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La independencia gana la mayoría absoluta en las elecciones del 21-D

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Españolistas de ultraderecha, chovinistas de izquierda y otros sostenedores del régimen de Madrid quizás imaginaron que, por arte de birlibirloque, aplicando un artículo de aquella Constitución nacida de las entrañas del Movimiento Nacional Franquista, iban a desaparecer 2.000.000 de catalanes, y que el deseo de autodeterminación de todo un pueblo iba a esfumarse por arte de magia o milagrito de la virgencita del Rocío, tan pepera ella. Afortunadamente para los catalanes, los tiempos han cambiado un poco y ya nos pueden desaparecerlos en fosas comunes (al menos de momento, porque lo de la cal viva como práctica política no es un horror tan lejano).

Sin embargo, las elecciones del 21 de diciembre han supuesto un gran chasco para los de la Una,
Grande y Libre. El bloque independentista (JxCat, ERC y CUP) han vuelto a revalidar su mayoría absoluta, aumentando su número de votos en relación a las elecciones de 2015 en 95.000 papeletas. Todo ello a pesar de que la brutal campaña anticatalana y el miedo impuesto a golpe de porra policial el pasado 1-0 y de látigo judicial, con la aplicación del artículo 155 y la intervención del Tribunal Supremo en la campaña electoral, haya provocado que los neoliberales de ultraderecha (no, no se trata en su caso de una contradicción, aunque lo pudiera parecer), es decir, Ciudadanos, hayan ganado las elecciones a costa de la debacle pepera y del harakiri de Podemos, que optó por arrimarse al bloque del Arriba España.

Así pues, el resumen por bloques de la jornada electoral puede ser este:

-República Catalana: 2.027.998

-Arriba España: 1.854.299

-Equidistantes pero “arrimados” a los del 155: 317.146

En definitiva, lo peor de las elecciones catalanas ha sido que más de un millón de votos para la ultraderecha “neoliberal” españolista de C´s. El fascismo siempre suele pescar entre el descontento de la clase trabajadora con los que debieran ser sus representantes, y estos se empeñan en seguir poniéndose al lado de la oligarquía centralista; Rivera y Arrimadas y toda su facherío han aprovechado la situación para barrer el voto de los tibios, como los poco firmes en su posicionamiento, en su ya habitual oportunismo, de Podemos, único representante de una “izquierda” no nacionalista que, sin embargo, sigue empeñada en acusar al pueblo catalán de dejarse llevar por un proces burgués mientras solo les ofrecen la opción de seguir aguantando el chaparrón de recortes y de barbarie neoliberal.

Todo ello en unas elecciones con candidatos de la oposición encerrados en las mazmorras del estado o en el exilio y con la porra del art. 155 pendiendo sobre las cabezas de los independentistas. Aún así, los tejemanejes y los intentos de pucherazo no han surtido tanto efecto como el deseado y la República Catalana se ha revalidado. Además, con el error cometido de no acudir a las urnas en coalición, como sucedió en 2015, lo que probablemente ha hecho que se pierda algún escaño.

A destacar también el hundimiento del PP, prácticamente desaparecido de Cataluña, al que C´s ha comido casi todos los votantes, además de las consecuencias lógicas del suicidio de Podemos, que ha terminado apoyando finalmente al régimen del 78 (a pesar de la opinión de sus bases catalanas). En el caso de la CUP, sigue siendo el partido clave para que el independentismo siga adelante, aunque haya sufrido las consecuencias de la campaña del miedo de los medios de propaganda del régimen, además del boicot de muchos grupos cercanos que han considerado que su posicionamiento tras la brutal represión policial del 1-0 y la ambigua proclamación de la República Catalana ha sido como poco timorato, y finalmente han apostado por la abstención apostando por la abstención. Es el caso de, entre otros, Resisteix Lleida, que sacaron un comunicado en el que decían que “La CUP, para quien pedimos el voto en las últimas elecciones, tampoco han cumplido lo prometido. Ni han hecho la presión necesaria al Govern, ni han denunciado sus vacilaciones a tiempo y con fuerza, ni promovieron una respuesta a la altura ante los encarcelamientos o tras la declaración de independencia que ha quedado en humo. ¿En qué queda la desobediencia aceptando estas elecciones? ¿En qué queda la combatividad llamando a poco más que a caceroladas o a paseos con velas? Los apoyamos para que hablaran claro al pueblo y por miedo, por ingenuidad o por incompetencia, no lo han hecho. Sin llamar a una resistencia más firme, se ponen a la altura del resto de partidos independentistas. Así, el Estado lo ha tenido muy fácil para encarcelar, imponer el 155 e impedir la república”.

En cualquier caso, la realidad ha devuelto, como si se tratara de un boomerang, el golpe a Madrid. A los unionistas, a los gran españolistas, les ha salido el tiro por la culata. Ahora, ¿qué pueden hacer? Otro nuevo 155 a ver si a la tercera va la vencida… Mandar a más policía o al ejército ¿Meter a todos los independentistas en la cárcel? Cualquier cosa se puede esperar del bloque de la Una, Grande y Libre, que no ha tenido ningún tapujo durante toda la transición en cortar por lo sano cualquier intento de insumisión o de sacar los pies de ese tiesto que el franquismo dejara, como expresara su gran líder, “atado y bien atado”. Sin embargo, lo cierto es que les habrá quedado claro, suponemos, que no se enfrentan con fantasmas o a minorías infladas por la propaganda, sino con todo un pueblo, o la mayoría de él, simplemente dispuesto a poder decidir por sí mismo (y como todo pueblo, formado principal y mayoritariamente por su clase trabajadora, aunque esté desmovilizada por el oportunismo y sin tener partidos de clase que ofrezcan un camino propio, recordándo aquella indicación de Lenin de la doble tarea del proletariado en relación a la cuestión nacional).

En cuanto al mantra de la progresía de que han ganado las derechas o que han perdido las izquierdas, como si en España actualmente existiera tal diferenciación (el carrillismo ha hecho mucho mal entre los así llamados comunistas españoles), en realidad los que han perdido son los partidarios del continuismo, de seguir tragando con la herencia impuesta a golpe de sable del 78, y los que han ganado, dentro y fuera de Cataluña (donde muchos trabajadores quieren también una República), son los que se oponen a aquello. Tampoco hay que volverse loco. En realidad, todavía no ha ganado nadie, pues en un estado realmente antidemocrático como el español, el respeto al voto es una ficción (ya desde la imposición a ruido de sable del régimen del 78 se evitó preguntar al pueblo, en otras ocasiones se han ilegalizado mayorías y, si es necesario, se prohiben periódicos como Egin o se manda a la policia a evitar votar).

En cuanto a la “izquierda”, tienen que cambiar mucho las cosas para que surja un partido que sea capaz de, en vez de acusar al pedo de ser burgueses a los trabajadores que quieren romper con el estado de las cosas por votar a partidos que, evidentemente, no son revolucionarios, aunque les ofrezcan una ruptura que pueda ser o no más o menos ficticia, ofrecer a los que les votan, a los que sufren en primera persona la consecuencia de la desmovilización y desorganización provocada por esos mismos partidos que deberían representarlos, salidas reales, opciones alternativas que no se queden, como hasta ahora, en palabras huecas, críticas sin acción o falsas promesas revolucionarias que terminan una y otra vez diluyéndose en una mera reproducción, más o menos cosmetizada, del status quo.

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