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El guion para destruir la Revolución Bolivariana fue escrito en Washington

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La doctrina de la Guerra No Convencional se basa en técnicas para enfrentar a los ciudadanos contra sus autoridades, de tal manera que se logren los objetivos estratégicos de la potencia extranjera sin tener que emplear tropas sobre el terreno

Sergio Alejandro Gómez. – Desobedecer las leyes, crear un gobierno paralelo, organizar instituciones económicas alternativas, acechar a funcionarios públicos, destruir propiedades, incautar bienes, marchar, obstruir eventos sociales, boicotear elecciones, afectar el funcionamiento de las escuelas, falsificar identidades, buscar el encarcelamiento, hacer huelgas de hambre y sobrecargar los sistemas administrativos del Estado.

Los anteriores son solo algunos de los 198 métodos para derrocar gobiernos que propuso hace más de cuatro décadas el experto en golpes de la CIA, Gene Sharp.

Resulta difícil encontrar una sola de esas técnicas que no haya sido ensayada contra la Revolución Bolivariana.

Los últimos años de mandato del presidente Nicolás Maduro han sido particularmente intensos en la aplicación de la llamada Guerra No Convencional (GNC), que funde las doctrinas de manipulación sicológica, protestas sociales, golpes de Estado y lucha armada.

A diferencia de los enfrentamientos tradicionales, la Guerra No Convencional se basa en potenciar la confrontación entre las autoridades y sus ciudadanos, para que el Gobierno pierda su capacidad de liderazgo y caiga sin tener que involucrar a fuerzas militares foráneas.

Quizá el ejemplo más claro es la operación de Washington y otras potencias occidentales contra el gobierno de Muamar el Gadafi en Libia. Las bandas opositoras, armadas y asesoradas desde el exterior, se encargaron de hacer el trabajo sucio en el terreno, mientras la OTAN los apoyaba desde el aire y las trasnacionales de la información manipulaban los hechos de cara a la opinión pública.

VENEZUELA, UN CASO DE ESTUDIO

No más asomó la posibilidad de que llegara al poder un líder soberano como Hugo Chávez en el país que tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, se activó la estrategia para derrocarlo.

Ante el descrédito de la partidocracia corrupta de la IV República, los primeros pasos estuvieron encaminados a organizar una nueva oposición y captar líderes jóvenes. Fue la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo (USAID) la que canalizó los fondos para crear los partidos y entrenar a muchos de los dirigentes de la actual Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

Los manuales de las Fuerzas de Operaciones Especiales de Estados Unidos, como la Circular de Entrenamiento
18-01, definen siete etapas distintas en la Guerra no Convencional. Las primeras están dedicadas a la «preparación sicológica» para unificar la población contra el gobierno y al «contacto inicial» de las agencias y servicios especiales con sus agentes en el terreno. El resto va de la extensión de las operaciones antigubernamentales a la «transición», en la que se revierte el control del gobierno nacional.

Ni siquiera después del fracaso del golpe de Estado del 2002 se abandonó la idea de «calentar la calle». Chávez tuvo que lidiar con protestas y actos de sabotajes de diferentes grados hasta el último día.

Ante la muerte del líder bolivariano en marzo del 2013 y el relevo tomado por Nicolás Maduro, la derecha y sus asesores activaron las etapas más agresivas de la GNC con la esperanza de darle una estocada final a la revolución.

MÁS QUE GUARIMBAS

El nivel de radicalización de las protestas de las últimas semanas en Venezuela tiene como referente las guarimbas de febrero del 2014 que dejaron 43 muertos y más de 800 heridos.

Los extremistas, que se escudaron en supuestas protestas estudiantiles, llegaron entonces a colgar cables para decapitar motociclistas y causaron millones de dólares en daños a la propiedad pública. Su objetivo era causar pánico y paralizar el país.

Pero esta última oleada de violencia se muestra mucho más organizada y extendida. Algunas escenas reportadas desde la nación sudamericana desafían cualquier lógica.

El ataque de bandas armadas opositoras contra el Hospital Materno Infantil Hugo Rafael Chávez Frías, con 54 niños en su interior, calificaría como un crimen de guerra ante cualquier juzgado internacional.

En las constantes marchas no es difícil identificar grupos organizados con escudos, máscaras antigases y armas contundentes. Si las protestas son pacíficas, afirman algunos, vale la pregunta de por qué esos jóvenes van preparados para una guerra.

Un video emitido recientemente por las autoridades venezolanas muestra a una docena de jóvenes encapuchados que preparan cócteles molotov durante una marcha en Altamira, zona acomodada del este de Caracas.

Tras la captura de Nixon Leal, un elemento violento vinculado a varios dirigentes de la MUD, el vicepresidente venezolano, Tareck El Aissami, presentó pruebas sobre cómo se están estructurando las bandas armadas para llevar a cabo un enfrentamiento abierto en la capital y otras ciudades importantes, siguiendo los pasos de la Guerra No Convencional.

Las amenazas a las autoridades no son solo físicas, sino que atentan contra su dignidad. Una de las últimas estrategias consiste en el uso de excremento humano para fabricar bombas llamadas
«puputovs».

GUERRA SIMBÓLICA Y FALSOS POSITIVOS

Uno de los aspectos fundamentales para el éxito de las operaciones no convencionales es la dimensión simbólica, en especial la construcción de la realidad a través de los medios de comunicación, más aún en sociedades hiperconectadas donde muchos utilizan las redes sociales para conocer lo que pasa a apenas unos cientos de metros de su propia casa.

A veces con mayor intensidad que en las propias calles, el ciberespacio venezolano parece un campo de batalla en el que resulta difícil discernir entre informaciones verídicas y lo que las autoridades han calificado como «falsos positivos».

Este mes dio la vuelta al mundo la imagen de dos jóvenes venezolanos desnudos y atados a un árbol en el estado de Táchira. Mostraban signos de castigos físicos. Varios medios internacionales, incluso de América Latina, reportaron la noticia como responsabilidad de «bandas» chavistas. Pero resultó ser un hecho vinculado a delincuentes comunes y vecinos de la localidad que decidieron hacer justicia por su cuenta.

La selectividad de la gran prensa internacional respecto a qué reportar también se usa como arma de ataque. El mismo día que se concentraban tres millones de personas para respaldar al gobierno de Nicolás Maduro en Caracas, la noticia en los principales medios digitales y periódicos del mundo eran las protestas opositoras, mucho menos concurridas.

Como parte de la doctrina de la GNC, también se potencia la creación de símbolos con los que cualquier público se pueda identificar. La imagen de una mujer vestida con la bandera de Venezuela frente a una tanqueta de la Guardia Nacional Bolivariana se publicitó hasta el cansancio para convertirla en un ícono de las manifestaciones.

De la misma manera, el número de cámaras alrededor del joven que tocaba su violín durante una protesta opositora hace muy difícil creer que se trataba de una acción espontánea y no un montaje cuidadosamente planificado.

LA «SALIDA»

La derecha venezolana, tradicionalmente fragmentada por sus rencillas personales y ansias de poder, es por el contrario fiel seguidora del guion «no convencional» de los manuales escritos en Washington. La violencia ha sido su único aglutinante.

La continuidad del llamado a las calles, a pesar de que van más de cuatro decenas de muertos en esta reedición de las guarimbas, así como su rechazo a participar en la Asamblea Constituyente, demuestran una vez más que la «salida» que desea la oposición para su país pasa por la destrucción de la revolución sin importar los métodos o las consecuencias.

En las calles de la nación sudamericana no solo está en juego la continuidad del proceso social iniciado por Hugo Chávez y que transformó para siempre la realidad de ese país en beneficio de los más pobres.

El éxito de la estrategia opositora sentaría un nefasto referente sobre el uso de la Guerra No Convencional que se sumaría al listado de golpes de Estado, intervenciones militares y operaciones secretas que llevan el sello de Washington en América Latina.

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