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Pride (Moscofilms)

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Basada en una historia real, la película Pride muestra a un grupo de activistas LGBT londinenses que recaudaron dinero para ayudar a las familias afectadas por la huelga de los mineros británicos en 1984, al comienzo de lo que sería la campaña Lesbians and Gays Support the Miners (Lesbianas y gays apoyan a los mineros).
Todo ello en el contexto del gobierno autoritario y los brutales recortes sociales del gobierno de Thatcher y de la Gran Huelga, un conflicto que ha quedado como la última batalla del movimiento obrero británico.

En 1983, con unas cifras de paro que superaban los tres millones de personas (el 12,5 por ciento de la población activa), el Canciller de la Hacienda Nigel Lawson había anunciado las intenciones del gobierno Conservador de convertir al Reino Unido en una economía de servicios. Uno de los blancos preferentes de dicha ofensiva había de ser la minería de carbón, un sector fuertemente subvencionado (el gobierno laborista de Clement Atlee había procedido a su nacionalización en 1974) y que, además, gozaba de un poderoso sindicato: la National Union of Mineworkers, vinculada históricamente al Partido Laborista y presidida, en aquellos años, por Arthur Scargill.

En marzo de 1984, las autoridades anunciaron su decisión de cerrar 20 pozos mineros, algo que suponía la pérdida de 20.000 puestos de trabajo y que condenaba a la extinción a pueblos enteros, sobre todo en áreas como Yorkshire, Gales del Sur y Escocia. Películas como Billy Elliott, Big Man, Tocando el viento y la inédita en nuestro país (Still) The Enemy Within, han recreado el conflicto, en el que no faltaron ni los piquetes, ni las cargas policiales a porrazo limpio, ni las muertes violentas. Pretextando el impago de multas, el gobierno se incautó de los fondos de la NUM, obligando a los huelguistas a recurrir a donativos privados. Es entonces cuando los activistas LGBT entran en escena.

Mark Ashton (Ben Schnetzer en Pride), un irlandés de 23 años que residía en Londres, tenía buenas razones para poner a Thatcher en su lista negra, tanto por su pertenencia a la Young Communist League, como porque su condición de gay le situaba en el punto de mira de la Primera Ministro y sus aliados. Mientras que los diagnósticos de infección por VIH en el Reino Unido alcanzaban los tres millones anuales, medios afines al gobierno, como el diario The Sun, articulaban un discurso de homofobia virulenta.

Según afirmaba Kelvin MacKenzie, director por entonces de dicho tabloide, altos cargos de la Administración thatcherista se planteaban usar la pandemia como pretexto para recriminalizar la homosexualidad, apuntándose la idea de crear campos de concentración para gays y lesbianas. Sir James Anderton, jefe de policía en Manchester, no se cortaba en describir a los enfermos de sida como “desechos humanos”, y a los mineros como “terroristas” y “mafiosos”.

Ante tal estado de cosas, Mark Ashton y varios compañeros de militancia fundaron Lesbians and Gays Support the Miners (LGSM), una organización destinada a recaudar fondos para los mineros en huelga. Su premisa: “No puedes ser gay y pensar sólo en lo que les ocurre a los gays”. Su campo de acción: el sur de Gales, un territorio que (a juicio de los activistas) estaba siendo postergado por el sindicato de mineros en favor de los frentes de Yorkshire y Kent. Sus resultados: alrededor de 10.000 libras (cerca de 26.000 euro) recaudadas sólo en Londres.

Como se ve en Pride, y según apunta también el comunista Peter Frost, uno de los miembros originales del colectivo, el punto álgido de la campaña fue bautizado por el mismísimo The Sun: “Los pervertidos apoyan a los mineros”. Y, apropiándose del insulto, los responsables de LGSM emplearon el nombre Pits and Perverts (“Pozos [mineros] y pervertidos”) para un concierto celebrado el 10 de diciembre de 1984, con Bronski Beat como cabezas de cartel. La recaudación del sarao rondó, al cambio, los 18.500 euros.

El Sindicato Nacional de Mineros se mostró reacio, en un principio, a aceptar el apoyo del grupo debido a las preocupaciones de imagen al poder ser asociado con un grupo abiertamente gay, por lo que los activistas, en cambio, decidieron llevar sus donaciones directamente a un pequeño pueblo minero de Gales – dando como resultado una alianza entre las dos comunidades. La alianza no se parecía a ninguna vista antes, pero fue un éxito total.

Para corresponder, los mineros, superando sus prejuicios, participarían aquel año en la marcha del Orgullo Gay, en Londres, convirtiéndose en una de las más multitudinaria de todos los tiempos.

Se trata de un ejemplo real de la necesidad y posibilidad de unir en la misma lucha, de clases, los diferentes combates fragmentados de la clase trabajadora, ya que solo esta, la lucha de clases, lleva a la emancipación de toda opresión.

En la película también se aprecia como la cada vez mayor visibilidad de las manifestaciones LGTB provoca que el sistema las vaya deglutiendo, vacunándolas, y convirtiendo cada vez más en una fiesta sin contenido político, un espectáculo huero, en lugar de una lucha más, parte del combate general, de la clase trabajadora contra el capitalismo, por la revolución.

Precisamente ahora que se van a cumplir 100 años del triunfo revolucionario de la clase trabajadora en Rusia, dando lugar al primer estado socialista de la historia, conviene recordar que el Código Penal de la clase trabajadora en el poder, aprobado en 1922, fue el primero que despenalizó la homosexualidad de la historia, puesto que la lucha contra la explotación capital-trabajo, es decir, el motor de la historia, la lucha de clases, lleva también dentro de sí la lucha por el final de toda explotación.

Pride se puede ver en la página de cine de la clase trabajadora, MOSCOFILMS.

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