Comencé a escribir estos análisis en julio de 2014 hastiado de la inacción de los mal llamados “progres” con el golpe nazi del Maidán ucraniano y la guerra de agresión lanzada contra el Donbás cuando los habitantes de esta zona se negaron a aceptar el nazismo. Fue el comienzo de dos cosas sobre los mal llamados “progres”: la constatación de la mediocridad en política interna e ignorancia en política exterior y su estupidez a la hora de considerar como “revolución” cualquier cosa que se mueva aunque sea más que sospechosa. “Revolución” de la que, por cierto, abominan aquí y que cuando se produce, como en Catalunya, huyen despavoridos para refugiarse en los cómodos sillones del sistema.

Mientras estos mal llamados “progres”, que no son otra cosa que la izquierda de la derecha, defendieron a los nazis, criticaron a los antifascistas del Donbás. Y les dejaron a su suerte repitiendo, una vez más, el discurso de “títeres de Putin” como luego hicieron con el gobierno sirio. Eso fue lo que me llevó a comenzar a escribir aquí.

Durante mucho tiempo seguí casi al día lo que acontecía en el Donbás y desde hace un tiempo, un año exactamente, no publico nada. Ahora hay que hacerlo porque ha sido asesinado Alexander Zajarchenko, el principal dirigente de la Republica Democrática de Donetsk.

Zajarchenko era el hombre de Moscú, por lo que su asesinato deja en muy mal lugar al Kremlin. Entre otras cosas, por la más que deficiente protección. En unos momentos en los que los neonazis ucranianos se están preparando para romper los acuerdos con Rusia firmados tras la desintegración de la URSS, con las provocaciones en el Mar Negro (con detenciones de pesqueros rusos) y con el evidente incumplimiento de los Acuerdos de Minsk, mantener la ficción de que todo sigue igual es otra estupidez de los neoliberales de Putin, a quienes arropa. Todavía siguen hablando de “nuestros socios occidentales” y dando oportunidades a los neonazis como hizo recientemente Putin en su reunión con Merkel dando garantías sobre el mantenimiento del tránsito del gas por Ucrania.

Si en EEUU hay un “estado profundo” que está engullendo a Trump, en Moscú también lo hay y son los neoliberales quienes están rodeando, como una anaconda, toda la política, apretando y apretando cada vez más haciendo que el cuerpo no deje de mirar a Occidente. Los Acuerdos de Minks fueron la última oportunidad de poder negociar con Occidente de una forma civilizada. Desde entonces, uno tras otro, los más significados dirigentes, claramente antifascistas, han sido asesinados uno a uno: Mozgovoi, Motorola, Givi y ahora Zajarchenko. Con él muere la etapa romántica del antifascismo. Ninguna de las muertes se ha aclarado, ni se hará. Unas son claramente achacables a los servicios secretos ucranianos, otras a ajustes de cuentas (como ocurrió con Mozgovoi) porque se negaba a aceptar el retorno de los clanes oligárquicos al Donbás.

Zajarchenko no era ajeno tampoco a esto. Él protegió los intereses de uno de los principales oligarcas, Ajmetov, y más recientemente a otro, Kurchenko. El antifascismo se fue diluyendo para caer en lo de siempre, pese a que se rehabilitasen los monumentos soviéticos destruidos por los neonazis y se reinstalasen las estatuas de Lenin. El antifascismo quedó en una simple fachada de cara al neonazismo de Kiev. La gente esperaba cambios, económicos y políticos, pero no fue así.

Es cierto que ha habido una política mejor que en Kiev, manteniendo ciertas ayudas sociales y controlando los precios, por ejemplo, pero poco más. Cuatro años después, no se ha avanzado ni un milímetro en la unificación con Luganks (aunque Zajarchenko ayudó a derrocar al corrupto primer ministro Plonitsky) y la famosa Malorossiya (Pequeña Rusia) que Zajarchenko se comprometió a proclamar este pasado mes de julio duerme el sueño de los justos.

Sin embargo, Zajarchenko era el último símbolo de esa etapa romántica antifascista. Era el exponente más claro del rechazo al nazismo del Maidán. Eso facilita, también, una nueva iconografía, un nuevo escenario tanto para los neonazis de Kiev como para Moscú. Zajarchenko era uno de los firmantes de los Acuerdos de Minsk, por lo que ahora hay que darlos formalmente por rotos. Si Moscú sigue insistiendo en ellos no solo cometerá otro error -como el reconocer el gobierno de Poroshenko- sino que estará dando validez a toda esta estrategia de asesinatos. La tibia reacción de Moscú tras el asesinato de Zajarchenko es una buena pista. Estamos en algo parecido a lo de Siria, o iniciar las represalias o aceptar las humillaciones. Llevándolo un poco más lejos, es una clara provocación a Rusia en unos momentos en los que está centrada en Siria. Es como reactivar de nuevo otro frente. Y Putin arropando a los neoliberales. Pues muy bien, ya tiene otra buena muestra del buen hacer de Occidente.

Además, según esos acuerdos, el estatus especial del Donbás que se aprobó, con muchos recortes, en la Duma ucraniana, expiran dentro de dos meses, por lo que o bien se prorrogan o se incumplen definitivamente. Eso lleva a un nuevo escenario en el que Zajarchenko era fundamental: se oponía a la presencia de tropas de “mantenimiento de la paz” en el Donbás. Esa era inicialmente una propuesta rusa, luego descartada y retomada por los neonazis.

Se entra, por lo tanto, en una etapa de desestabilización evidente y en el que la gente tiene que reaccionar, tanto contra las amenazas externas como contra las internas. Tiene que volver el antifascismo original, la lucha contra los oligarcas y dar un puñetazo encima de la mesa del Kremlin. Porque la impresión es que Rusia está relajando su política en el Donbás. Cuando te golpean el silencio no es una opción, hay que responder. Por ejemplo, diciendo al Kremlin que si no puede parar los asesinatos tiene que reconocer a las repúblicas del Donbás.

El Lince

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