Darío Herchhoren.— Lo que debería ser una bendición para cualquier país en Bolivia es una maldición. Así lo expresó el escritor boliviano Augusto Céspedes en un libro memorable que se llama Metal del Diablo, donde éste se refiere a las minas de estaño bolivianas que siempre han sido motivo de la codicia de los diversos imperios que asolaron a Latinoamérica. Primero fue el imperio inglés, y luego el norteamericano que lograron hacerse con ese metal diabólico que Céspedes llama así por las desgracias que ha traido su propiedad al pueblo boliviano, y que nunca fue un instrumento de liberación para ese pueblo.

La historia de Bolivia siempre giró en torno a la propiedad de las minas de estaño, que se convirtieron en manos del indio Antenor Patiño en el primer renglón de exportación de ese país, y causa de su permanente inestabilidad política.

Durante los siglos XIX y buena parte del XX (hasta 1952), el estaño estaba en manos de empresas mineras que se asociaron con Patiño para su explotación y exportación, y la importancia de ese metal se debe a que mezclado con el cobre da un metal duro como el bronce, que tiene un sinfin de aplicaciones en la industria moderna, pero la revolución popular de 1952 a manos del Movimiento Nacionalista Revolucionario a cuyo frente estaba Victor Paz Estenssoro, puso fin a esa situación nacionalizando el estaño que pasaría a manos del Estado creando para ello una empresa estatal que se encargaría de su explotación y comercialización. Vaya por delante, que la llegada de Paz Estenssoro al poder en Bolivia, fue en gran medida gracias a la ayuda del presidente argentino Juan Domingo Perón, que envió a través de la frontera argentina boliviana a la ciudad de Tarija mediante el ferrocarril gran cantidad de armas para apoyar a Paz Estenssoro.

El estaño boliviano mientras estuvo en manos privadas fue siempre manejado por lo que se llamó «la rosca del estaño», que era un conglomerado miserable formado por los exportadores del metal, y por la familia de Antenor Patiño y luego Simón Patiño, ambos indios coyas, que luego fundaron un banco en Suecia, y al día de hoy son de las mayores fortunas que existen en el mundo. Para mejor comprender la situación de Bolivia y de su estaño hay que saber que la exportación del estaño se hacía en bruto, es decir que el mineral se vendía al exterior tal como salía de las minas, sin purificar, y por lo tanto sin valor agregado, y por lo tanto a bajo precio.

La llegada del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) al gobierno boliviano significó un cambio importante para el país, ya que por primera vez el estaño se vendía en barras o en planchas, es decir con valor agregado, que se lograba mediante un alto horno propiedad del Estado boliviano.

Durante los años siguientes Bolivia fue objeto de sucesivos golpes de estado del ejército aliado a la oligarquía, que comienzan a darse por el general Barrientos Ortuño, y que tienen su final con la llegada de Evo Morales al gobierno luego de la dictadura del general Banzer.

Bolivia tiene uno de los subsuelos más ricos del mundo donde hay petróleo, gas, oro, plata, y últimamente litio. El mayor yacimiento de litio del mundo está en Bolivia, en una enorme reserva que abarca a Bolivia, Chile, y Argentina. La mayor parte del litio de esa reserva está en territorio boliviano, que es el 70% del total del litio existente en el mundo, y que ahora está siendo explotado por una empresa germano boliviana que fabrica baterías para automóviles.

Todo ese tesoro que se ubica en territorio boliviano hace que el imperio yanqui haya puesto sus ojos y también sus manos en ese país, y que la política del presidente Morales no le guste, y que intente mediante todo tipo de agresiones acabar con su gobierno.

En estos momentos Bolivia está siendo agredida de una manera feroz por una oposición muy parecida a la que derrocó a Salvador Allende en Chile en el ya lejaño año 1973, y utilizando los mismos métodos de antaño. La «oposición» sale a las calles denunciando un presunto fraude en la reelección última de Evo Morales cometiendo todo tipo de desmanes violentos, y organizando disturbios en las calles, con agresiones a las mayorías de indios quechuas y aymaras que forman lo que en la nueva constitución boliviana se llama el estado plurinacional. El pueblo boliviano, y en especial la clase obrera, los mineros, los campesinos y los artesanos que conforman casi el 90% de la población jamás había gozado de un estado de bienestar como el que han logrado ahora, y eso es algo que la vieja oligarquía no quiere ni está dispuesta a aceptar. Si el gobierno democrático de Bolivia no aplica medidas para romperle el espinazo a la vieja oligarquía despojándole de sus bienes, deberá enfrentarse a situaciones como ésta muchas más veces. La experiencia chilena debe servir para no repetirla.

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