Karl Liebknecht, una gota de pura valentía

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En el verano de 1914 una nueva guerra lo cegaba todo, como el sol, con aplomo e inevitable. No sería una guerra más, la llamarían la Gran Guerra. En Alemania las movilizaciones contra un conflicto bélico que sería devastador las lideraba el SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). Su posición internacionalista parecía no tener fisuras.

El 4 de agosto todo se derrumbó. Las esperanzas depositadas en el mayor partido socialista de Europa, la propia II Internacional y el marxismo parecían caer derrotados por la falsedad y el cinismo. Los diputados del SPD votaron en bloque a favor de los créditos de guerra. Decían sí a la política de los junkers y la monarquía imperial. Envolvían a la clase obrera en bandera ajena, la imperial, y renegaban en la práctica del marxismo, de su propia historia y principios. En Francia, la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) y otros partidos socialistas también votaron a favor de la guerra.

El terremoto sacudía la Europa obrera. La conmoción y confusión fue mayoritaria. Las diferentes corrientes dentro del SPD parecían unidas en la traición. En el debate interno del SPD previo a esa votación, 14 de ellos se negaron a votar a favor de los créditos, pero la disciplina de partido se impuso.

El 2 de diciembre de 1914 se renovaban los créditos de guerra y Karl Liebknecht se levantó durante la segunda sesión para votar en contra. Fue el único de todos los diputados que se negó a seguir apoyando la guerra, a seguir abrazando el chovinismo. Se mantuvo firme, en la defensa de la clase obrera y el internacionalismo. Solo ante un oceáno cobarde, una gota de pura valentía donde la disciplina partidaria no sería refugio. Un diputado contra 110 diputados de su propio partido y todo el Reichstag. No le permitieron defender su posición política sobre la guerra. Ningún periódico alemán publicó el texto.

Se convirtió en un símbolo de la resistencia contra la guerra. Alzarse así, era la defensa del marxismo frente a los que cambiaban clase por patria. Estuvo solo pero actuaba por millones y su gesto permitió reagrupar las posiciones revolucionarias frente a la vieja socialdemocracia. Karl sufrió cárcel, pero la lucha contra la guerra fue creciendo.

Su defensa de que “el enemigo principal está en casa” marcó un nuevo rumbo. Con la II Internacional colapsada fruto de su propia traición, lo nuevo estaba por nacer.

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