Cientos de hondureños en el paso fronterizo entre Guatemala y México. Foto: Getty Images

Elson Concepción Pérez.— Los seres humanos han migrado en todas las épocas y en América Latina se exacerbó con la colonización y ocupación, que recuerda hechos de barbarie contra poblaciones originarias y saqueo de los territorios donde la metrópoli asestaba sus garras.

En este y otros continentes, años después de lograrse la independencia, por una u otra vía, algunas potencias no se conformaron con el nuevo estatus, y han actuado y lo siguen haciendo en una variante neocolonial, con métodos más acordes a la época en que vivimos, donde han aparecido fórmulas más crueles como bombardeos, invasiones, ocupaciones militares, sanciones económicas y otras.

Expresión de lo que ocurre en el mundo actual es el hecho de que millones de palestinos han sido expulsados de su Patria. También, que cientos de miles de africanos se lanzan a la mar en frágiles embarcaciones para llegar a países europeos que una vez fueron metrópolis. Igualmente, los desplazados por guerras, las fragmentaciones humanas a causa de conflictos étnicos y religiosos y los que emigran en busca de trabajo o comida, y otros.

Estados Unidos ha hecho de la emigración un fenómeno político, manipulado de acuerdo con sus intereses, con rasero diferenciado, que va desde los que reciben los supuestos «beneficios» de una ley como la de Ajuste cubano, hasta las familias a las que se les arrebatan sus hijos al llegar a territorio norteamericano y los encierran en jaulas, y finalmente los deportan del país.

El tema migratorio tiene exponentes tan desgarradores como el de los que en Centroamérica se someten a todo tipo de riesgo y emprenden un camino lleno de pesadillas en forma de esperanzas que casi siempre se ven frustradas.

En todos los casos hay coincidencias en cuanto al porqué de la emigración. Y generalmente es esa la razón que los centros de poder no quieren aceptar.

En una gran mayoría la urgencia del que emprende el éxodo, por peligroso que sea, está vinculada con factores económicos impuestos por el sistema capitalista de desigualdad y explotación, y por la inseguridad que en cada país puede ser causa directa de estos fenómenos sistémicos.

En este análisis vale recurrir a la Reflexión de Fidel Castro, del 25 de marzo del 2011, cuando planteaba: «La realidad es que muchos jóvenes centroamericanos han sido conducidos por el imperialismo a cruzar una rígida y cada vez más infranqueable frontera, o prestar servicios en las bandas millonarias de los narcotraficantes».

Una vez que el poder mediático ha informado o desinformado sobre la caravana que mueve a miles de personas desde Centroamérica con destino a Estados Unidos, se han escuchado en la sede imperial las más desequilibradas respuestas por parte del presidente Donald Trump, que amenaza con cerrar la frontera con México y usar la fuerza militar contra los que huyen del hambre y de las bandas criminales que se han enquistado en sus países.

En la citada Reflexión, el líder histórico de la Revolución Cubana recordaba que «los latinoamericanos no son criminales natos ni inventaron las drogas».

«Los aztecas, los mayas, y otros grupos humanos precolombinos de México y Centroamérica, por ejemplo, eran excelentes agricultores y ni siquiera conocían el cultivo de la coca», añadía.

En su artículo, Fidel recuerda un informe publicado en la Ciudad de México con datos sobre las 50 ciudades más violentas del mundo, por el número de homicidios ocurridos en el año 2010. En él se afirma que México reúne el 25 % de ellos.

Refiere, de igual forma, que la ciudad de San Pedro Sula, en Honduras, ocupa el tercer lugar con 125 homicidios por cada 100 000 habitantes y que en Tegucigalpa, también en Honduras, la cifra de homicidios es de 109.

Un informe de Unicef, «La infancia en peligro», de agosto del 2018, señala: «Cada día, niños y familias de El Salvador, Guatemala, Honduras y México dejan sus hogares y sus comunidades para emprender la peligrosa travesía hacia el norte. Empujados por la amenaza de la violencia y la desesperación que causa la pobreza, ponen sus vidas en peligro a cambio de la promesa de encontrar un futuro mejor. Por el camino se enfrentan a la amenaza constante de la explotación o la detención, una amenaza que persiste incluso si logran cruzar la frontera. Cuando los devuelven a su país de origen, suelen encontrarse en circunstancias peores que las que dejaron al comenzar su viaje».

Casi todas las referencias mediáticas de informes de instituciones internacionales consultados, precisan que Centroamérica, con cerca del 40 % de sus 46 millones de habitantes en la pobreza, es el «caldo de cultivo para las pandillas».

El problema no radica únicamente en la pobreza, sino en la inequidad socioeconómica en la que conviven las personas desplazadas o desempleadas en relación con los que reciben mayores beneficios de la sociedad, se lee en el sitio digital el Periódico, de Guatemala.

Pienso entonces, que cualquier análisis –si es serio– sobre el tema migratorio en América Latina, requiere ir a las causas mismas y buscar fórmulas para que nuestros pueblos no tengan que someterse a semejante reto. Más civilizado –para llamarlo de alguna forma– es hacer caso, mediante el diálogo y no las amenazas, a quienes hacen propuestas que pudieran ayudar a solucionar una problemática «con todos y para el bien de todos».

Hay que escuchar el sensato ofrecimiento del próximo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien propuso esta misma semana que se entreguen visas de trabajo a los migrantes centroamericanos.
«Le dije a Trump que el segundo paso es el plan de desarrollo que incluya Centroamérica para impulsar actividades productivas, crear empleos y de esa manera enfrentar el fenómeno migratorio, no con deportaciones», afirmó amlo, según un reporte de bbc Mundo.

El diario español El País, por su parte, cita a López Obrador cuando pidió que a los inmigrantes «se les garantice su derecho a buscarse la vida, que no haya maltrato, que se les proteja, que se les ayude y apoye».

En contraposición con esta postura, el propio diario refiere que el llamado de López Obrador coincidió con la visita a su país la víspera del secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, quien fue a México a presionar a las autoridades para frenar el paso al Norte de los migrantes centroamericanos.

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