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República Centroafricana, la nueva guerra de la Galia

La excolonia francesa ha sufrido conflictos por el control de sus grandes reservas de oro, diamantes, madera, uranio y petróleo

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Para la mayoría de los medios de prensa, África es el continente del caos, donde abundan las masacres y los conflictos provocan éxodos, epidemias y hambrunas, donde germinan grupos extremistas que saquean, violan y secuestran sin misericordia. Dueño de paisajes de ensueño y abundantes recursos minerales, aunque amenazado por la sequía y la desertificación, África es el reino de la brutalidad tribal, del contrabando, de la pobreza inevitable a los ojos de muchos en Occidente.

Lo que no tienen el decoro de confesar –sería demasiado pedir– es el peso del colonialismo y sus rémoras en esas guerras fratricidas que atornillan el despojo, promovido por esas potencias de las que un día lograron una precaria independencia. A la postre, es la desbordante avaricia imperial la que ha sumido al África en una subordinación parenteral, en un túnel de tragedias del que no se sale ni en un balandro repleto de infelices a la deriva. Lo que está viviendo –sufriendo- la República Centroafricana es otro capítulo de una vergonzosa realidad.

Abundan las crónicas y fotorreportajes sobre enfrentamientos entre facciones que reducen aldeas enteras solo por pertenecer a una religión diferente. A tono con los tiempos que corrren y con el ilusionismo de las epopeyas, los conflictos por el poder se convierten ahora en diferendos confesionales. De hecho, hay una contienda planteada. De un lado, los Séléka (coalición en lengua sanga) que ahora sus enemigos llaman Bálaka (machete) por las armas que usan para degollar a sus víctimas. Desde el 2003 estas fuerzas comandadas por Michel Djotodia lucharon por hacerse del poder, pero solo a partir del golpe militar del 2013 contra el presidente François Bozizé emergió su filiación islámica, la que profesa alrededor de un 15 % de la población.

Del otro lado están los antibálakas, antes solo rivales político-militares, pero ahora representantes de ese 50 % de ciudadanos de fe cristiana y «animista». Ambos compiten en crueldad, demostrando lo que decía la escritora británica Virginia Wolf en su novela Orlando: nada molesta más a un ser humano que el hecho de que alguien desprecie lo que él venera. Pero en este escenario no están representados todos los actores.

La nación mesoafricana logró su independencia en 1960, pero Francia, su antigua metrópoli, continuó siendo una variable esencial en su cartografía económica y sociopolítica; sobre todo para garantizar su ascendencia sobre los recursos naturales a los que no podía renunciar, sino ¿de dónde provino el uranio del programa nuclear francés? Aunque siempre mantuvo tras bambalinas su mano negra, el país de la Liberté, Égalité y Fraternité apoyó las asonadas militares que fracturaron aún más la ya quebradiza gobernabilidad centroafricana. La apertura del gobierno de Biozizé a las inversiones chinas en infraestructuras petroleras –que incluyeron también ayudas a la salud, la educación y la alimentación– disparó las alarmas y de nuevo el país fue empujado a una espiral de muerte que todavía hoy describe preocupantes picos de intensidad.

Lo que sobrevino después es historia consabida. Desde el Elíseo había inquietudes sobre un inminente genocidio y la «proliferación» de grupos extremistas (islámicos, claro está), por lo que se decidió lanzar una intervención militar en marzo del 2013. La Operación Sangráis llegó a concentrar a 2 500 soldados franceses junto a las fuerzas de paz de la onu (BINUCA, por sus siglas en francés).

A su retirada en octubre del 2016, el ejército galo dejó a cargo a una nueva misión integrada de Naciones Unidas, la MINUSCA (también por sus siglas en francés) que tendrá jurisdicción en el país africano hasta noviembre del 2017. No obstante, Francia tuvo a bien dejar un destacamento de 350 efectivos, una escuadrilla de drones y a un general al frente del contingente multinacional de asesores europeos que trata de reconformar las fuerzas armadas centroafricanas.

Según el investigador y periodista Olivier Ndenkop, la «bondad» es solo para la foto. El objetivo real era frenar la «penetración» china y custodiar las reservas de oro, diamantes, madera, uranio y crudo que sostienen los intereses de conglomerados internacionales.

Pero el «progreso» es indetenible. Gracias al Proceso de Kimberley, iniciativa mundial contra la guerra por los diamantes, en el 2013 se prohibieron las exportaciones centroafricanas de ese rubro. No obstante, a pesar de la radicalización del conflicto, en el 2015 se levantó la moratoria y el negocio diamantino se reanudó.

Ahora lo más importante es atrapar culpables, como el líder Séléka Haroon Gaye o el antiBálaka Alfred Yekaton, peones del tablero que se mueve de lejos.

Julio César se hizo rico construyendo una guerra en la Galia y, antes de ser apuñaleado en las puertas del Senado romano, acuñó por tradición una frase: Divide et impera (Divide y vence). Por eso unos siguen lucrando con el infortunio de los infortunados, por eso pocos son los que escuchan y alzan su voz, por eso continúa la matanza sin coto… a lo mejor por eso Virginia Wolf llenó de piedras sus bolsillos para no regresar jamás del fondo del río.
En vez de armas, a la República Centroafricana se debería llevar alimentos, medicinas, agua, desarrollo sostenible, tolerancia… paz.

Rodolfo Zamora Rielo

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