sábado, julio 11, 2020
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La atmósfera no es un invernadero.

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El año pasado dos científicos griegos, K.A.Vorotsos y N.M. Efstathiou, publicaron en la revista Journal of Atmospheric and Solar-Terrestrial Physics un artículo contrastando los modelos climáticos existentes con los registros empíricos de temperaturas obtenidas de datos satelitales. El título llama la atención (“¿Ya ha llegado el calentamiento mundial?”), aunque lo más sabroso está en la conclusión final que ambos deducen del contraste:

“En base a nuestros datos, y teniendo en cuenta la complejidad del sistema climático y las incertidumbres de los modelos climáticos, no es posible sostener la tesis de que el calentamiento global, con un efecto invernadero creciente, está causado por las actividades humanas” (1).

Los datos a los que se refieren los autores proceden de la troposfera y la estratosfera, fueron tomados por la NOAA y están accesibles en internet (2). Consisten en valores medios mensuales de eso que llaman “anomalías de temperatura”, sobre la media del periodo 1981-2010.

Las mediciones alcanzan el periodo de 1978 a 2018, es decir, 40 años en total.

Ambos científicos concluyen con varias afirmaciones que ya sabemos de antemano, pero que es importante subrayar: los modelos climáticos son erróneos, la realidad atmosférica es más compleja de lo que dichos modelos suponen y, finalmente, no se le puede atribuir un régimen uniforme de evolución de las temperaturas, ni de calentamiento ni de enfriamiento.

La atmósfera no es un invernadero; en todo caso, habría que hablar de varios invernaderos, cada uno de ellos con una evolución diferente de la temperatura. Por ejemplo, la troposfera se ha calentado en los últimos 40 años, pero no todas sus capas lo hacen a la misma velocidad. El calentamiento decrece con el aumento de la altitud a un ritmo del orden de 0,10 grados centígrados aproximadamente por década, es decir, de manera casi inapreciable.

Incluso la tropopausa (a unos 10 kilómetros de altitud) no se calienta en absoluto, lo cual también se sabía de antes, a pesar de lo cual los modelos climáticos siguen diciendo lo contario, incluidos aquellos sobre los que se apoya el IPCC.

Pero hay más errores aún. Según las hipótesis corrientes, las variaciones de temperatura en la troposfera están relacionadas con las variaciones de temperatura en la estratosfera o, en otras palabras, la troposfera influye en la estratosfera.

Es otra suposición errónea: el régimen térmico de la troposfera depende, según Vorotsos y Efstathiou, de la dinámica del ozono estratosférico, ya que la baja estratosfera sigue una dinámica opuesta a la troposfera: se está enfriando, mientras la troposfera se está calentando, como también se sabía de antes por mediciones tomadas con el lanzamiento de globos sonda.

La baja estratosfera se enfría a un ritmo de -0,29 grados centígrados y el comportamiento disociado de ambas regiones de la atmósfera conducirá -más temprano que tarde- a arrinconar en el desván la tesis del “efecto de invernadero” y, naturalmente, la obsesión por las emisiones de CO2.

La densidad de CO2 no afecta al cambio en las temperaturas atmosféricas y si tuviera alguna influencia, sería insignificante.

Es una obviedad recordar ahora que la realidad siempre es más compleja que cualquier modelo, por bueno que sea. A mayor abundancia, cuando el modelo falla más que una escopeta del feria, las previsiones acaban en el ridículo.

En consecuencia, el inminente informe que va a emitir el IPCC será una nueva colección de absurdos, pero habrá que aguantar la marejada de quienes siguen haciendo pronósticos sobre las temperaturas y sus consecuencias que jamás se van cumplir.

(1) https://doi.org/10.1016/j.jastp.2018.10.020
(2) https://ghrc.nsstc.nasa.gov/hydro/?q=msu#/?_k=lqx4os

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