«Schopenhauer condenó a Hegel por «charlatán», y ante todo, condenó también a la filosofía de la historia de Hegel. En la historia de la humanidad no veía un proceso de desarrollo ascendente, sino apenas una historia de individuos; el pequeño burgués alemán, del cual era el profeta, es el hombre tal como ha sido desde un comienzo y tal como lo será en todo tiempo futuro. La filosofía de Schopenhauer culminaba en la idea de que en todos los tiempos «ha sido, es, y será lo mismo». Así, escribe: «La historia muestra lo mismo en cada una de sus páginas, sólo que bajo formas distintas: los capítulos de la historia de los pueblos sólo se diferencian, en el fondo, en los nombres y las fechas; el contenido verdaderamente esencial es en todas partes lo mismo. La materia de la historia es lo singular en su singularidad y contingencia, aquello que es siempre y que luego ya no es nunca más, el entrelazamiento de un mundo humano que se mueve como una nube al viento, que a menudo se transforma por completo por la contingencia más insignificante».

En su concepción de la historia el idealismo filosófico de Schopenhauer está así muy próximo al materialismo científico-natural. En realidad, ambos son los polos opuestos de la misma limitación. Y cuando refiriéndose a los materialistas científico-naturales exclamaba, furioso: «A estos señores de las marmitas hay que enseñarles que la mera química capacita para ser farmacéutico, pero no filósofo», habría que haberle mostrado a él que el mero filosofar capacita para la mojigatería, pero no para la investigación histórica. (…)

Desde los días de El Manifiesto Comunista y de la revolución de 1848, la filosofía no ha influido ni lejanamente sobre el desarrollo histórico de la nación alemana, a no ser como quinta rueda en el carro de la reacción. Dejamos de lado nuevamente los funcionarios del estado y los profesores de filosofía a sueldo, que naturalmente deben cumplir con su función, a saber la de ensalzar a las clases dominantes. Pero también aquellos filósofos, a los que no se les puede negar, a su manera, haber pensado por sí mismos, no han hecho más que correr echando pestes detrás del carro rodante de la historia. Piénsese solamente en Schopenhauer, en Eduard von Hartmann, en Nietzsche. Se puede convenir gustosamente en que Schopenhauer fue un hombre agudo, y que Nietzsche fue algo poeta, pero, ¿qué posición adoptaron frente a los grandes problemas que sacudían a su tiempo? Schopenhauer se desataba en improperios contra la revolución de 1848 con toda la estrechez del pequeño burgués decadente, Hartmann ponderaba la ley contra los socialistas, y Nietzsche condenaba el socialismo con las gastadas consignas de la explotación capitalista, congiros apenas ya usados, siquiera por el viajante de comercio en la mesa de los parroquianos.

No es posible concebir una prueba más concluyente del hecho de que todo ha acabado para «la filosofía tal como se dio hasta nuestros días». Su gloria, para hablar con Marx, consistió en haber sido el fruto de su tiempo y de su pueblo, «cuya savia más intangible, costosa y sutil se agita en las ideas filosóficas»; o también puede decirse de ella lo que Lassalle afirmara cierta vez en los parlamentos de la gran revolución francesa, que ésta se colocó siempre a la máxima altura teórica de su tiempo, que en su época no podía rastrearse ningún pensamiento que no hubiera movido su pulso.

Esto es tan válido para el holandés Spinoza como para los ingleses Hobbes y Locke y Hume, para los franceses Holbach y Helvétius, como para los alemanes Kant, Fichte y Hegel. Compárese con ellos la postura de Schopenhauer, Hartmann y Nietzsche frente a todo aquello que agitó al mundo alemán en la segunda mitad del siglo XIX.

Claro está que dentro de las clases burguesas se levantó contra la filosofía una oposición más o menos vigorosa. Sin embargo, tampoco ésta pudo aducir nada mejor que la fuga hacia el pasado. Antes se dijo: ¡Retornemos a Kant!, y después que este grito se hubo extinguido poco más o menos, emerge la «restauración de la filosofía hegeliana», lo que posiblemente resulta más insensato aún. Cuando Friedrich Albert Lange propuso, en primer lugar, la vuelta a Kant, lo que buscaba era salir de la niebla de la filosofía conceptual romántica y retornar a un terreno seguro; ahora, después de haberse probado como ilusorio este terreno, la vuelta a la niebla pretende ser la única salvación». (Franz Mehring; Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos, 1893)

Apéndice 3

Prefacio de los editores alemanes a los Escritos Filosóficos de Mehring:

«De la mayor significación para el movimiento obrero alemán fue al firme oposición que Franz Mehring adoptó contra la filosofía irracionalista y reaccionaria de Shopenhauer y Nietzsche, caracterizando a Shopenhauer como filosofo de la burguesía atemorizada por la revolución de 1848, y a Nietzsche en cambio, como nuncio de la ilimitada voracidad del gran capital y de su moral de señores. Mehring puso de relieve con toda razón, el carácter ultrareacionario, antidemocrático, orientado en especial, contra el movimiento obrero socialista, de la filosofía de Nietzsche». (Franz Mehring; Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos, 1893)

Anotación de Bitácora (M-L):

Véase los tres magnificos artículos de Mehring contra Nietzsche [aquí].

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