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Estados Unidos espera que sean otros los que paguen su bancarrota económica

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Uno de los emblemas de la posición alcanzada por Estados Unidos en el mundo capitalista tras la Segunda Guerrra Mundial fue Bretton Woods y el entramado financiero que allá se crearon, en especial el Fondo Moneterio Internacional.

No obstante, la crisis del imperialismo era tan fuerte que aquella situación duró muy poco, apenas un cuerto de siglo; en 1971 se desplomó cuando Nixon abandonó la convertibilidad del dólar con el oro, que fue tanto como decir que no tenían dinero para pagar sus deudas.

Estados Unidos no tenía dinero (dinero de verdad) pero tenía dólares, papeles, que aún podían servir como instrumento de circulación en el mercado mundial. En medio de dificultades crecientes, el imperialismo ha podido llegar hasta hoy.

Sólo ha ganado tiempo, casi medio siglo más estirando el invento sin que se rompa la cuerda. A lo largo de estos años ha escalado tanto que su caída puede ser mucho peor. Es uno de los grandes tabúes de la economía mundial, del que no se habla porque no tiene ningún remedio.

Estados Unidos es un país en bancarrota. Su deuda pública no para de crecer y cualquier economista preguntaría cómo es posible que alguien preste dinero a quien está en quiebra, sabiendo que nunca podrá devolver el dinero.

Para dar una idea de la magnitud de la catástrofe hay que decir que la quiebra de Lehman Brothers fue por un agujero de 600.000 millones de dólares, mientras que la deuda pública de Estados Unidos es 20 billones, o sea, 30 veces mayor.

Los préstamos de dinero a Estados Unidos se hacen a cambio de papeles llamados “bonos del Tesoro”, que están en el corazón del sistema financiero mundial. A veces los consideran como un “valor seguro” o un “refugio” para su dinero porque los especuladores creen en Estados Unidos como quien cree en dios, los ángeles o el paraíso.

Los bonos llevan al dorso una etiqueta que pone “Con la garantía del Tesoro de Estados Unidos”, del mismo odo que en los dólares figura el lema “En dios confío”. Los especuladores tienen en la misma confianza en la Hacienda de Estados Unidos que en dios porque ambos son cosas parecidas.

Desde el fin de la convertibilidad del dólar, en el mundo se ha producido 70 quiebras públicas, es decir, no de empresas sino de Estados enteros. La diferencia es que una empresa puede desaparecer pero un Estado no.

De ellos no ha formado parte Estados Unidos, a pesar de que su deuda es mucho mayor que cualquiera de los demás, tanto en términos absolutos como porcentuales. Hay que hablar de lo obvio: Estados Unidos no es Argentina ni Grecia.

Los especuladores no son listos; son listillos, que es muy diferente. Creen que si Estados Unidos no ha quebrado nunca, a pesar de su enorme deuda, es porque no puede quebrar, un argumento —como ven— puramente metafísico, como el de San Anselmo.

El truco es muy sencillo y consiste en cambiar el nombre a las cosas. Lo que hizo Nixon en 1971 no fue una declaración solemne de bancarrota. Nadie lo llama así; fue el cese de la convertibilidad del dólar con el oro.

Pero a ello le acompañó el fin de la paridad fija del dólar con el oro (el único dinero real) y la caída de la cotización del primero con el segundo. Quienes tenían reservas en dólares perdieron una parte de su dinero, con el que rescataron a la Hacienda de Estados Unidos de la quiebra.

En contra de lo que asegura la prensa especializada, las perspectivas de dólar son de debilidad, incluso a muy corto plazo. Las finanzas de Estados Unidos no se puede estirar más, ni por más tiempo. Es lo quiso decir Trump durante su campaña electoral y lo que ha repetido luego el G20.

Es un regreso a eso que llaman la “economía real”, a las grandes obras públicas y el rearme militar. El G20 habla de sanear las balanzas comerciales y Trump de renegociar la deuda pública y de relanzar la economía para hacer algo que tenía olvidado, competir en el mercado internacional, para lo cual necesita, a su vez, un dólar débil y, muy posiblemente, una devaluación, es decir, otra declaración de quiebra.

Hay una frase de Trump, complicada de traducir, en la que manifestó que Estados Unidos no puede perder nunca. Para sacar adelante su plan económico, otro New Deal, volverá a pedir más dinero prestado; si la cosa va bien, pues estupendo y si va mal siempre podrá negociar un acuerdo para que los demás le saquen de la bancarrota.

Otra manera de entender esta situación es recordar que Trump ha prometido que no va a incrementar los impuestos, por lo que Estados Unidos no va a sacar el dinero que necesita de sus propios bolsillos. Desde 1971 en Washington se han acostumbrado a sus deudas las paguen otros.

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