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Un viejo comunista surcoreano que pasó 30 años encarcelado lucha por regresar al norte

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Condenado dos veces por espionaje a favor del Corea del norte, con 30 años de reclusión a sus espaldas en Corea del sur, no hay ONG humanitaria que se apiade para cumplir el último sueño de Seo Ok-Ryol: morir en el país por el que ha sacrificado su vida (Corea del norte).

El sueño tiene su explicación: Seo nació y vivió en el sur, lo mismo que su familia, pero él quiso algo muy distinto: que fuera como el norte. Toda su lucha fue por ese sueño. Está muy cerca, apenas unos cuantos kilómetros; pero le separan las alambradas y los nidos de ametralladora del paralelo 38.

Eligió un bando que tiene muy mal cartel. Si hubiera sido al revés, ya habríamos visto su rostro en Tele5, la CNN, la Cadena Ser y toda clase de tertulias, donde hablarían de presos políticos y de que es muy poco humano tener a un anciano de 90 sin poder ver a sus familiares durante décadas.

En su pequeño apartamento se mueve despacio, con bastón, aspecto fatigado, la espalda curvada y los ojos hundidos en sus cuencas. Otra cosa es la cabeza y la argumentación, al que le llevan siempre empezando por el mismo punto: “¿No se arrepiente Usted?”

Entonces el abuelo saca energías de alguna parte escondida del alma para levantar un poco la voz: “No he hecho daño a nadie, sólo he amado a mi patria”, que no es ni el sur ni el norte sino ambas a la vez.

Corea sigue “de moda”. Alguien no se conforma con haber destruido a un anciano, como Seo Ok-Ryol, y quiere acabar con todos los coreanos, uno por uno. El candelero del Extremo Oriente ha permitido que la agencia AFP envíe a su corresponsal en Seúl a hablar con el viejo espía.

No ha pasado tanto tiempo cuando, tras la histórica cumbre de 2000 entre las dos Coreas, el gobierno de Seúl permitió que 60 ancianos encarcelados durante décadas pudieran volver a sus casas en el norte, casi en silencio para que nadie se entere que donde realmente hay presos políticos no es donde creíamos sino al otro lado de la línea de alto el fuego que separa a ambas Coreas.

Entre aquellos ancianos no estaba Seo Ok-Ryol, convertido en un héroe también para los movimientos progresistas del sur, un símbolo de resistencia inquebrantable. Ahora hacen campaña por su liberación y de la de otros 17 ancianos, uno de ellos de 94 años, para que puedan vivir sus últimos años en el lugar de sus sueños: Corea del norte.

Hace ya muchas décadas, cuando Seo Ok-Ryol era estudiante en Seúl, se afilió al Partido del Trabajo, incorporándose al ejército del norte en 1950, durante la guerra contra Estados Unidos.

Tras el armisticio comenzó a impartir clases en la universidad de Pyongyang, hasta que en 1961 se matriculó en una escuela de espionaje y le destinaron al sur para reclutar a un alto miembro del gobierno cuyo hermano había desertado al otro lado. Cruzó ilegalmente la frontera por el Río Yeomhwa y pudo ver a sus familiares por última vez.

Pero su encuentro con el alto cargo del gobierno de Seúl resultó un fiasco total. Llevaba una carta para él escrita por su hermano, pero no quiso recibirla. “Mi hermano ha muerto para mí. Le dije a las autoridades que murió durante la guerra”, fue su respuesta.

Al tratar de regresar al norte llegó tarde a la cita con el barco. Trató de cruzar el paralelo 38 a nado, pero la corriente le devolvió al sur, donde le detuvieron. Le interrogaron durante meses y fue duramente torturado. Le dejaron sin comer y le privaron del sueño. Finalmente, un consejo de guerra le condenó a muerte.

En la cárcel ha vivido en estricto  aislamiento, con una alimentación a base de arroz hervido y pescado salado. En 1963 le conmutaron la pena de muerte por la cadena perpetua, aunque diez años después le volvieron a condenar a muerte por otro crimen grave: había tratado de afiliar al Partido del Trabajo a otro preso.

“Seis veces he escuchado las palabras ‘pena de muerte’ en boca de fiscales y jueces”, le dice al periodista. “Mi madre se desvaneció varias veces y mi familia vendió su casa para pagar los gastos de mi defensa”. Una vez más, logró fintar a la muerte en el último momento. Pero sus padres murieron viéndole entre barrotes y rejas.

Minúsculas celdas de castigo, poco más grandes que un féretro… Palizas… Torturas… Simulacros de ahogamiento… Un año, otro y otro. Luego una década tras otra… No es el relato de la vida de un preso en las cárceles del norte sino en las del sur.

Después de una infección que la cárcel se negó a curar, el anciano perdió un ojo. En medio de la penumbra del apartamento, su mayor orgullo es poder gritarle a todo el mundo a la cara que él tampoco ha cedido ni un ápice porque cuando ya no te queda nada, la derrota depende de tí mismo: de seguir diciendo que no, a pesar de las promesas, de las migajas y de los cantos de sirena. “No puedo cambiar mis convicciones políticas a cambio de un ojo”, le dice al periodista. “Mi ideología política es más preciada que mi propia vida”.

En 1991 aceptó un compromiso con el gobierno y prometió respetar la ley surcoreana: libertad condicional bajo control judicial. Se instaló en la localidad meriodional de Gwangju, feudo de las fuerzas progresistas surcoreanas, cerca de su ligar de nacimiento, soñando con ver a su mujer y a sus dos hijos, que siguen viviendo en el norte.

A quien le quiera oir, saluda la resistencia numantina del gobierno de Pyongyang frente al imperialismo, un país al que pone como ejemplo de sociedad igualitaria donde cualquiera puede estudiar en la universidad a cargo del Estado.

El gobierno de Pyongyang -dice- tiene que defender a su pueblo con todas las armas a su alcance, incluidas las nucleares, frente a sujetos como Trump, al califica de “loco furioso”.

Este año ya ha sido hospitalizado dos veces por problemas cardiacos. Le queda muy poco aliento. En su humilde apartamento recibe a todo el mundo y tiene el apoyo más completo de 25 organizaciones populares del sur que promueven una campaña para que pueda volver al norte a ver a su mujer y a sus dos hijos.

Si logra verlos, es seguro que no podrá reconocerlos. “¿Qué les diría si les viera?”, le preguntan. “Les daría las gracias por seguir vivos. Me han faltado todos estos años. No esperaba haber vivido separado de ellos tanto tiempo”.

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