «rex», que era exactamente lo mismo que el «basileus» griego, y de ninguna manera un monarca casi absoluto, tal como nos lo presenta Mommsen [5]. El «rex» era también jefe militar, gran sacerdote y presidente de ciertos tribunales. No tenía derechos o poderes civiles de ninguna especie sobre la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos, en tanto que esos derechos no dimanaban del poder disciplinario del jefe militar o del poder judicial ejecutivo del presidente del tribunal. Las funciones de «rex» no eran hereditarias; por el contrario, y probablemente a propuesta de su predecesor, era elegido primero por los comicios de las curias y después investido solemnemente en otra reunión de las mismas. Que también podía ser depuesto, lo prueba la suerte que cupo a Tarquino el Soberbio.

Lo mismo que los griegos de la época heroica, los romanos del tiempo de los sedicentes reyes vivían, pues, en una democracia militar basada en las gens, las fratrias y las tribus y nacida de ellas. Si bien es cierto que las curias y tribus fueron, en parte, formadas artificialmente, no por eso dejaban de hallarse constituidas con arreglo a los modelos genuinos y plasmadas naturalmente de la sociedad de la cual habían salido y que aún las envolvía por todas partes. Es cierto también que la nobleza patricia, surgida naturalmente, había ganado ya terreno y que los «reges» trataban de extender poco a poco sus atribuciones pero esto no cambia en nada el carácter inicial de la constitución, y esto es lo más importante.

Entretanto, la población de la ciudad de Roma y del territorio romano ensanchado por la conquista fue acrecentándose, parte por la inmigración, parte por medio de los habitantes de las regiones sometidas, en su mayoría latinos. Todos estos nuevos súbditos del Estado –dejemos a un lado aquí la cuestión de los «clientes»– vivían fuera de las antiguas gens, curias y tribus y, por tanto, no formaban parte del «populus romanus», del pueblo romano propiamente dicho. Eran personalmente libres, podían poseer tierras, estaban obligados a pagar el impuesto y se hallaban sujetos al servicio militar. Pero no podían ejercer ninguna función pública no tomar parte en los comicios de las curias ni en el reparto de las tierras conquistadas por el Estado. Formaban la plebe, excluida de todos los derechos públicos. Por su constante aumento del número, por su instrucción militar y su armamento, se convirtieron en una fuerza amenazadora frente al antiguo «populus», ahora herméticamente cerrado a todo incremento de origen exterior. Agréguese a esto que la tierra estaba, al parecer, distribuida con bastante igualdad entre el «pópulus» y la plebe, al paso que la riqueza comercial e industrial, aun cuando poco desarrollada, pertenecía en su mayor parte a la plebe.

Dadas las tinieblas que envuelven la historia legendaria de Roma –tinieblas espesadas por los ensayos racionalistas y pragmáticos de interpretación y las narraciones más recientes debidas a escritores de educación jurídica, que nos sirven de fuentes– es imposible decir nada concreto acerca de la fecha, del curso o de las circunstancias de la revolución que acabó con la antigua constitución de la gens. Lo único que se sabe de cierto es que su causa estuvo en las luchas entre la plebe y el «populus».

La nueva Constitución, atribuida al «rex» Servio Tulio y que se apoyaba en modelos griegos, principalmente en la de Solón, creó una nueva asamblea del pueblo, que comprendía o excluía indistintamente a los individuos del «populus» y de la plebe, según prestaran o no servicios militares. Toda la población masculina sujeta al servicio militar quedó dividida en seis clases, con arreglo a su fortuna. Los bienes mínimos de las cinco clases superiores eran para la I de 100.000 ases; para la II de 75.000; para la III de 50.000; para la IV de 25.000 y para la V de 11.000, sumas que, según Dureau de la Malle, corresponden respectivamente a 14.000, 10.500, 7.000, 3.600 y 1.570 marcos. La sexta clase, los proletarios, se componía de los más pobres, exentos del servicio militar y de impuestos. En la nueva asamblea popular de los comicios de las centurias –«comitia centuriata»– los ciudadanos formaban militarmente, por compañías de cien hombres, y cada centuria tenía un voto. La 1ª clase daba 80 centurias; la 2ª, 22; la 3ª, 20; la 4ª, 22; la 5ª, 30 y la 6ª, por mera fórmula, una. Además, los caballeros –los ciudadanos más ricos– formaban 18 centurias. En total, las centurias eran 193. Para obtener la mayoría se requería 97 votos, como los caballeros y la 1ª clase disponían juntos de 98 votos, tenían asegurada la mayoría; cuando iban de común acuerdo, ni siquiera se consultaba a las otras clases y se tomaba sin ellas la resolución definitiva.

Todos los derechos políticos de la anterior asamblea de las curias –excepto algunos puramente nominales– pasaron ahora a la nueva asamblea de las centurias; como en Atenas, las curias y las gens que las componían se vieron rebajadas a la posición de simples asociaciones privadas y religiosas, y como tales vegetaron aún mucho tiempo, mientras que la asamblea de las curias no tardó en pasar a mejor vida. Para excluir igualmente del Estado a las tres antiguas tribus gentilicias, se crearon cuatro tribus territoriales. Cada una de ellas residía en un distrito de la ciudad y tenía determinados derechos políticos.

Así fue destruido en Roma, antes de que se suprimiera el cargo de «rex», el antiguo orden social, fundado en vínculos de sangre. Su lugar lo ocupó una nueva constitución, una auténtica constitución de Estado, basada en la división territorial y en las diferencias de fortuna. La fuerza pública consistía aquí en el conjunto de ciudadanos sujetos al servicio militar y no sólo se oponía a los esclavos, sino también a la clase llamada proletaria, excluida del servicio militar y privada del derecho a llevar armas.

En el marco de esta nueva constitución –a cuyo desarrollo sólo dieron mayor impulso la expulsión del último «rex», Tarquino el Soberbio, que usurpaba un verdadero poder real, y su remplazo por dos jefes militares (cónsules) con iguales poderes (como entre los iroqueses)– se mueve toda la historia de la república romana, con sus luchas entre patricios y plebeyos por el acceso a los empleos públicos y por el reparto de las tierras del Estado y con la disolución completa de la nobleza patricia en la nueva clase de los grandes propietarios territoriales y de los hombres adinerados, que absorbieron poco a poco toda la propiedad rústica de los campesinos arruinados por el servicio militar, cultivaban por medio de esclavos los inmensos latifundios así formados, despoblaron Italia y, con ello, abrieron las puertas no sólo al imperio, sino también a sus sucesores, los bárbaros germanos.

Notas de la edición

[1] Th. Mommsen. «Römische Forschungen», Ausg. 2. Bd. I-II. Berlin 1864-1878. (N. de Edit. Progreso).

[2] Derecho de casarse fuera de la gens. (N. de Edit. Progreso).

[3] Pérdida de los derechos de familia. (N. de Edit. Progreso).

[4] L. Lange. «Römische Alterthümer». Bd. I-III. Berlín 1856-71. (N. de Edit. Progreso).

[5] El latino «rex» es el celto-irlandés «righ» –jefe de tribu– y el gótico «reiks». Esta palabra significaba lo mismo que antiguamente el «Fürst» alemán –es decir, lo mismo que en inglés «first», y en danés «förste», el primero–, jefe de gens o de tribu; así lo evidencia el hecho de que los godos tuvieran desde el siglo IV una palabra particular para designar el rey de tiempos posteriores, jefe militar de todo un pueblo, la palabra «thiudans». En la traducción de la Biblia de Ulfilas nunca se llama «reiks» a Artajerjes y a Herodes, sino «thiudans»; y el imperio de Tiberio nunca recibe el nombre de «reiki», sino el de «thiudinassus». Ambas denominaciones se confundieron en una sola en el nombre de «thiudans», o como traducimos inexactamente, del rey gótico Thiudareiks, Teodorico, es decir, Dietrich. (Nota de Engels).» (Friedrich Engels; El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

De la total apertura de las filas al abierto partido de masas; Equipo de Bitácora (M-L), 2015

«Lógicamente solo el partido de la clase obrera puede conducir al socialismo, y este además debe de estar compuesto por lo mejor de la clase obrera y en menor medida de otras clases trabajadoras, al tiempo que debe de depurarse continuamente de los elementos retardatarios que puedan surgir en sus filas con el fin de evitar las desviaciones ideológicas, la vacilación, el oportunismo, y las fracciones; en efecto se ha de tratar de un núcleo de militantes bien formados ideológicamente pues estos serán la vanguardia de todo el movimiento obrero, y de la revolución proletaria:

«Para continua y firmemente reforzar nuestro partido, debemos hacer lo siguiente: 1) Purgar nuestras organizaciones de partido de todos los elementos hostiles, arribistas y en general que accidentalmente se haya infiltrado en nuestras filas. 2) Hacer una estricta selección entre los nuevos miembros y candidatos que desean entrar en el partido y regular su composición social por la adhesión estricta a las reglas e ir sistemáticamente aumentando la composición de obreros. 3) Desarrollar la democracia interna en el partido venciendo los viejos vestigios de liderazgo. Hablar y decidir problemas de partido en conjunto con los líderes de partido y organizaciones. Confiar a cada miembro de partido una tarea concreta y observar su cumplimiento. Animar la crítica sana y la autocrítica en el partido, aumentar la actividad general de sus miembros, apretar la disciplina de partido y la unidad en sus organizaciones. 4) Organizar la educación sistemática marxista-leninista colectiva e individual de cada miembro de partido y de los candidatos de base a integrarlo. Un miembro que no quiere aprender, educarse y avanzar no es y no puede ser un verdadero miembro de nuestro partido». (Georgi Dimitrov; Informe en el Vº Congreso del Partido Obrero (Comunista) Búlgaro, 15 de diciembre de 1948)

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) siempre hizo todo lo contrario a lo que requería una organización guiada por el socialismo científico donde se permitió el multiclasismo en la organización. Y a la luz de esas contradicciones internas en el FSLN, las clases explotadoras se fueron haciendo con todo el control de la organización ya constituida como partido tras el triunfo, y así apoyándose sobre todo en el mantenimiento de un régimen de organización de tipología militar en el partido garantizó que todo siguiera el curso planeado, donde además se reforzó al partido sobre la construcción de un «líder» infalible propio del caudillismo. Como se sabe, la construcción de un líder, y el secuestro del poder por parte de la dirigencia burguesa rompe con las normas organizativas de una organización marxista-leninista: el centralismo democrático; es por ello y al saberse vulnerables ante una masas que cada vez se interesaba más por el socialismo científico, optaron también por eliminar completamente la formación político-ideológica del partido en 1988.

Los medios nicaragüenses relataban así el pasado y presente principio del «pluriclasismo» del FSLN:

«El problema no es si el FSLN debe o no ser pluriclasista –ya lo es y siempre lo ha sido– sino de a qué clase responder en lo fundamental. Es natural que, a partir del desplome en Europa del Este, del fracaso electoral, por el cúmulo de desgastes personales y colectivos, para no mencionar el mismo pluriclasismo interno, no todos los sandinistas creen en la lucha de clases o han dejado de pensar en términos de explotados y explotadores, para concentrarse en la búsqueda de mayorías electorales y consensos con las fuerzas del gobierno y los denominados grupos de «centro» nacionales». (Revista Envío; Un maremoto social, Número 131, octubre 1992)

Si es cierto que el FSLN siempre ha sido una organización multiclasista o pluriclasista como quiera decirse, pero no es cierto que haya habido una línea de creencia en la lucha de clases o al menos de aplicación desde el punto de vista de la clase obrera, porque de ser así no se hubiera permitido el propio eclecticismo ideológico, las fracciones, el propio pluriclasismo del partido o la definición del Estado como supra-clasista.

Esta amalgama de principios burgueses a la hora de poner a funcionar una organización con tal eclecticismo ideológico, la permisión de fracciones siempre que respeten al caudillo, el pluriclasismo, etc. hizo que se llevara a reflejar en la aparición de nuevas tendencias ideológicas que presuntamente criticaba tanto al FSLN como al neoliberalismo:

«El componente ideológico del neoliberalismo ha penetrado ya las filas del sandinismo, lo que era de esperar por el carácter pluriclasista de la composición del FSLN y por lo atractivo que resulta la constante invitación norteamericana y neoliberal a tomar posiciones de «centro» en la nueva etapa nacional y mundial, en la que deben quedar atrás las ideologías y las contiendas violentas». (Revista Envío; Claves para iniciar un debate necesario, Número 124, de marzo 1992)

Con la pérdida del poder las filas se resientes, al tiempo que afloran los sentimientos revolucionarios proletarios de los obrero lanzados al desempleo por el Estado ya en manos del neoliberalismo del gobierno de los 90; en ese momento el FSLN en la oposición actúa conteniendo esos sentimientos, al tiempo que a su interior se mantiene una lucha intestina entre las facciones que ven incrementados sus antagonismos por la pérdida del poder, es decir, ya sin poder, y con la dictadura derrotada, no hay ningún factor que posibilite su unidad táctico-estratégica entre sus fracciones. Es en esas circunstancias que la dirigencia opta por crear un partido de masas en toda regla, y no es que no lo fuera como ya hemos explicado, sino que se relajan las pocas condiciones que había para aceptar a nuevos aspirantes. En época reciente, aproximadamente desde el 2007, la afiliación empezó a darse sin ningún requisito a todo aquel que la solicitara, incluso se popularizó entre la masa una frase: «la militancia ahora te la regalan por la compra de una cajita de chiclets».

Cabe preguntarse ¿por qué se liquidó al partido de «militantes» para dar lugar al partido de masas? Dos son las razones inmediatas:

1) El FSLN como organización multiclasista construyó una democracia burguesa electoralista, en tanto no requería de la existencia de militantes más o menos con convicciones, sino que requería de una militancia que gestionara procesos electorales y sobre todo que pudiera persuadir a electores de cara a cada proceso electoral.

2) Al haber construido una estructura de mando vertical, en donde las decisiones se toman por la dirigencia sin consultar a la militancia y a la masa, y que además apostaba a la construcción de un liderazgo fuerte –que en realidad se trataba de un «caudillo»–, tampoco eran necesarios militantes «pensantes» y críticos. Requería en efecto de una amplia base militantes, aunque sin formación ideológica, que actuara como mero elector y sin ninguna capacidad de cuestionamiento o incidencia en la estructura del partido, que a su vez le permitiera disputar el poder y mantenerlo en caso de alcanzarlo.» (Equipo de Bitácora (M-L); ¿Qué fue de la «Revolución Popular Sandinista»?: Un análisis de la historia del FSLN y sus procesos, 19 de julio del 2015)

bitacoramarxistaleninista.blogspot.com

Vamos con lo que debería interesar al ciudadano de a pie

Pero no es así exactamente. Llamemos a las cosas por su nombre: la deuda privada, que hicieron pública los «magníficos» gestores de la oligarquía española (léase el partido gobernante de turno como el que ven en la imagen de arriba), va de récords.

Dicha deuda «pública» cerró septiembre con un incremento de 11.975 millones de euros. Ya va por los 1,062 billones de euros, es decir casi el 100% del PIB.

Por cierto, esto estaba también un poco oscurecido: España sigue en deflación de facto, el IPC cayó en octubre un -0,7%.

Pero bueno, aquí lo que interesa únicamente es Francia.

Aclaración de la CUT

Seguimos pensando que decir «la PSOE» implica no codearse con quienes no dicen «No a la OTAN», no codearse con militares atlantistas, no codearse con quienes ahora ya no plantean declarar ilegítima la deuda etc; etc; etc, para, de esa manera, no incurrir en contradicciones; sin embargo tenemos que rectificar esta noticia. Conste que la información la recogimos de El País que a su vez venía de agencias, pero como no tenemos medios de información propios debemos echan mano de las noticias (aún con todas las reservas), que proporcionan los medios oficialistas del régimen que son todos.

Para salir al paso de las informaciones torticeras de los medios de comunicación.

1- La CUT se presentó a las primarias de Podemos y logró quedar como la segunda lista mas votada, después de la de Pablo Iglesias.

2- Este resultado nos permitió elegir los puestos que quedaban despues de que los ganadores eligieran y se señalaran los puestos libres para la confluencia con personas y organizaciones.

3- La CUT eligió entre otros el primero por Jaén, los segundos de Almería, Cordoba, Huelva y Jaén y los terceros en cinco provincias andaluzas entre otros puestos de menor relevancia.

4- No todas las personas que componíamos la lista Utopia y Dignidad hemos elegido puestos por distintas razones y tampoco hubiesemos cabido todas en las ocho candidaturas andaluzas. Habíamos decidido no pedir puestos fuera de nuestra tierra.

5- Tanto Diego como Juan Manuel podrían haber elegido cualquiera de los puestos que quedaron libres puesto que tenían preferencia por ser los dos mas votados de nuestra lista. Sin embargo decidieron dejar esos puestos a compañeros o compañeras de las distintas provincias.

6- Gordillo y Cañamero, por tanto, no pueden abandonar unas listas en la que nunca han estado.

7- Cañamero ya ha declarado que hará campaña junto a Teresa y los compañeros y compañeras candidatas en la lista de Podemos compatibilizandolo con su trabajo en la campaña de la aceituna.

jmalvarezblog.blogspot.com

Mensaje de Enver Hoxha para los pseudomarxistas contentos con sus regímenes nacionales burgueses y pequeño burgueses

«Los comunistas de estos países deben estar familiarizados con las condiciones concretas y realizar una evaluación justa de la definición de sus estratégicas y tácticas a seguir. El marxismo-leninismo enseña que un gobierno burgués o pequeño burgués no puede ser revolucionario y consecuente y por tanto, abandona la revolución a mitad de camino. Es por ello que, si los comunistas de estos países están satisfechos y se quedan de brazos cruzados pensando que no es necesario hacer la revolución, que el proletariado no debe establecer su poder y su propia dictadura, porque el gobierno burgués en el poder es más o menos progresista, debe decirse que esto desde luego no son las ideas marxista-leninistas». (Enver Hoxha; La «ayuda» revisionista trae la cadena de la esclavitud, 11 de mayo de 1964)

La frase del día

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¿Santiago Alba Rico o Santiago Riza el Rizo?

«El dolor de París exige a nuestros gobernantes que no vuelvan a cometer los mismos errores que alimentan desde hace años»

Errores de Iraq:

Es difícil establecer la cantidad de iraquíes muertos en esta guerra. En realidad nadie sabe cuantos iraquíes murieron en este conflicto. La frialdad de los números apunta hacia cifras que varían entre los 100.000 y 1,2 millones de muertos (rebelion.org)

Errores de Libia:

El saldo oficial de la masacre al pueblo libio es 120.000 muertos, 240.000 heridos, 70.000 personas encarceladas sin haber sido procesadas, 28.000 desaparecidos y más de un millón de desplazados (librered.net)

Trágate esto como postre:

 «Se trata, sí, de civilización: no ayudemos al Estado Islámico a cavar su tumba»

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Je suis l’autre

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Sumando las dos guerras de Irak el saldo de víctimas mortales iraquíes asciende a más de un millón. El conflicto contra el régimen talibán de Afganistán causó 20.000 civiles más 30.000 militares y policías muertos y 500.000 personas desplazadas. Desde 2001, tras los atentados de las Torres Gemelas neoyorquinas, se han registrado 150.000 muertos por violencia en Pakistán y en territorio afgano, de ellos 50.000 civiles. Durante la guerra en Libia, los cálculos aproximados dan 50.000 muertos y 50.000 desaparecidos. Ya en la rabiosa actualidad, Siria, la guerra a múltiples bandas se ha cobrado 310.000 vidas, de las cuales 105.000 son civiles y 11.000 menores de edad, con una legión de 1,5 millones de heridos de diversa consideración.

Todas las víctimas apelotonadas en el olvido son anónimas en su inmensa mayoría, meros datos estadísticos, una enormidad por encima de 1,5 millones de muertos por causas bélicas directas o indirectas y casi 5 millones de refugiados o desplazados fuera de sus hogares habituales. Cuatro millones corresponden a la crisis siria, que se encuentran ubicados en Turquía, la mitad, Jordania, Líbano y Egipto principalmente. Y la civilizada Unión Europea no sabe qué hacer con 200.000 personas que llegan a sus costas.

Esta multitud vive en tales condiciones de extrema penuria y necesidad gracias a la civilización del bien liderada por EE.UU. y secundada por la OTAN, Francia, Reino Unido y Australia como actores secundarios de mayor relieve.

La maldad terrorista

El terrorismo del mal, por su parte, ha segado la vida en el Occidente opulento y rico de unas 3.380 personas, solo teniendo en cuenta los atentados del 11S de 2001 en Nueva York, el 11M de 2004 en Madrid, el 7 de julio de 2005 en Londres y el reciente en París. Execrables e injustificables actos de terror urbano indiscriminado que están siendo usados y utilizados por el poder para crear un estado de ánimo emocional y de pánico colectivo que sirva de base a nuevas escaladas militares y restricción de libertades civiles en los países occidentales.

Los mismos dirigentes que han urdido los recortes neoliberales contra sus propios conciudadanos son los que ahora pretenden erigirse en defensores de la libertad y la democracia universal. Es la treta de siempre: inventarse un enemigo externo sin rostro para establecer un espacio público de pánico que les permita maniobrar en nombre de intereses estratégicos secretos a la orden de los mercados y las multinacionales en la sombra. El fantasma de un adversario intangible y difuso hace que la gente se repliegue en el calor sentimental del patriotismo y de los cantos nacionalistas a la defensiva. De este modo, los líderes y sus camarillas eluden la crítica más que razonable sobre otros puntos esenciales de sus políticas sociales y económicas.

A Occidente le viene bien que cunda el caos en los países árabes y otros enclaves importantes del mundo, sobre todo si alberga recursos (petróleo y materias primas para la industria y la tecnología) fundamentales para su modus vivendi. Ninguna de las guerras libradas en Afganistán, Irak, Libia o ahora en Siria servirá para instalar sistemas democráticos genuinos en estos países. A EE.UU., la Unión Europea y la OTAN les importa un bledo la democracia ajena, lo que pretenden es dominar a través del caos a los países árabes mediante títeres de ocasión con el propósito de que no surjan movimientos de liberación de izquierdas que terminen con su hegemonía colonial en dichos territorios.

Tiranías “buenas” a favor de Occidente

Occidente es tan remiso a la verdadera democracia que sus aliados más señeros en la zona son tiranías edulcoradas en toda regla: Arabia Saudí en primer lugar y también el resto de los pequeños países petrolíferos del Golfo regentados por jeques antediluvianos, dictadores con imagen exótica para salvar las apariencias. Y, por supuesto, que nunca falte el extremismo de los imames para acogotar al pueblo fiel que sigue al pie de la letra los preceptos coránicos. Las diferencias doctrinales son también resortes imprescindibles para mover los hilos del sectarismo a conveniencia de cada coyuntura concreta. Eso sin hablar de Israel, el estado artificial armado hasta los dientes, amigo hasta la muerte de Washington: una pieza esencial para la desestabilización permanente del mundo árabe.

La familia del archifamoso Bin Laden hizo fortuna en Arabia Saudí. Allí lo captó la CIA y lo entrenó como “luchador de la libertad” (Reagan dixit) contra la URSS en la primera guerra de Afganistán de los años 80 del siglo pasado. De la derrota soviética emergieron los temibles talibán y Al Qaeda. De hecho, los textos yihadistas para captar nuevos prosélitos se redactaron e imprimieron en la Universidad de Nebraska.

Como en el tablero árabe las amistades siempre son peligrosas y variables, pasado el tiempo Bin Laden se convirtió en el ogro de Occidente, aunque nunca se sabe donde está ahora mismo ni en cuerpo ni en espíritu. EE.UU. jamás ha mostrado su cadáver. ¿Por qué? Tal vez, como algunas tesis sugieren, Osama disfrute en estos momentos de una justa jubilación en algún paraje de difícil acceso, después de haberse transformado en el icono del mal por excelencia o chivo expiatorio a conciencia con el que justificar la guerra total contra el terrorismo global a través de recortes en libertades básicas en la órbita occidental.

¿Quién financia al Estado Islámico?

Y si Al Qaeda fue un fruto ambivalente de la creatividad de los servicios secretos de la inteligencia estadounidense, sobre Isis (Daesh, Estado Islámico) recaen sospechas más que fundadas de haber sido instigada por la CIA, el Mossad israelí y el MI6 británico con fondos financieros procedentes de Pakistán, Arabia Saudí, Catar y Kuwait. La OTAN y el Pentágono están utilizando a Isis como pieza versátil contra el presidente sirio Bashar el-Asad, que por el momento solo cuenta con Rusia como aliado de mayor relieve y quizá el punto de mira más acertado de todos los intervinientes en el conflicto. Moscú sabe que el enemigo a batir es el extremismo de Isis para que no se produzca un vacío de poder en Siria y la subsiguiente lucha fratricida al igual que sucede en Afganistán, Irak y Libia. EE.UU., en cambio, juega con vaguedad y alevosía: un día bombardea posiciones de Isis y otro les vende armas para derribar el régimen sirio. El caos, pues, está servido a propósito.

En realidad, los objetivos occidentales pretenden conseguir la división controlada de Irak y Siria. Divide y vencerás es su lema silencioso de campaña. Según algunos análisis, Washington quiere lograr que del campo de batalla surjan tres nuevos estados formales y homogéneos: un Kurdistán independiente, una república chiíta y un califato sunita. Esto es, que lo étnico y lo religioso primen por encima de los valores de la democracia que dice alentar. Con esta nueva segregación geográfica, las tensiones continuarán y el área seguirá débil en el plano político asegurando disputas fronterizas constantemente. La inestabilidad diseñada en los cenáculos políticos de la elite permitirá mantener la sartén por el mango a Washington. Lo importante es que jamás tomen cuerpo en la zona poderes laicos y autónomos que se desmarquen de los intereses estadounidenses en particular y de los occidentales en general.

Objetivos de largo alcance: Rusia y China

Esta inestabilidad forzada por el declive comercial de EE.UU. y la Unión Europea puede ser también los conatos de nacionalismo en Ucrania y los todavía incipientes en la república de Uigur. Con ambos escenarios en ebullición, en la frontera rusa y en el vasto interior chino, Occidente quiere crear ciertas dificultades a dos competidores en alza: Rusia y China. Todo ello forma parte de una estrategia para recuperar el liderazgo mundial incontestable por parte de Washington.

París no es un acontecimiento casual, como tampoco lo fueron los sucesos de Nueva York, Madrid y Londres, por solo mencionar a los más espectaculares o mediáticos. No es descabellado señalar que el odio terrorista tenga sus fuentes en transacciones e inducciones anónimas del adversario que dicen combatir con tanta saña.

El odio hacia todo lo occidental emana de la impotencia democrática para alumbrar un mundo más justo y solidario. Y la semilla de los últimos actos en París y otros anteriores indica que ha germinado en suelo europeo, en barrios y arrabales de las grandes ciudades, donde los inmigrantes de segunda y tercera generación no logran revertir su suerte contraria y sin futuro alguno dentro de los esquemas rígidos del capitalismo neoliberal.

Además de vejados como diferentes, asisten a diario al maltrato televisado de los asesinados como daños colaterales en la tierra de sus antepasados y de los refugiados sirios rechazados como animales irracionales o humanos de tercera categoría. Eso sin reseñar a los que viven hacinados en los campos de distintos países árabes.

¿Qué es barbarie? ¿Qué el bien? Ante las masacres indiscriminadas de civiles y la destrucción sistemática de cientos de miles de hogares provocadas por los drones y los misiles inteligentes de EE.UU. y los países miembros de la OTAN ninguna mente moral puede sentirse civilizada y buena poniéndose, sin más argumentos que los meramente emocionales al calor de la sangre derramada, al lado del discurso caliente, manipulador y sesgado de Washington, París, Londres o Berlín.

La maldad es un asunto complejo y está muy repartida en el mundo. No existen ni el mal ni el bien absolutos y definitivos. Lo importante sería mirar al otro, tener empatía para sentir sus propias emociones, angustias y esperanzas.

Decir no al terrorismo yihadista exige también decir no a las atrocidades militares de Occidente. Eso es lo que desea la elite, que la atmósfera bélica lo invada todo para dividir al mundo en un maniqueísmo guerrero de odio recíproco: si no estás conmigo, estás con ellos.

Sin embargo, hay una alternativa razonable, radical, ética y coherente: je suis l’autre, el que quiere escucharte, el que quiere disentir para encontrarse contigo y conocernos ambos mucho mejor.

Fuentes: Global Research, Nueva Tribuna, Wikipedia e internet en general.

Sobra el matiz, señor alcalde

Los protectores de los «valores» del nacional-catolicismo español entran en acción. Unos desconocidos- conocidos por todos, dicho sea de paso- intentaron incendiar una pequeña mezquita en Badajoz. Por cierto, y aunque parezca que no viene a cuento sí que lo es por aquello del «conocidos por todos»: qué padrino no tendrán los asesinos del antifascista gallego Jimmy que siguen libres y felices por las calles de Madrid…

Un pequeño oratorio islámico de la localidad española de Don Benito, en la provincia de Badajoz (suroeste), fue objeto de un intento de incendio en la madrugada del sábado.

En torno a la 01:15, hora local, una vecina avisó a la Policía Nacional española, que acudió rápidamente al lugar y sofocó el pequeño incendio con el extintor del coche patrulla, sin que haya que lamentar más daños que los sufridos por una puerta de entrada a la pequeña mezquita, situada en una planta baja de un edificio residencial de tres pisos.

“Las personas que han hecho esto han venido al lugar equivocado, pues nuestra comunidad colabora en todo momento con el ayuntamiento y está integrada no solamente en la sociedad de Don Benito, sino de toda Extremadura”, declaró ayer sábado tras el atentado frustrado el tesorero de la comunidad musulmana local, Mohamad Jatab agrupaciones terroristas.

El alcalde de Don Benito, José Luis Quintana, confirmó las palabras de Jatabi: “la comunidad musulmana de Don Benito es totalmente pacífica y está perfectamente integrada en la sociedad de nuestra población»

hispantv.com

¿Por qué dice lo de «totalmente pacífica»? Los musulmanes son pacíficos. El matiz sobra. Los mercenarios a sueldo del Occidente «civilizado»- que asesinan hombres mujeres y niños sean estos ateos o profesen cualquier religión- no pueden ser vistos como musulmanes sin más. Son lumpen, fascistas, criminales, soldados de fortuna y delincuentes comunes liberados de las cárceles a cambio de un sueldo de 5.000 dólares. De esos también los hay a miles entre los cristianos.

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