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Los frutos del mal que matan niños en Argentina

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El uso indiscriminado de agrotóxicos en las plantaciones de Argentina no para de cobrar víctimas. En los últimos días, una niña falleció tras comer una mandarina envenenada. El caso se suma a una larga lista de afectados en pueblos fumigados, muchos de los que no se llegan a conocer.

Rocío, una niña de 12 años de la provincia de Corrientes, comió una mandarina, como probablemente lo haya hecho tantas otras veces. En ese fruto había una dosis letal de carbofurano, un potente pesticida, que la mató a las pocas horas de la ingesta. Esta lamentable situación convulsionó a parte de la opinión pública argentina.

Sin embargo, lejos está de ser un caso aislado. En 2011, Nicolás Arévalo tenía cuatro años y vivía al lado de una tomatera, también en Corrientes. Estar en contacto con endosulfán, otro agrotóxico sumamente peligroso, le provocó la muerte. Algunos son, dentro de lo que se puede, más afortunados: no pagan los platos rotos de los pesticidas con su vida, pero sí con serias secuelas sanitarias, como insuficiencia renal crónica.

Según el médico Damián Verzeñassi, profesor de la Universidad Nacional de Rosario e impulsor de los campamentos sanitarios que investigan los efectos de los pesticidas en las poblaciones sometidas por el agronegocio, estas muertes “tienen que ver con la perversidad de un sistema que para producir alimentos que terminan en nuestras mesas utilizan un gran volumen de venenos”.

En diálogo con Sputnik, el destacado activista por la salud y el medioambiente aseguró que el problema es “hasta cuándo se va a seguir sosteniendo un sistema de producción en base de veneno, que claramente no está resolviendo ni el hambre en el mundo ni el trabajo de las poblaciones rurales.

“Cada vez se produce con menos gente y lo que se produce, está envenenado. Nosotros entendemos que hace falta un cambio de modelo. Es necesario que el Estado asuma la responsabilidad. Si alguien pudo comer una mandarina, una fruta o fue expuesto a una fumigación que le causó la muerte o un daño a la salud, quiere decir que no están garantizados los mecanismos de control”, opinó Verzeñassi.

En Argentina, recordó, el derecho a “un ambiente sano” está consignado en el artículo 42 de la Constitución. A pesar de esta defensa en el papel, “el Estado hoy por hoy no solo permite la producción a partir de venenos, sino que la alienta”. Por eso, le compete la responsabilidad de los casos de Rocío, Nicolás y otros tantos que no llegan a los medios.

“Hay otras que no son denunciadas porque no tuvieron una muerte inmediata, pero se va construyendo a lo largo del tiempo a medida que va incorporando más venenos a su organismo con cada porción de comida”, expresó el médico.

El uso de agrotóxicos en América Latina es alarmante: el impulsor de los campamentos sanitarios indicó que “más del 60% de los productos que se usan en la agroindustria” de la región “están prohibidos en Europa”.

“Esto puede querer decir dos cosas: o que nosotros tenemos una genética demasiado buena que nos protege como no está protegiendo a los europeos; o que tenemos una legislación demasiado mala que permite que a nosotros nos apliquen las mismas cosas que los que saben que son venenos no dejan entrar a sus territorios”, ironizó el especialista.

Los fosforados y los clorados fueron presentados en distinto tiempo con distintos mecanismos de acción “como la panacea para resolver los problemas de la producción de alimentos”. No obstante, demostraron ser “altamente dañinos” no solo para la salud humana sino también para los procesos agrícolas.

El profesor indicó que “el endosulfán, la sustancia que terminó matando a Nicolás Arévalo, está incluida entre los productos más peligrosos del planeta”. Sin embargo, al no estar prohibida por el el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria de Argentina (Senasa) había una creencia de que “no había que preocuparse, porque no era tan tóxico”.

“Evidentemente esa clasificación que le habían dado era equivocada, cuando no mentirosa, y estaba hecha en base a una muy débil cadena de investigaciones científicas que no tuvieron en cuenta los efectos ni a corto plazo ni a largo plazo”, concluyó el médico.

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