En Economía Política se llama “enfermedad holandesa”, “mal holandés” o “síndrome holandés” a lo que normalmente entendemos por “morirse de éxito”, que no es otra cosa que lo que la dialéctica conoce como transformación de la cantidad en calidad.

Es lo contrario de lo que muchos suponen: los problemas de un país se multiplican cuando encuentra tesoros escondidos tales como minas o yacimientos de alguna materia prima. Los países no salen de la pobreza con la gallina de los huevos de oro. Muchos países del Tercer Mundo (pero no sólo del Tercero) han aprendido que sus riquezas obstaculizan el desarrollo económico.

Si las personas quieren dinero, los países quieren divisas, que se obtienen de un saldo favorable de la balanza de pagos, es decir, de exportar más de lo que se importa.

Un país que exporta una materia prima, como el petróleo, experimenta un gran aumento de sus reservas de divisas, lo que a su vez aumenta la cotización de la suya, algo que no es tan beneficioso como se cree normalmente. A lo largo de la historia muchos países lo han comprobado.

En la década de los sesenta Holanda descubrió grandes yacimientos de gas natural, que exportó al extranjero, lo que aumentó considerablemente su reserva de divisas. El florín, la moneda local, se apreció.

Como consecuencia de ello, el capital extranjero entró a gran escala. Paradógicamente, el pais se endeudó y la inflación llegó a ser galopante.

Las importaciones son baratas y las exportaciones muy caras. Sale más rentable comprar en el exterior. Disminuye la demanda de productos locales, se cierran empresas y aumenta el paro.

En el siglo XVI llegó a España una gran cantidad de metales preciosos procedentes del expolio de Latinoamérica y se produjo ese fenómeno. Lo mismo ocurrió en Australia a mediados del siglo XIX cuando se descubrieron minas de oro. Es lo que está ocurriendo ahora mismo en Venezuela con el petróleo.

La enfermedad holandesa provoca un desajuste interno entre las empresas exportadoras, como PDVSA en Venezuela, y las demás. Las primeras son mucho más rentables que las otras: emplean una parte ínfima de la fuerza de trabajo, pero aportan la mayor parte de la producción local y de las divisas.

El monocultivo es el becerro de oro, la gran tentación. Se le presta una atención que ningún otro sector económico tiene. Toda la economía de un país llega a girar en torno a una sóla mercancía, como el petróleo, e incluso a una sola empresa, como PDVSA en el caso de Venezuela.

A los venezolanos le resulta mucho más barato viajar a Colombia para comprar. Llenan los camiones y vuelven cargados con mercancías que inundan el mercado negro local.

Para frenar la especulación, el gobierno bolivariano impone precios regulados por debajo del mercado y los especuladores vacían los supermercados para dale la vuelta al flujo: venden las mercancías en Colombia. Se llama “bachaqueo” porque se ha convertido en un modo de vida para muchos venezolanos.

Es una espiral que conduce a todas las lacras características: contrabando, mercado negro, especulación, carestía… Un problema económico se tranforma en un problema político.

El precio del petróleo y, por lo tanto, los ingresos derivados de su venta, dependen del mercado internacional, que es fluctuante, lo que genera más efectos viciosos.

PDVSA es una empresa pública, gestionada políticamente, con todo lo que la palabra “política” significa en Latinoamérica y en Venezuela, lo cual reconduce otra vez el análisis económico al político, lo que requiere explicar el bolivarismo tanto como la corrupción que viene salpicando a PDVSA desde siempre, incluida la etapa bolivariana (y que no se ha superado).

Un Estado en el que la corrupción alcanza a empresas públicas tan significativas como PDVSA, está condenado a fallecer de muerte “natural” si antes los imperialistas y los vecinos no lo destruyen por la fuerza.

Un Estado de clase, socialista, revolucionario, es absolutamente limpio y no puede dejar de cortar cabezas hasta que la limpieza se impone. Caiga quien caiga. Una república popular no puede exigir nada a nadie, a la población, que antes no se haya impuesto a sí misma. Se llama responsabilidad política, aunque tiene también nombres más feos, como purgas, depuraciones y destituciones que son la quintaesencia de la democracia.

Ni en Venezuela ni en España la corrupción es lo que muchos suponen, sino algo peor cuando “la política” falla estrepitosamente, como ocurre. La corrupción no es economía, ni pura ni impura, es decir, no es consecuencia -para nada- de la injerencia de “la política” en un “libre mercado” que no existe.

Los países que padecen la enfermedad holandesa, como Venezuela, carecen de planes o los planes son tan malos como “la política” de donde derivan. Acaban concibiendo el petróleo como un maná. Todos sus planes son a corto plazo. En el mejor de los casos se preocupan por la distribución del botín y construyen más de un millón de viviendas para entregárselas a quienes nadie nunca les dio nada.

Con montañas de dinero en el bolsillo, los gobiernos contagiados por el mal holandés, gastan pero no invierten. Derrochan el dinero, emprenden proyectos faraónicos y el capítulo de gastos de los presupuestos públicos se dispara.

La masa de dinero fiduciario en circulación también se multiplica; aumenta la demanda pero no hay una contrapartida en la oferta. La inflación llega a ser incontrolable. Venezuela tiene uno de los índice de inflación mayores del mundo. El año pasado fue superior al 1.000 por cien.

La inflación conduce al acaparamiento y la especulación. La población vacía las tiendas y almacena mercancías en su casa, en ocasiones sólo para revenderlas luego a un precio más elevado en el mercado negro.

Sigan sumando a ello el bloqueo impuesto por el imperialismo, las sanciones económicas, el robo de las reservas de oro por el Banco de Inglaterra, la entrega de los haberes venezolanos en Estados Unidos a los golpistas… Verán que Venezuela no tiene otra salida que no sea la revolución socialista. No con la martingala del “socialismo del siglo XXI” sino con el único socialismo que existe.

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