lunes, mayo 25, 2020
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Causas de la derrota de la insurrección de Reval en 1924.

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«¿Cuáles fueron las causas del fracaso de la Insurrección de Reval? Lo que acaba de ser expuesto acerca de los preparativos y el desarrollo de la insurrección demuestra que, en relación a la organización y a la táctica, los insurrectos cometieron una serie de errores de graves consecuencias. A grandes rasgos, las causas fueron las siguientes:
1) La dirección de la insurrección había sobrestimado el grado de desmoralización de las tropas de la guarnición así como la fuerza de la organización militar del Partido. Para llevar a cabo los objetivos que se proponían, las fuerzas eran manifiestamente insuficientes. Esto es indudable, incluso si la dirección hubiera logrado reunir a todos los hombres inscritos en la organización. La exageración del grado de desmoralización de las tropas consistía en el hecho de que, al enviar nueve hombres al tercer batallón del décimo regimiento, la dirección del Partido pensaba ganarse este batallón en su totalidad, y hacerle tomar parte activa en el derrocamiento del gobierno burgués. Sucedió lo mismo con el grupo de tanques y con el batallón de telegrafistas. Los soldados del tercer batallón, el batallón de telegrafistas y el grupo de tanques simpatizaban indudablemente con el Partido Comunista y eran hostiles a los oficiales y a todo el régimen burgués. Estas unidades hubieran ingresado en las filas de los insurgentes si hubiese habido dentro ellas un sólido núcleo de comunistas, o de la juventud comunista, o incluso un grupo de soldados revolucionarios que hubiesen recibido previamente instrucciones del Partido, o sea un núcleo capaz de resistir a la comandancia reaccionaria. Pero ese no era el caso. En lugar de dirigir toda la acción hacia la participación de los soldados y de los marinos en la insurrección, por unidades enteras o al menos por fracciones constituidas, en lugar de organizar una conveniente agitación política en el ejército, el Partido Comunista había separado a los soldados revolucionarios de sus unidades para unirlos a los grupos de obreros. Era un grave error. Era ingenuo pensar que el batallón del décimo regimiento, sin soldados comunistas, se pasaría activamente al campo de los insurrectos, siguiendo el llamado de nueve obreros desconocidos. Imaginemos la escena: las cinco y cuarto de la madrugada, todo está oscuro; el batallón está durmiendo; un grupito insignificante de hombres, desconocidos por todos, lo despierta y le asegura que la insurrección ha estallado, invitando al batallón a reunirse con los insurgentes. Los soldados no ven esta insurrección; las calles están vacías; no hay obreros. No sabían nada de los preparativos de la insurrección. ¿Qué actitud se podía esperar de ellos? Era de esperar que el batallón se mantuviera neutral hasta mayor Información. La mayoría de los soldados no sabían quién organizaba la revuelta: ¿los obreros o los fascistas? Si algo se podía esperar de este batallón lo cual era probable, puesto que no tomó parte en la acción contra los obreros, y por ello fue parcialmente desarmado, hubiera sido solamente en el caso de que un grupo más numeroso de obreros se hubiera presentado ante él, o de que hubiera habido, en el grupo, comunistas y soldados revolucionarios organizados.
2) El plan de la insurrección y los objetivos de los diversos grupos no correspondían a las fuerzas de la organización de combate. Al observar el reparto de las fuerzas y los objetivos respectivos, se llega obligatoriamente a la conclusión de que la dirección de la insurrección se esforzó por ser igualmente fuerte en todas partes, cuando carecía de los efectivos necesarios para ello: de ahí una extremada dispersión de su personal. En cuanto al aumento de sus fuerzas y al debilitamiento de las fuerzas adversas, ¿qué podía dar realmente y qué dio efectivamente a los insurrectos, la ocupación inmediata de objetivos tales como la estación de ferrocarril de vía estrecha, la estación báltica, e incluso «La Ciudadela» con todos los servicios gubernamentales?
Los grupos que ejecutaron exitosamente estas misiones, que ocuparon estas estaciones y la Ciudadela, en el fondo ejercieron una insignificante influencia en el desarrollo de la insurrección.
Nos parece que, después de haber tomado la decisión de realizar la insurrección, hubiera sido mas razonable, al menos para el primer momento, las cinco y cuarto de la madrugada, hubiera sido, pues, mas razonable concentrar las fuerzas sobre los cuatro o cinco objetivos mas importantes, para dirigirse luego, tras haber obtenido el éxito, hacia los objetivos que seguían inmediatamente por orden de importancia. Estos primeros objetivos hubieran podido ser el batallón del décimo regimiento, los grupos de tanques y de aviación, la cárcel preventiva y la escuela de junkers o la de suboficiales. Después de haber liberado a los detenidos, después de haberse ganado el décimo regimiento y el grupo de aviación, aún con un éxito incompleto en la escuela de junkers, la lucha por los siguientes objetivos hubiera sido singularmente facilitada, y por lo menos los insurgentes hubieran contado con una fuerza importante, que les hubiera permitido operar según las circunstancias.
En general, desde el punto de vista militar, el plan de la insurrección no había sido estudiado a fondo: el principio de la concentración de fuerzas sobre los puntos principales no había sido tomado en cuenta.
Es inútil subrayar que las operaciones del equipo que se ocupó del grupo de aviación, no fueron más que una acumulación de errores. Su indecisión después del primer éxito es un ejemplo de lo que no se debe hacer en ocasión de una insurrección. También es culpa de la dirección, que no indicó previamente las misiones que debían suceder al cumplimiento de la primera. La rápida aparición en la ciudad de este grupo, montado en automóviles, armado con ametralladoras, así como una enérgica ofensiva de su parte en todos los puntos en que se hubiera topado con el enemigo, hubieran modificado considerablemente la relación de fuerzas en favor de los insurgentes. Además, el efecto psicológico de una acción tan vivaz y decidida hubiera sido extremadamente grande. Por el contrario, el comandante del grupo no demostró ninguna iniciativa. Se quedó donde estaba con sus hombres hasta el momento en que llegaron las tropas gubernamentales para aplastarlos.
La acción en el grupo de aviación y la rápida adhesión de sus hombres a la insurrección presentan un gran interés desde el punto de vista de un problema particular: ¿cuál es el mejor medio para lanzar a la calle una unidad que, en su mayoría, ya ha sido trabajada por la propaganda y por el espíritu revolucionario, pero todavía no es capaz de rechazar la disciplina del cuartel? Si los insurrectos logran desarmar esta unidad, es relativamente fácil reorganizarlas después para hacerla participar en acciones posteriores, al lado de los insurrectos, explicándole la situación, aislando con la ayuda del grupo comunista los elementos hostiles a la revolución, y entregando sus armas a los soldados revolucionarios. Los insurrectos no supieron actuar en esta forma en relación con las unidades del décimo regimiento. Solamente fueron a exhortarlas; los soldados vacilaron y toda la empresa concluyó en un fiasco.
3) A pesar de la gran superioridad de los adversarios, los grupos militares fueron al combate con gran entusiasmo. Pero este entusiasmo desapareció inmediatamente después de los primeros fracasos, por lo menos en la mayoría de los hombres. Exceptuando al grupo que tomó la estación báltica y al del grupo de aviación, no se demostró ardor en el combate. Por ello se explica en gran parte, el hecho de que no se construyó ninguna barricada en ningún lugar, en el momento de la defensa. Y sin embargo una vez que se vieron reducidos a la defensa, los insurgentes hubieran debido aplicar los métodos de combate de barricadas y aprovechar sus ventajas. Para ello, no faltaban los medios, si hubieran deseado continuar la lucha con empeño.
4) No todos los hombres sabían servirse de las armas que poseían. Las ametralladoras Thompson, armas poderosas para la lucha callejera, casi no fueron utilizadas porque los hombres no sabían manejarlas, además, la cantidad de cartuchos un centenar para cada ametralladora era absolutamente insignificante. Algunas granadas de mano lanzadas en el momento en que el resultado del combate dependía de una granada bien lanzada en el destacamento de policía, no llegaron a estallar porque estaban mal lanzadas. Este hecho también influyó sobre el resultado del combate.
5) El reconocimiento de algunos objetivos había sido efectuado de manera muy superficial. La ignorancia de la exacta posición del destacamento produjo el fracaso del ataque en este punto. Se puede decir lo mismo con respecto a la ciudadela. La ocupación de la ciudadela fue llevada a cabo inútilmente, puesto que los insurrectos no lograron secuestrar al gobierno, por no saber exactamente donde buscarlo.
6) El enlace y el apoyo mutuo entre los diversos grupos fueron igualmente muy imperfectos. Después de fracasar en la ejecución de una misión, los grupos no se unían a los grupos vecinos para seguir con la lucha, en un común esfuerzo: la mayoría del tiempo se dispersaban. Con un verdadero deseo de luchar y un mínimo de iniciativa, el apoyo mutuo necesario hubiera sido posible, aun en ausencia de una dirección general. El más estrepitoso ejemplo de esta falta de iniciativa y de deseo de ayudar al vecino, se dio en las operaciones de la escuela de junkers dispersión tras el fracaso y del grupo de aviación inacción.
7) Todos los errores enumerados anteriormente han ejercido una intensa influencia sobre el resultado de la insurrección de Reval. En la preparación y en la ejecución de algo tan complejo como una insurrección armada, son inevitables algunos errores. El Partido y el proletariado no poseen, y tal vez nunca poseerán, un número suficiente de buenos dirigentes militares. Sin embargo, muchos de los errores señalados anteriormente hubieran podido ser evitados con una organización conveniente. Sin disminuir la importancia del factor subjetivo, cuyo papel es enorme, consideramos que la suerte de la insurrección en Reval no dependió de los errores mencionados. Lo que jugó un papel decisivo en el resultado de la insurrección, fue el hecho de que pequeños grupos de obreros revolucionarios, militarmente organizados, después de haber iniciado la insurrección quedaron aislados de la mayoría del proletariado. Con excepción de grupos aislados de obreros, y sobre todo de obreras, que se unieron a ellos durante el combate, o les prestaron alguna ayuda en la lucha, las masas obreras no sostuvieron activamente a los insurrectos contra la represión. La gran mayoría de la clase obrera de Reval fue espectadora, sin interés en el combate. Este fue un hecho que tuvo decisiva importancia.
Y ello sucedió a pesar de que el Partido gozaba de una enorme influencia sobre las masas obreras, a pesar de que todos los trabajadores habían perdido la confianza en la política de la burguesía y en el éxito del desarrollo económico de «la Estonia independiente» y reclamaban la adhesión de Estonia a la Unión de los Soviets, creyendo que solamente las consignas del Partido Comunista, el derrocamiento de la burguesía y el establecimiento de un gobierno obrero y campesino, remediarían el estado de desorden; el callejón sin salida adonde los había conducido la política de una burguesía en decadencia.
La inacción de las masas obreras se explica no porque el proletariado de Reval carecía de espíritu revolucionario, sino porque no estaba política y materialmente preparado para actuar precisamente el 1° de diciembre. Desde la semana antibética, el Partido Comunista no trató de organizar ni una sola manifestación de masas, no llamó los obreros a la huelga ni una sola vez, no los insto a lanzarse a la calle, temiendo un prematuro aplastamiento por parte de los mercenarios armados del gobierno. Incluso ante el salvaje asesinato del comunista Tomp, presidente de los sindicatos de Estonia, fusilado tres días antes de la insurrección, el Partido Comunista no incitó las masas a protestar. El Partido había exagerado la importancia del factor inicial en la insurrección, subestimando la del movimiento revolucionario de masas. El principio de la acción brusca, en el sentido puramente militar, lo dominó todo en la preparación de la insurrección. Los sucesos del 1° de diciembre no fueron comprendidos en absoluto por el proletariado, pues el paso del Partido a la acción directa había sido demasiado brusco. La insurrección fue inesperada no solo para la burguesía sino también para las clases trabajadoras de Estonia, y en particular de Reval. El partido esperaba arrancar el poder a la burguesía con pequeños grupos de revolucionarios fieles, o sea con la vanguardia de una vanguardia, mediante acciones militares inesperadas; o por lo menos abrir una brecha en el Estado burgués, de manera a arrastrar posteriormente a las masas, y coronar la batalla con una insurrección general del pueblo trabajador. Hemos visto anteriormente las condiciones en las que el proyecto de programa de la Internacional Comunista considera posible la organización de una sublevación armada:
 
«Cuando las clases dominantes están desorganizadas, cuando las masas están en estado de convulsión revolucionaria, cuando los elementos intermedios se inclinan hacia el proletariado, cuando las masas están preparadas para la acción y para los sacrificios, entonces se impone al partido del proletariado el deber de conducirlo al ataque directo del Estado burgués. Este resultado se obtiene mediante la propagación de consignas transitorias, cada vez mas activas –soviets, control obrero de la producción, comités campesinos para la ocupación de los grandes latifundios, desarme de la burguesía y armamento del proletariado y mediante la organización de acciones masivas a las del Partido y de la propaganda, incluso la acción parlamentaria. En estas acciones de masas, se incluyen; las huelgas combinadas con manifestaciones o con manifestaciones armadas, finalmente la huelga general ligada con la insurrección armada contra el poder de la burguesía». (Internacional Comunista; Programa, 1928)
En Reval, el Partido Comunista hizo exactamente lo contrario, y por ello la insurrección del 1° de diciembre no podía dejar de desembocar en un fracaso. La represión gubernamental de la menor manifestación de actividad revolucionaria por parte de los obreros, los temores de prematuros aplastamientos o de desorganización de las acciones de masas, no deben ser una razón para renunciar a estas acciones de masas, sino para prepararlas con miras al combate decisivo contra la burguesía, o sea a la sublevación armada. Pero, aún admitiendo que haya sido extremadamente difícil de movilizar a las masas de Reval para participar en combates decisivos, para organizar huelgas y manifestaciones en vísperas de la insurrección, era absolutamente indispensable prever medidas para asegurarse el apoyo de determinados grupos de obreros, suficientemente numerosos, para después de la acción. Esto no se realizó.
La causa de la poca actividad y del escaso empeño en el combate por parte de los equipos, fue según nosotros, el hecho de que los insurgentes se sentían aislados de las masas obreras, no recibían un apoyo suficiente: las masas sólo sentían una simpatía pasiva ante su vanguardia.
No son las acciones militares de una vanguardia lo que puede y debe suscitar la lucha activa de las masas para tomar el poder; es el poderoso impulso revolucionario de las masas laboriosas lo que debe provocar las acciones militares de los destacamentos de vanguardia; éstos deben entrar en la acción según un plan previamente bien estudiado en todos sus aspectos impulsados por el aliento revolucionario de las masas. Cualquiera que sea la función del factor puramente militar dentro de la insurrección; no por ello deja de ser subordinado al poderoso aliento de las masas revolucionarias, que debe constituir la base social, el fondo social y político, sobre el cual deben planearse acciones militares audaces, atrevidas y decisivas por parte de los destacamentos avanzados del proletariado revolucionario, resuelto a destruir la maquinaria gubernamental burguesa. La sublevación armada debe ser fijada en el momento en que la revolución ascendiente, es decir la preparación de las capas decisivas del proletariado y de sus aliados campesinos y el pueblo pobre de las ciudades ha alcanzado el clímax, en el momento en que la descomposición está en su apogeo entre las filas de las clases dirigentes, y en particular entre sus fuerzas armadas». (A. Neuberg; La insurección armada, 1928)

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