El 21 de septiembre de 1976 una bomba dirigida por control remoto que viajaba en el vehículo del diplomático chileno Orlando Letelier explotó mientras circulaba por el centro de Washington.

Junto al diplomático falleció también su asistente estadounidense Ronni Moffit.

Hasta el más inepto podía sospechar que un atentado en el centro de Washington sólo puede ser un trabajo “interno” de cualquiera de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, sobre todo teniendo en cuenta la complejidad del “modus operandi”. En otras palabras, el atentado fue obra de la CIA. Hoy lo llamarían “de falsa bandera”.

Entonces la CIA estaba dirigida por Bush padre, recién fallecido, y ahora la sede central de la central en Langley lleva su nombre, lo que pone de manifiesto la naturaleza criminal de ambos: de la Bush y de la CIA.

El vicepresidente de los matones de Langley no era otro que Vernon Walters, recién cumplida su misión en España.

Los asesinos borran unas pistas y fabrican otras, naturalmente falsas, que es lo que hizo entonces la CIA: fabricó un informe falso en el que exoneraba del crimen a la dictadura pinochetista, se lo envió al FBI y, naturalmente, a la prensa, en este caso a la revista Newsweek, desde donde comenzó a circular por todo el mundo como versión oficial, rigurosa y seria. Lo demás era asunto de los conspiranoicos de siempre.

No hará falta decir que exonerar a la dictadura chilena era como exonerarse a sí misma en todos y cada uno de los crimenes que se cometieron, dentro y fuera de Chile.

El dato es importante porque el crimen formaba parte de la Operación Cóndor, una campaña internacional dirigida al exterminio de cualquier clase de oposición a la dictadura militar.

Pasaron 24 años hasa que en un informe dirigido al Congreso el 18 de septiembre de 2000, la CIA reconoció oficialmente por primera vez que quien ordenó el atentado terrorista fue el jefe de la DINA Manuel Contreras.

Lo que el informe callaba era que, a su vez, Contreras no era otra cosa que un agente a sueldo de la propia central de espionaje. En consecuencia, quien ordenó el atentado fue la propia CIA, por si cabían dudas, lo que es tanto como calificar de asesino a Bush y a Walters.

En su informe la CIA añadía que la central estaba al corriente del papel desempeñado por el gobierno chileno en el crimen de Washington y en los demás asesinatos cometidos por la Junta militar.

Newsweek publicó su fraude el 11 de octubre de 1976, asegurando que “la policía secreta chilena no estaba involucrada” en el asesinato de Letelier. “La agencia [CIA] llegó a esta decisión porque la bomba era demasiado burda para ser obra de expertos y porque el asesinato, que ocurrió mientras los dirigentes chilenos cortejaban el apoyo estadounidense, sólo podía perjudicar al régimen de Santiago”.

La CIA y la prensa actuaron, como hacen ahora, de manera sincronizada y con esa falta absoluta de escrúpulos a la que nos tienen acostumbrados. Después del asesinato de Letelier y Moffitt, Bush prometió la plena cooperación de la CIA para encontrar a los asesinos. Pero en su lugar, lo que hizo fue crear pistas falsas, cotinas de humo e intoxicar al mundo entero con mentiras.

Newsweek no fue el tonto útil del crimen y el engaño subsiguiente. En 1988 el gran periodista Robert Parry, ya fallecido, descubrió que la CIA había sido informada por su embajador en Paraguay de que Michael Townley, el ejecutor material del asesinato, se disponía a entrar en Estados Unidos con un pasaporte falso suministrado por la DINA. La revista no quiso publicar el artículo de Parry porque 12 años después dejaba al descubierto su complicidad con el engaño de la CIA.

Por si no fuera suficiente, en lugar de autocriticarse, la revista cargó contra Parry, al que acusaron de “difamar a Bush”, que es tanto como difamar al Jack El Destripador.

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