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El exterminio de los rohingyas muestra las contradicciones del imperialismo en el sudeste asiático

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Tras la brutal represión desatada en Myanmar (la antigua Birmania colonial) contra los rohingyas, varios medios internacionales independientes (no las grandes cadenas) han puesto en circulación versiones sesgadas de los acontecimientos, en varias líneas diferentes aunque, en definitiva, todas ellas cargan las tintas contra los oprimidos, lo cual es preocupante.

Otro rasgo común de ese tipo de insinuaciones es la falta de medida, algo también característico en este tipo de análisis. No ponen de manifiesto hechos falsos, sino que tratan de resaltar aspectos secundarios como si fueran los únicos o, al menos, los más importantes.

Esas corrientes establecen similitudes forzadas con la Guerra de Siria. En Asia el imperialismo también está fomentando nuevas “primaveras” al estilo de las de 2011. Del mismo modo, también aparecen las ONG que apoyan a los rohingyas y los fondos que llegan de Riad. El motivo son las buenas relaciones del actual gobierno birmano con China, países vecinos e inmersos en el proyecto de la Ruta de la Seda.

Ese tipo de afirmaciones son ciertas, pero se han expuesto de una manera muy descontextualizada. Myanmar no es Siria, ni Asia es Oriente Medio.

Es cierto que el imperialismo ha creado un grupo armado entre los rohingyas, un Al-Qaeda autóctono en el Estado de Rajin que el 25 de agosto provocó la reacción del ejército y la policía de Myanmar, pero hace ya decádas que los rohingyas están siendo marginados, perseguidos y masacrados, tanto en la etapa anterior de dictadura militar, como en la actual, que es una continuación de su precedecesora.

La situación en Birmania es, pues, otra buena oportunidad para entender los planes actuales del imperialismo y su forma de funcionamiento, incluso frente a Estados reaccionarios, como la actual Myanmar, donde operan las mismas ONG de siempre (Amnistía Internacional, Human Rights Watch), verdaderos caballos de Troya en cada uno de los países en los que operan, siempre financiados por los mismos “filántropos”: Estados Unidos (USAID, NED, IRI, NDI, Freedom House, Soros) y la Unión Europea.

Dichas ONG no trabajan sobre el terreno para ayudar a los represaliados sino para “crear opinión” en las grandes metrópolis, es decir, son los nuevos “corresponsales de guerra” que atraen la atención de los lectores hacia ciertos países, cuyos gobiernos están destinados a convertirse en víctimas de alguna campaña de desestabilización.

A través de dichas campañas, las ONG controlan una realidad que los demás ignoramos. Ellas fijan los hechos y crean los pretextos para convertir en aceptable -e incluso necesaria- cualquier agresión militar.

Algunos medios apuntan, incluso, al hecho de que el término “rohingya” es un invento reciente, que carece de ninguna otra entidad (nacional, étnica, cultural), con excepción de la religiosa, para poner de relieve la artificiosidad de un movimiento, lo cual alcanza a justificar la brutal represión.

Al conducir la atención hacia los rohingyas, se descuida la naturaleza política de Myanmar como Estado clientelar, su evolución, las elecciones del año pasado y la creación de un personaje, como la Premio Nobel Aung San Suu Kyi, pieza a pieza, al estilo del Dalai Lama: una pura mercancía para llenar las primeras planas de los noticiarios.

El imperialismo sujeta los dos extremos del hilo, escribe Tony Cartalucci (*), tanto al fantoche de Aung San Suu Kyi como a sus precedentes gorilas, tanto al gobierno que reprime como a los grupos armados rohingyas, un instrumento de presión para sujetar mejor a los dos anteriores. Los tentáculos de Washigton y de Bruselas han creado los partidos políticos que pueden funcionar legalmente, los periódicos y radios autorizados, conceden becas a los jóvenes para lavarles la cabeza en las universidades occidentales…

Es así como se margina a los gorilas de los aparatos del Estado para sustituirlos por una casta, que si por un lado es dominante, por el otro es clientelar: creada a imagen y semejanza de occidente, pero abocada a la política tercermundista. El fruto más acabado del imperialismo en Myanmar es el nacionalismo budista con el que ganaron las elecciones el pasado año.

Aunque su cabeza visible sea el fantoche de Aung San Suu Kyi, todos y cada uno de los ministros han aplaudido -lo mismo que la Premio Nóbel- las matanzas de los rohingyas. Se trata de los becarios adiestrados por esas universidades occidentales tan “prestigiosas”.

Veamos a uno de ellos: el ministro de Información Pe Myint, que ha sido encargado de redactar los artículos sobre las masacres. Se trata de un médico nacido precisamente en el Estado de Rajin que se benefició de un programa de formación impartido por el Departamento de Estado para periodistas en la Fundación Indochina Media Memorial de Bangkok, de donde pasó en 1998 a la Facultad de Periodismo de la Universidad de Iowa. A partir de entonces comenzó su carrera como “escritor” de novelas y redactor jefe del diario People’s Age Journal.

Si empezamos a tirar de cada uno de esos hilos, empezamos a encontrarnos con los mismos tinglados imperialistas de siempre. La Fundación Indochina Media Memorial aparece mencionada en los cables de WikiLeaks porque está financiada por el Departamento de Estado a través de los intermediarios que conocemos por montajes parecidos e imparte cursos a periodistas del sudeste asiático.

La misma conclusión se obtiene siguiendo el rastro babeante de las ONG que operan sobre el terreno, por lo que la conclusión es obvia: en Myanmar el imperialismo dirige los pasos de los criminales y de quienes los denuncian.

No obstante, para entender un crimen no hay que apoyarse tanto en la denuncia como en los criminales y en sus víctimas. Hay que empezar por el lugar de los “hechos”, el Estado de Rajin, donde ya se produce una primera diferencia respecto a Siria: el imperialismo no trata de destruir un Estado; se trata de un exterminio focalizado en un lugar de terminado.

Entonces es cuando aparece China, que está invirtiendo grandes cantidades en el Estado Rajin, que forma parte de la Ruta de la Seda. Sus fondos están yendo a parar al puerto de Sittwe, al que rodearán de grandes obras de infraestructura, carreteras, ferrocarriles y oleoductos que van de la costa a Kunming, en el interior del territorio chino.

La ola de protestas de las ONG que se inició este verano en Myanmar culmina una campaña anterior contra las obras de infraestructura, incluidos sabotajes, que viene acometiendo China en Rajin, con toda clase de pretextos (unos peores que otros). El gobierno de Pekín ha silenciado la represión contra los rohyngyas porque necesita mantener buenas relaciones con el gobierno de Rangún para un proyecto que es estratégico: disponer de una salida al Océano Índico que le suministre el petróleo procedente del Golfo Pérsico sin necesidad de atravesar el cuelo de botella del Estrecho de Malaca y el Mar de China Meridional, una zona en disputa.

Por su parte, Estados Unidos necesita un buen pretexto para llevar sus tropas a la región que, como muestran los mapas, es la frontera sur de China. Asia es el centro de gravedad de la política exterior del imperialismo estadounidense, cuyo objetivo primorcial es cercar a China con Estados vasallos o por medios propios.

(*) https://landdestroyer.blogspot.be/2017/09/analysis-by-analogy-myanmar-is-not-syria.html

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